Amado Punto por Nick Vasiliades

En Cristo somos profundamente amados

1,816

El libro Amado Punto es una gran revelación para el pueblo Cristiano Latino. Por razón de que para muchos, nuestro primera introducción a Dios fue en la iglesia Católica, todavía cargamos con la idea de que Dios necesita nuestra ayuda y obras. Decimos que somos salvos por gracia, pero con nuestros hechos enseñamos que nuestra santificación depende de nosotros. ¡Este pequeño libro será de gran bendición para establecer el correcto fundamento de que en el Reino de Nuestro Señor Jesucristo fuimos y somos AMADO Punto!

La vida cristiana no empieza con tu compromiso y consagración al Señor. Empieza con su compromiso inquebrantable hacia ti. Es crucial que cada uno de nosotros llegue a ver ese hecho en algún punto, normalmente a través de un fracaso extenso o una crisis tremenda. Dios no quiere tu compromiso. Él quiere tu corazón.

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro se puede reproducir ni transmitir en ningún formato ni por ningún medio sin la autorización escrita del autor. Hacerlo puede retrasar tu transformación.

 

ISBN 13: 978-0-9983123-1-6

 

Impreso en Estados Unidos por 48HrBooks (www.48HrBooks.com)

 

A no ser que se indique lo contrario, la mayoría de las citas bíblicas se toman de la versión Reina-Valera 1960.

 

Traducido al español por Marta Merino

 

E.H. Rapp Publishing LLC

Drexel Hill, Pennsylvania

En cooperacion con A Lantern & Parchment Books

Dedicatoria

 

Para Luke, Casey, Gabbie, Zach y MoMo

Que puedan conocer de primera mano lo alto, ancho y profundo que es el amor de Jesucristo.

 

 

Tres Confesiones………………………………………………………………………………….. 4

Una sencilla Concesión…………………………………………………………………………. 7

1
Necesitad@: Una Historia de Amor………………………………………………………….. 9


Plantad@ en el Amor de Dios………………………………………………………………… 13

3
Cortando los Espinos de
Juan 14 &15……………………………………………………………………………………… 1
7

4
El Hombre que se Atrevió
A Usar el Pecho de Dios
Como Almohada…………………………………………………………………………………. 25

5

Primeros Movimientos…………………………………………………………………………. 32

6
Volviendo a Tu Primer Amor
&
Manteniéndote en el Amor de Dios………………………………………………………… 3
6

7
Gracia o Verdad
¿De Qué Lado Debería Estar?………………………………………………………………. 41

8
Una Última Palabra de Ánimo………………………………………………………………. 4
8

Apéndice A………………………………………………………………………………………… 51

 

Tres Confesiones

Confesión 1:

Este no es un libro escrito por un “experto” intentando traspasar su pericia y conocimiento al lector. En un principio, yo era la única audiencia que tenía en mente al escribir los apuntes que ahora conforman este libro. Creo que el libro retiene parte de su sabor coloquial del principio. Dicho de manera sencilla, era una forma de recordarme el gran amor de Dios que, por alguna razón, puede eludirme a veces. Muchos seguidores de Jesús, ya sea a causa de una historia dolorosa del pasado o por su predisposición natural, luchan con la certeza del amor de Dios y de Su aceptación.

 

No hay ningún “sabio en el escenario” entre las tapas de este libro. Para nada.

 

Estoy solo yo, un compañero mendicante, pobre en espíritu, con migajas que compartir, con la esperanza de que éstas señalen el camino hacia la verdadera comida que tú, a su vez, una vez hayas comido, compartirás con otros que estén hambrientos. Encerrado entre estas tapas están los pocos descubrimientos de un alma desesperada y necesitada que tuvo un encuentro misericordioso con la gracia de Dios.

 

Confesión 2:

Tan solo leer sobre el amor de Dios tiene un valor limitado. Su gran amor tiene que experimentarse, conocerse de primera mano. El amor de Dios no es algo de lo que tan solo escuchamos, hablamos o leemos. Los humanos no llegan verdaderamente a aprender con que tan solo se les digan las cosas. Por eso, deberías saber que este libro tiene un valor limitado. ¿Para qué escribirlo (o leerlo) entonces? Porque el primer paso hacia un cambio duradero y significativo suele ocurrir al vernos expuestos a palabras (habladas o escritas). La motivación principal a la hora de compartir este escrito es animarte a saber que tienes a tu disposición y esperándote una experiencia de Su amor que no deja de hacerse más profunda, y que el Padre está preparado y expectante para deleitarte con Su afecto que no tiene parangón. La sencilla verdad es que si ya perteneces a Jesucristo, ya estás en medio del diluvio de Su afecto. Tan solo necesitas un toque para ver con ojos nuevos lo increíblemente amado que eres ya.

 

Para algunos lectores, puede que haya momentos en los que no solo sería apropiado sino también increíblemente sabio dejar el libro a un lado y tomarse un tiempo para recibir el amor que sientes que Él está esperando derramar sobre ti. Y, entonces tal vez devolverle parte de ese amor. Hazlo a toda costa. Los primeros cristianos se referían a ese acto sencillo como koinonia – comunión. ¡Ese es el verdadero valor y meta de este libro!

 

Confesión 3:

El contenido de este libro no siempre es un realidad fácil y experimentada en mi vida. Algunos días son una lucha y una batalla. Otros días, la realidad del gran amor de Dios se puede tocar de manera abundante y fácil. De cualquier forma, Él es inamovible en Su amor por ti y por mí. Dos grandes problemas del caminar cristiano son: 1) cómo vemos a Dios, 2)  cómo pensamos que Él nos ve a nosotros. La única solución es que Jesucristo sea desvelado en tu corazón. Que esta breve obra contribuya a rehabilitar ese dilema de dos vertientes.

 

En algún punto, querido creyente en Jesús, sencillamente tienes que ponerte firme y declarar en voz alta que Él te ama. Y qué Él es amado por ti. Que no hay nada, nada que puedas hacer para aumentar o disminuir Su afecto por ti, y ahí es donde te posicionas. Para el resto de tus días. Eso también es parte de la batalla de la fe, que somos amados. Punto.

 

Nick Vasiliades

Epworth by the Sea

St. Simons Island, Georgia 2016

Una Sencilla Concesión

Dicho en pocas palabras, cualquier libro que merezca la pena y que trate del extravagante amor de Dios va a parecer que está desequilibrado. Lo tiene que ser. Pero defiendo que el amor de Dios es un área en la que cierto desequilibrio es tanto apropiado como necesario, especialmente en estos momentos en los que el “evangelio del cebo y del intercambio” es demasiado corriente.

 

Irónicamente, creo que al exagerar el gran amor de Dios, estamos parados sobre un terreno firme. ¿Qué quiero decir con eso?

 

Hay una escena conmovedora en el evangelio de Lucas en la que Jesús entró en la sinagoga de su pueblo natal de Nazaret. En este día, Jesús lee un pasaje extraordinario de Isaías:

 

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; ma ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.” (Isaías 61:1; Lucas 4:18-19).

 

Es un pasaje maravilloso que sobreabunda con buenas noticias. Pero lo más notable sobre el hecho de que el Señor lo compartiese en la sinagoga ese día no fue lo que dijo, sino lo que no dijo. Date cuenta de que hay un punto al final del pasaje. Eso es porque donde Jesús dejó de leer no es el final de la oración.

 

Jesús tuvo la audacia de eliminar un trozo del pasaje. ¿Tienes idea de lo que dice la siguiente frase? Agárrate a tus aspiraciones apocalípticas porque la siguiente frase es: y el día de venganza del Dios nuestro.

 

¡Vaya! Eso da un poco de miedo. Pero el Señor lo obvió. ¿Por qué? Una parte principal de Su misión la primera vez que estuvo aquí era proclamar el tan esperado año agradable del Señor. ¡Era la inauguración de una nueva era! Estaba señalando el comienzo de toda una forma nueva de relacionarse con Dios, unas noticias muy buenas que la Iglesia tiene que seguir proclamando (o al menos deberíamos continuar nosotros). Dada la historia de Israel y el estado en el que estaba el judaísmo en ese momento, las palabras y acciones de Jesús verdaderamente parecían “desequilibradas”. Y a menudo lo siguen pareciendo hoy.

 

¿Hay un juicio venidero? Te lo aseguro. Tanto para el creyente como para el incrédulo. Las Escrituras no podrían decirlo más claramente. Pero al igual que el ministerio de Jesús, nuestro énfasis en este momento tiene que estar en este gran Amor que descendió a la tierra para rescatarnos de formas innumerables y disfrutar de caminar en la realidad diaria de esa santa liberación. Desde ese sorprendente día en la sinagoga de Nazaret y hasta este preciso momento, ese amor sorprendente y el reino al que da vida son el mensaje y la misión principales.

 

Sí, el Señor exhortó, corrigió y hasta regañó y dijo palabras duras a veces pero fue casi exclusivamente a los religiosos, a los que asumían que tenían todas las cosas bajo control.

 

Así que, un libro así es ciertamente vulnerable a ser atacado, criticado y descartado. El contenido de estas páginas no son toda la historia, por supuesto. Vemos a través de un espejo, oscuramente. Pero recuerda, las cosas no mencionadas en este libro vienen después como un resultado del amor. En la vida cristiana, el amor es dónde comienzas si estás esperando llegar en un futuro a alguna parte de consecuencia eterna. Pero aun entonces, todo lo que viene después en la vida cristiana es simplemente un resultado continuado del fundamento del amor.

 

Está claro, habrá los que abusen del amor y de la gracia y los utilicen como una oportunidad para sembrar para la carne. Pero, ¿qué pasa con ellos? Tan solo porque exista gente así no significa que el evangelio revolucionario y liberador del gran amor y de la gracia de Dios debiera ser atemperado de forma alguna en su proclamación. No tenemos que temer. Permite que el trigo y la cizaña crezcan juntos de momento. Deja que los que abusan abusen y deja que los que se enamoren irremediablemente de Dios lo hagan también. La proclamación genuina del evangelio revelará lo que está verdaderamente en el interior del corazón del hombre o de la mujer. Así sea.

 

1
Necesitad@: Una Historia de Amor

“¿Estás desposado?” preguntó ella.
“No, solo amado,” respondió él.
“Y ¿pagas por el amor?”
“No, pero le debo todo.”
The Singer por Calvin Miller

 

El término “amor” es una verdadera fuente de frustración, al menos para mí. En nuestro idioma tiene toda una gama de significados posibles, desde lo común hasta lo sublime. La mayoría de nuestros usos de “amor” están muy por debajo de la dignidad de lo que el término debería significar. En la América del siglo XXI en la que vivo, lo abusamos y malversamos de forma nauseabunda. “Amamos” a nuestros cónyuges, pero también “amamos” el helado o una canción o una película o a los Yankees de Nueva York. De forma muy trágica, el término ha perdido su fuerza. Nos hemos vuelto bastante insensibles ante el impacto de una palabra, una vez que forma parte del diccionario, hasta tal punto que pierde cualquier definición significativa o distintiva. Creo que ese “amor” entra en esa categoría.

 

Ahora, mis antepasados, los griegos de la antigüedad, sabían cómo hacerlo tratándose del lenguaje. Sin entrar en excesivo detalle ni volverse cargante con la elasticidad académica, los griegos tenían cuatro palabras para cubrir los diferentes aspectos y niveles del “amor”. La forma más baja era eros. Enteramente físico. El siguiente era philos. Amistad. Piensa en mi ciudad natal, “Philo”-delfia, la ciudad del afecto fraternal. Después, está el menos conocido storge, un amor familiar. Finalmente está agape. La forma más alta de amor. A menudo se define como: el amor de Dios o de Cristo por la humanidad. También, el amor de los cristianos hacia otras personas, un cierto reflejo del amor de Dios por la humanidad.

 

Ágape es un amor desinteresado de una persona hacia otra sin implicación sexual alguna. Verás, yo no “agape” el helado o el baseball. Ágape se reserva para asuntos más importantes.

 

Es una subestimación obvia y notoria decir que el amor de Dios es un aspecto fundacional en la vida cristiana. Dime algo que no sepa, ¿verdad?

 

Sin embargo, desde mi punto de vista, el ágape del Padre sigue siendo la más importante deficiencia global en las vidas del pueblo de Dios (y, por supuesto, del mundo). Nosotros, los creyentes, conocemos todos los versículos bíblicos que hablan del amor de Dios. Los citamos. Los memorizamos. Y hasta los compartimos en repetidas ocasiones con los demás, si solías ver los deportes al final de los años ’80 y al principio de los ’90 en los Estados Unidos, sin duda recordarás la siempre presente pancarta pintada a mano de Juan 3:16 que se las arreglaba para estar posicionada estratégicamente en las gradas para siempre terminar apareciendo en la pantalla de los televisores durante los partidos de fútbol estadounidenses de la NFL. Pero si fuéramos honestos durante un momento, tendríamos que confesar que, tristemente, hay muy poca realidad de este amor divino extravagante del que leemos en la Biblia en la mayoría de las iglesias (no hablo de tu iglesia, por supuesto) y hasta en los creyentes. Dicho claramente: no me encuentro con muchos creyentes que estén rebosando con el amor de Dios. Muchas veces los cristianos, antes de abrir los cofres de su corazón a los demás, tienen que asegurarse de que la ortodoxia es la adecuada.

 

No es la meta de este libro “equilibrarte”. El amor de Dios es de todo menos equilibrado. Su gran amor es extravagante, escandaloso, extremo, torrencial y sobrecogedor. ¡No hay forma de equilibrar el amor del Padre! Y, sin embargo, a no ser que lleguemos a conocer su gran amor desequilibrado de manera práctica, no hay esperanza de que las aparentes contradicciones, la plenitud, la integridad y el equilibrio cohabiten apaciblemente. La gracia y la verdad de Dios son compañeras inseparables dentro de los límites del amor de Dios. Es por esto por lo que Jesucristo podía salvar a una mujer adúltera de un apedreamiento brutal Y en gran amor decirla “ve y no peques más”. Eso es gracia y verdad. Y el Amor mismo es la única realidad de esa gracia y verdad.

 

Aun cuando el amor es, fuera de toda duda, Su esencia, Él es mucho más que amor. Por ejemplo, Él es santo. Él es luz. Él es justicia. Él es paz, esperanza y gozo. Él es gracia. Y mucho más.

 

El primer paso hacia un caminar de gracia y verdad totalmente cristiano es estando asentado, arraigado y cimentado en Su gran amor.

 

Puede que el amor no lo sea todo en la vida cristiana, pero claramente es la cosa principal y más fundacional. El amor de Dios es el motor de nuestro caminar en Cristo. El amor de Dios tiene que ser los cimientos, el fundamento desde el que emana el resto de nuestro caminar. Aun cuando hay otras facetas y lugares en Cristo que aprender, solo podemos explorar y disfrutar del resto de Jesucristo al estar firmemente aferrados a Su amor infinito. Si de alguna forma te pierdes esto, tendrás que volver en algún punto de tu vida cristiana e insertar ese fundamento. Esta es parte de mi historia.

 

Me convertí en mis años de facultad, en los últimos años de mi adolescencia, y formé parte de una comunidad cristiana maravillosa durante algunos años. En un momento posterior durante ese período empecé a involucrarme tanto en ministerio informal como en ministerio más formal de manera ocasional. Más adelante, el ministerio creció hasta el punto en el que me llevó literalmente alrededor del globo unas cuantas veces. En mis viajes, hablaba sobre todo en salas de estar, pero también en auditorios cívicos y en edificios de iglesias tradicionales. Según me decían, se beneficiaron de esas visitas. En otras palabras, en general, el Señor bendijo mi ministerio.

 

Pero algo no iba bien.

 

A pesar de toda mi actividad ministerial, era un hombre inseguro del afecto de Dios en mi propia vida.

 

No era que no hubiera escuchado sobre el gran amor de Dios. Lo había oído. A raudales. Hasta había predicado sobre el amor de Dios y, a menudo, había observado cómo mi audiencia se lo apropiaba. Pero, de alguna forma, rara vez me daba cuenta del amor de Dios por mí. El amor de Dios solía ser un sentimiento bonito para mí. Podía predicar sobre él, pero no lo conocía en la práctica en la profundidad que yo proclamaba. Se podría decir que era, en cierta manera, un ejemplo de las profundas palabras del apóstol Pablo, “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy” (1 Corintios 13:2). A oídos de mi audiencia, puedo haber sonado impresionante a veces. Pero para los oídos del cielo, era un címbalo ruidoso y desafinado.

 

Entonces es cuando algo muy terrible y maravilloso ocurrió.

 

El Señor me quitó mi ministerio. Por completo. 100%. Ahora mi vida era la típica película, la próxima escena sería que en este tiempo de desnudez fue en el que descubrí verdades profundas y el amor de Dios y volví rugiendo con un ministerio aún mayor y más poderoso que antes. Pero eso no es lo que ocurrió en absoluto. No, los siguientes dos años los empleé para seguir en caída libre a través de una oscuridad espiritual que parecía no tocar fondo. Hubieron bastantes ocasiones durante esta época en las anhelaba golpearme contra el fondo aun cuando eso significase que era el final. O, como Pablo escribió a los corintios, “estábamos cargados más allá de toda medida, de toda fuerza, hasta temimos por nuestras vidas”. Sí, se puede poner así de duro, hasta (¿especialmente?) para los seguidores de Jesús. Pero no había ningún fondo al que llegar. Así que seguí cayendo a través del vacío, dando vueltas descendentes hacia la oscuridad espiritual, sin rumbo como George Clooney y Sandra Bullock en Gravity después de que se rompiera lo que les unía a su nave espacial. Lo raro era que mi existencia externa seguía pareciendo completamente normal. Comía, trabajaba, dormía. Nadie conocía necesariamente la bancarrota interna en la que estaba inmerso. Era una historia de dos ciudades, pero humana. Al mismo tiempo, estaba completamente convencido de que el Señor había terminado conmigo. Estaba claro que Él había seguido hacia adelante y se había rendido conmigo y, lo que es peor, se había olvidado de mí por completo. Y sin embargo, pensé, ¿quién podía culparle? Después de todo, yo era un desastre. Parecía que Dios se había encontrado con la horma de Su zapato; yo era alguien que estaba más allá de la capacidad reparadora de Dios. Al menos, la mayoría de los días eso era lo que sentía.

 

Para que conste, mi historia no termina con “y finalmente fue lleno del Espíritu Santo” y viví feliz para siempre; no, ese tipo de experiencias habían quedado muy atrás en mi retrovisor. No hubo ese tipo de drama cuando el Señor finalmente reapareció, y bien que reapareció. De hecho, aprendí después que Su reaparición en mi vida era más certera que la salida del sol de mañana. Él no me había olvidado. Ni por un nano segundo. Él nunca me había dejado. Él estuvo conmigo atravesando cada centímetro a través del oscuro abismo. Era un terreno que el Hijo de Dios conocía muy bien. De hecho, Jesús me había precedido a ese hoyo y estaba íntimamente familiarizado con esa oscuridad. Aunque no lo supe hasta después, Él me estuvo pastoreando en silencio, amor, paciencia y de manera imperceptible a través de ese valle tan oscuro.

 

Cuando el velo por fin empezó a levantarse, inexplicablemente, empecé a captar muestras, revelación y concienciación de Su gran, gran amor. Su amor por mí. Su amor por mí. Su amor por mí. Y también Su gran afecto hacia Su casa, hacia Su pueblo. Y aún más, Su amor por toda la humanidad.

 

Aun siendo imposible explicarlo por completo, ahora sé que sin ese recorrido solitario, abandonado y oscuro, no hubiera podido tocar las pocas realidades de Su amor inmensurable que tengo ahora. Parece que en el reino de Dios, las piedras preciosas y las gemas se encuentran casi exclusivamente dentro de los lugares oscuros. Pero nosotros, los cristianos modernos, vamos a por las cimas. Pagamos grandes cifras de dinero para volar a conferencias, buscar enseñanzas que contengan un secreto escondido para una vida cristiana victoriosa y un millar de otras formas de alcanzar alturas espirituales. A pesar de las grandes vistas, hay pocas cosas preciosas en la cima de la montaña o en el cielo. Puede que te sientas revitalizado en los lugares altos, y gracias a Dios por esos pináculos de refrigerio, pero te son dados en su mayoría para que tengas la fuerza de soportar las profundidades de oscuridad que inevitablemente nos esperan a cada uno de nosotros en diferentes lugares de nuestro viaje en Cristo. Es ahí, en el olvidado oscurecer de las tinieblas espirituales (y, a veces, físicas), que Él te dará tesoros duraderos, y solo allí.

 

Tal vez Isaías lo dijo mejor cuando escribió, “y te daré los tesoros escondidos, y los secretos muy guardados, para que sepas que yo soy Jehová, el Dios de Israel, que te pongo nombre” (Isaías 45:3)

 

Querido hijo de Dios, si te encuentras sepultado en una tumba espiritual más allá de tu propia creación, es demostración de una única cosa: Él quiere bendecirte de formas que ahora mismo no puedes concebir. Esa es la única razón para tu situación actual. Él es la resurrección, y tú lo sabrás. Él quiere que tú lo experimentes, y no que lo leas tan solo. Él te está haciendo indestructible. En su brillante y revelador libro, El Poder de Su Resurrección, T. Austin-Sparks lo expresó de la siguiente manera, “La plenitud del testimonio del Señor es la expresión del poder de Su resurrección en nuestro propio ser, y por esa razón tiene que existir la llegada al lugar en el que sabemos, en cada fase de nuestro ser, que nuestra fuerza no está en nosotros mismos, sino en Él que está arriba”[1]. En momentos de oscuridad espiritual, es especialmente importante ignorar y derruir todas las acusaciones, imaginaciones y mentiras a las que eres vulnerable durante esa época (por ejemplo, Dios no te ama, has cometido el pecado imperdonable, Dios no es real, has abierto misteriosamente la puerta al enemigo, etc.). La verdad es que el diluvio torrencial de Su gran amor no ha disminuido en su fluir hacia ti y lo conocerás en una medida mayor en breve.

 

Lo que a menudo parece que es el abandono de Dios puede ser, de hecho, la doble porción de Su fidelidad y bendición más importante. Como el frecuentemente citado C.S. Lewis observó, “Mi idea de Dios no es una idea divina. Tiene que hacerse pedazos una y otra vez. Él mismo la hace pedazos. Él es el gran iconoclasta. ¿No podríamos decir que este proceso es una de las señales de Su presencia? La encarnación es el ejemplo supremo; deja todas las ideas anteriores del Mesías en ruinas. Y la mayoría se ve “ofendido” por la iconoclasia; y bienaventurados los que no lo son… Toda realidad es iconoclasta”[2].Por lo tanto, lo que sigue en estas páginas son algunas de las cosas aprendidas en mi desierto y más allá.

 

En particular, mi corazón se conmueve por aquellos que están en dolor, sin fuerzas o confundidos por un Dios que no comprenden ahora mismo. Que las palabras que veas en estas páginas te traigan una medida de consuelo hasta que Él, que es totalmente fiel, amanezca de nuevo en el horizonte de tu alma. Tu desierto tiene fin. Tiene una conclusión definitiva y tú tan solo te agarrarás a Aquel que no puedes sentir ahora mismo ni te atreves a declarar que te sigue teniendo de la mano, lo que seguirá será oro, plata y piedras preciosas incrustadas en tu alma por la eternidad.

 

“¿Quién es el que sube del desierto recostada en su amado?”

 

Por supuesto, mi querido lector, ¡eres tú!

2
Plantad@ en el Amor de Dios

A fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (mental).

Pablo de Tarso escribiendo a los creyentes de las ciudades de Colosas, Laodicea, Heirápolis, Éfeso y, bueno, en cualquier lugar y en todo lugar. (Efesios 3:17-19)

 

Defínete como alguien radicalmente amado por Dios. Este es el verdadero yo. Cualquier otra identidad es una ilusión. ~Brennan Manning

 

Tal vez, la más triste de las historias ocurre en Génesis capítulo 3 cuando Adán y Eva fueron engañados y cayeron de la gracia. En ese momento, una de las incontables tragedias que entraron en sus genes fue la noción de que ahora se requería de ellos ganarse el amor y la aprobación de Dios. Y todos hemos estado cojeando desde entonces. Tengo que confesar que, cuando la vida se vuelve difícil, tengo momentos en los que me encantaría encontrarme con Adán en un pasadizo oscuro.

 

Esta noción de trabajar lo bastante duro como para impresionar a Dios y, por lo tanto, ganarnos Su aprobación y aceptación ha estado con nosotros y dentro de nosotros desde ese fatídico día en el Huerto. Encontró su expresión por primera vez en los dos hijos de Adán y Eva, Caín y Abel. Tal vez conozcas la historia. Caín era agricultor. Abel cuidaba del rebaño. Ambos hicieron una ofrenda al Señor. Una fue aceptada; la otra rechazada. El hecho de que la ofrenda de Caín no fuera aceptada (era el fruto de su propio esfuerzo) le terminó llevando a matar a su propio hermano. A lo largo de los milenios, los hombres han seguido ofreciendo a Dios los frutos de su trabajo, producidos con su sudor, con la esperanza de ser “lo suficientemente buenos” para ser aceptados, a menudo con los mismos resultados.

 

Todo el Antiguo Testamento es documentación de varios siglos del intento fallido del hombre para ganar, con su propio esfuerzo, el amor y la aprobación de Dios. Tristemente, el evangelio de Caín y Abel sigue estando en gran medida con nosotros hoy. La gran mayoría de los cristianos, aunque creen que la salvación es solo por gracia, se convierten en víctimas de un cambio sutil que ocurre al poco tiempo. Este es el cebo: Dios te amó tal y como eras antes de la salvación pero ahora estás en la familia, las cosas han cambiado. Ahora, tienes que ponerte manos a la obra. Hay una Biblia que dominar, teología correcta que aprender, pecado que erradicar de tu vida, todo tipo de reuniones a las que asistir y todo un mundo necesitado de que tú salgas ahí fuera y lo salves. Además de mucho más. Y lo que es más, el hecho de que Dios (al igual que el hombre) te apruebe depende de lo fiel que seas con todas estas cosas. Dios te salvó para que te pudiera utilizar, esto es lo que de verdad dice el evangelio. El “fruto” que, con el tiempo, traerá este “evangelio” es el agotamiento, la falta de gozo, la frustración (con Dios y con los demás), mucho sudor, la culpabilidad, el temor, la condenación y hasta la hipocresía. ¿Dónde están las Buenas Nuevas en este enfoque?

 

Contrasta eso con la llegada de Jesucristo.

 

La escena es el río Jordán.

 

Jesús llega al lugar en el que su extraordinario primo, Juan, ha estado proclamando la venida del reino de Dios, el Mesías y el arrepentimiento de pecados junto con la inmersión de las personas en agua. Un día, Jesús de Nazaret, se presenta y, de repente, de los cielos una voz declara, “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

 

Sorprendente. Por varias razones.

 

Con esta declaración, Dios acababa de romper 400 años de silencio documentado.

 

Lo que es más, Él revela por primera vez en la historia que tiene un Hijo.

 

Y aún más, Él anuncia por primera vez que un ser humano es Su Amado.

 

Jesús es un hombre[3] que tiene la aprobación de Dios. Él es amado. Amado. Algo que los hombres han luchado por conseguir durante milenios ahora se lleva a cabo por un carpintero judío con pies cubiertos de polvo, sudando en el ardiente sol de Betaberea.

 

Pero esto es lo verdaderamente sorprendente:

 

El momento en el que se anunció. Dios declara Su amor, Su deleite, Su aprobación total de Jesús antes de que Jesús empezase su ministerio terrenal público.

 

Tenemos que hacer una pausa e interiorizarlo. Este hecho debería ser el golpe mortal a intentar ganarse el amor y la aprobación de Dios.

 

Veamos todas las cosas que Jesús no ha hecho hasta este punto:

 

  • Jesús no ha predicado ningún sermón
  • Jesús no tiene ni un solo seguidor o discípulo
  • Jesús no ha “llevado a nadie al Señor”
  • Jesús no ha caminado sobre el agua ni resucitado a nadie
  • Jesús no ha sanado a nadie
  • Jesús no ha echado fuera ni a un solo demonio
  • Él no ha muerto todavía en la cruz
  • No ha resucitado de los muertos

 

Sin embargo, es en este preciso momento en el que Dios Padre escoge irrumpir verbalmente en la historia humana y declarar Su amor y deleite hacia un humano, Jesús.

 

Vaya. Hay un mensaje conmovedor para nosotros en ese reconocimiento.

 

Seamos honestos. Si tú o yo llegásemos alguna vez a ser Dios, hubiéramos hecho esta declaración después de algún evento monumental como la transfiguración, la resurrección de Lázaro o el Sermón del Monte. Pero no el Padre de Jesús. No, Él hizo esta declaración de amor antes de que llevase a cabo cualquier ministerio, cualquier servicio, cualquier trabajo.

 

¿Por qué?

 

Porque Dios es amor.

 

Su amor no se basa en nuestro servicio hacia Él. Ni tampoco se basa en nuestro potencial. Él no ama porque tiene que hacerlo, porque es lo cristiano. Ni tampoco ama porque haya escogido hacerlo. Él ama porque no puede dejar de ser algo que Él es, que resulta ser amor.

 

Vemos equivocadamente a Dios como Alguien que está en posesión de una gran cantidad de amor. Pero el amor no es un bien que Dios resulta tener la fortuna de poseer a raudales. Si eso fuese así, entonces correría el riesgo de que se redujese (o hasta desapareciese) Su provisión en algún punto. Y si ese fuese el caso, tal vez Él podría estar quedándose sin recursos si le pillas en un “mal día”. Suena tonto, ¿verdad? Sin embargo, muchos de nosotros nos relacionamos con Él como si eso fuese verdad. Proyectamos nuestras propias limitaciones y defectos en Él.

 

Dios no gruñe y se esfuerza y dice, “Esto va a ser difícil, porque Yo soy santo y estas personas son pecadoras, pero tengo que esforzarme porque tengo que encontrar una forma de amarlas”. Sin embargo, eso es exactamente cómo muchos de nosotros vemos a Dios y a Su amor hacia nosotros. Forzado. Receloso. Requiriendo un esfuerzo de Su parte. Pero estamos equivocados. Su amor hacia nosotros es sin esfuerzo. Dios no tiene amor, ni siquiera mucho amor. Él es amor.

 

Para muchos de nosotros, es duro que nuestras naturalezas caídas se encuentren cómodas con eso. Sin embargo, es la verdad absolutamente cierta. Todo lo demás es mentira.

 

El Padre estaba complacido con Jesús aun antes de que Él hiciera nada. Porque el Padre no se estaba relacionando con Jesús basándose en sus acciones (aunque toda la vida de Jesús fue agradable delante del Padre). Él dijo a Jesús, “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, no con quien tengo complacencia. Hay una marcada diferencia entre “con” y “en”. Si estás complacido con algo, tiene que ver con un curso de acción que se ha tomado. Si estás complacido en algo, estás complacido con su esencia. El Padre se deleitaba en quién era Jesús, no solo en lo que hacía Jesús. Esa es una razón por la que el Padre hizo la declaración sobre Su Amado antes de que Jesús hiciera ninguna obra de servicio público.

 

Puedes estar seguro de que el Padre siente lo mismo por ti.

 

¿Cómo puede ser?

 

En el momento en el que naciste de lo alto, una nueva criatura en Cristo, Él se deleitó en ti. Aunque todavía no tenías ni una sola buena obra a tu favor, Él se deleitó en ti. Después de todo, el Padre pasó mucho para colocarte en Jesucristo. Pablo era muy consciente de estar en Cristo y de la importancia que esto tenía. Constantemente hace referencia a cosas como “en Cristo” y “en Él”, más de 150 veces en sus epístolas. Los eruditos y teólogos se refieren a frases como en Cristo con el término difícil de manejar “verdad posicional”. Querido cristiano, la “verdad posicional” es casi completamente inútil en tu vida diaria. Estar en Cristo no era una “verdad posicional” o teológica para Pablo. Era una realidad vivida para él. Estar en Cristo tiene que convertirse en un territorio familiar, al menos un poco, para nosotros también. Esa experiencia comienza con permanecer por fe en el hecho de que estás verdaderamente en Cristo. La verdad es que estás más en Cristo de lo que estás en la habitación en la que estás sentado ahora mismo. Si estás en Cristo y el Padre se deleita en Su Amado, entonces en virtud de estar en Cristo, el Padre se deleita en ti también. Él lo planificó de esta manera (ver Juan 17). A causa de Jesucristo, el Padre se deleita contigo y en ti, y no hay nada que puedas hacer (o dejar de hacer) que pueda cambiar eso.

 

Leer sobre el amor de Dios de esta manera es un inicio pero no será suficiente leerlo aquí. Tú y yo tenemos que conocer este tipo de amor en nuestra experiencia. No como una experiencia apartada, sino como manera de existir. Y sí, es posible.

3
Cortando los Espinos de
Juan 14 &15

El cristiano no piensa que Dios nos amará porque somos buenos, sino que Dios nos hará buenos porque Él nos ama.

-C.S. Lewis

 

“Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15)

 

Conoces este pasaje de la Escritura. Yo conozco este pasaje de la Escritura. La forma en la que se expresa en la mayoría de las Biblias sigue el juego a la mentalidad caída sobre el amor de hacer-para-recibir. En un primer vistazo superficial, este pasaje parece ser el típico intento manipulador y cargado de culpa dirigido a controlar el comportamiento. Para muchos de nosotros, esta desafortunada interpretación de la elección de las palabras de este pasaje le sigue el juego a nuestra percepción caída de que el amor de Dios se distribuye basándose en nuestra actuación. Este enfoque nos hace que estemos viendo si tenemos fiebre espiritual cada cinco minutos.

 

¿Cómo se puede considerar “Buenas Nuevas” a una frase así expresada?

 

No sirve de mucho que muchos pastores y maestros estén enseñando que Dios solo se agrada de nosotros cuando obedecemos correctamente. Tan solo esta mañana, estaba viendo un programa de “profecía” en la televisión. No mencionaré los nombres de los presentadores para no avergonzarlos (y por mí, ya que me paré a mirarlo). Al llegar al final del programa, uno de los presentadores, como conclusión, dijo, “Si quieres que Dios se agrade de ti, debes hacer lo que le agrada”. Ahora, sé que cuando tienes treinta minutos de tiempo en el aire sin anuncios de relleno, el hecho de mover las mandíbulas va a generar frases mal expresadas (¿no pensadas?) de vez en cuando. Una declaración como la que hizo el presentador tiene total sentido para nuestra mente caída y natural. Va acorde con nuestra percepción de necesitar ganarnos la aprobación de Dios. Pero no te equivoques, Jesús declaró en repetidas ocasiones y vivió el opuesto absoluto en los Evangelios. La mayoría de los cristianos protestantes/evangélicos están muy cómodos con la idea de la salvación por gracia. Somos inflexibles ante el hecho de que no te puedes ganar la salvación. Pero estas mismas personas no están cómodas ante la idea de que el resto de tu vida cristiana también se debe vivir por gracia. El amor y la aprobación de Dios son un don tan gratuito como la salvación. El hecho es que nuestro hombre natural se siente ofendido por tal idea. Nos oponemos ante la idea de un amor tan temerario y extravagante. Muchos líderes temen que si hablan de este tipo de evangelio, los creyentes van a abusar de ese tipo de amor y van a vivir como les apetezca. El pecado estará fuera de control. En mi experiencia, no he visto que este haya sido el caso. Pablo habla sobre la misma experiencia en Romanos 7 & 8. Por supuesto, hay algunas personas que toman el mensaje del amor y la gracia de Dios y lo emplean como licencia para entregarse a su naturaleza inferior. Pero ese hecho no es razón para echarnos atrás a la hora de declarar el amor extravagante e incondicional de Dios. Las buenas nuevas gloriosas no se deben atemperar ni diluir por temor a que algunas personas las usen como una excusa para vivir en la carne. Mi experiencia es que cuando te encuentras con las auténticas buenas nuevas del amor incondicional de Dios, la mayoría de las personas se regocijan por su libertad en Cristo, no por su libertad de Cristo.

 

“Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15)

 

Las voces que muchas personas adscriben a un pasaje de la Escritura, como el mencionado más arriba, se asemejan a una maestra de escuela arrugada con su huesudo dedo índice apuntando a tus ojos directamente y de manera amenazante. En otras palabras, escuchamos al Dios crítico y guardador de normas amenazándonos en este pasaje.

 

¿Pero es ese el punto de vista correcto?

 

Cuando miramos el contexto (los versículos anteriores y posteriores), este pasaje no parece encajar en absoluto con el fluir de lo que Jesús estaba diciendo.

 

¿Estaba Jesús, en esta declaración, intentando forzar a Sus discípulos a obedecer con amenazas veladas? Eso estaría en directa contradicción con todo lo demás que había estado diciendo en estos capítulos. A menudo habló de “vides y pámpanos”, “ríos de agua viva que fluían” y “permanecer en el Padre”. Todas son ideas muy naturales, orgánicas y relacionales. La religión busca imponer una obediencia externa vacía de toda realidad interna. No le importa tu corazón ni un poco, sino que busca controlar tus pensamientos o tu comportamiento bajo amenaza, en caso de necesidad.

 

Así que, ¿está Jesús amenazando a las personas en este pasaje? La respuesta inequívoca es un contundente no. Jesús sabía demasiado bien que a la humanidad no se la puede amenazar, forzar ni llenar de culpabilidad para que obedezca. No estaba bajo tal engaño. Recuerda, la Ley con sus promesas y castigos severos no ha tenido éxito a la hora de producir ni una obediencia interna ni tampoco una externa. De ahí la necesidad interminable de los sacrificios vivos.

 

Así pues, ¿qué quiso decir Jesús con, “Si me amáis, guardad mis mandamientos”? Es una declaración causa-efecto. Si haces X, Y será la consecuencia inevitable. Léelo con este énfasis, “Si tan solo te centras en amarme a Mí, en estar enamorado de Mí, entonces el resultado natural, casi sin esfuerzo, será que guardarás Mis mandamientos”. El énfasis no está en la obediencia, el énfasis está en amar al Señor Jesús. La obediencia es el resultado de tener un romance con Jesucristo.

 

Hay muchas posibles formas de expresar la palabra “si”. En los manuscritos originales, la palabra “si” puede ser condicional, en otro puede ser predictivo. Este pasaje es el ejemplo perfecto de cómo nuestro idioma natal a menudo es insuficiente en la traducción de las Buenas Nuevas originales, ocasionalmente rindiéndolas como no tan buenas. La elección correcta en este pasaje es crucial, como poco. El “si” aquí no es condicional. Si lo tomamos como condicional, degradamos por completo las Buenas Nuevas.

 

Este pasaje no es una amenaza, es ¡una garantía predecible! Ahora bien, eso sí que son buenas noticias. La traducción inglesa de la Biblia The Passion, lo expresa de la siguiente forma, “Amarme te empodera para obedecer Mis mandamientos”. Jesús nos está simplificando las cosas. Más buenas nuevas. ¿Puedes sentir cómo se levanta el peso de sobre tus hombros al ver este pasaje bajo esa luz?

 

Su yugo es fácil y su carga es ligera sobre ti.

 

Si no te ves guardando Sus mandamientos, muy probablemente no tienes un problema de obediencia. Tienes un problema de amor.

 

Entonces, ¿importa la obediencia? Absolutamente, porque la obediencia es el indicador más fiable de la autenticidad de nuestro amor hacia Él. Uno de los temas principales de la epístola de 1 Juan nos anima a mirar a nuestra vida, no tanto a nuestras palabras, para poder evaluar correctamente lo auténtico que es nuestro amor por Jesucristo.

 

Si me amas, vas a guardar mis mandamientos. Jesús nos está dando el orden correcto. El amor es lo que precede a la obediencia; no al contrario.

 

Deberías tomar un bolígrafo y arreglar la mala traducción de tu Biblia ahora mismo. Y debería decir algo así:

 

Si tan solo te centras en amarme a Mí, la obediencia será uno de los resultados naturales.

 

¡Eso es liberador! El reino de Dios en la tierra no descansa sobre el tambaleante fundamento de una obediencia basada en mi fuerza. Por el contrario, Él lo ha asegurado todo y me ha sido dado el ser amado sencillamente por Él para después devolverle ese mismo amor que Él ha derramado sobre mí. Las personas que están enamoradas de Jesucristo tienen una tendencia tremenda a seguirle y obedecerle. La preocupación de los ministros cristianos no debería ser conseguir que el pueblo de Dios peque menos o que lo haga mejor. Más bien, el enfoque debería ser cómo presentar a un Cristo tan maravilloso y glorioso que el pueblo de Dios se enamore de Él una y otra vez.

 

No te equivoques; tú y yo tenemos un Señor que demanda todo de nosotros. Unirse a Su reino requiere dejar atrás todo lo que Él te llama a dejar: la carne, el sistema del mundo y todos sus tentáculos, el cosmopolitismo. El pecado. La vida centrada en uno mismo. El llamado es total. Por completo. Demanda todo porque Él es el verdadero Todo. Dicho sin rodeos: Su llamado nos sobrepasa. No podemos obedecer un llamado de esta magnitud. La única esperanza que tenemos de abandonar todo lo que nos llama a cada uno a abandonar no es por nuestra propia fuerza, compromiso o fuerza de voluntad. El Señor sabe que la demanda de Su llamado nos sobrepasa. Pero, al mismo tiempo, también está totalmente confiado en Su gran amor y la capacidad de este amor para transformarnos y llevarnos más allá de nosotros mismos. Tocar y conocer Su gran amor es lo que nos levanta y nos guarda. Seguimos pensando (y predicando) que si obedecemos X, Y y Z, seremos dignos de Su amor y aprobación. Eso es colocar el énfasis en la obediencia en vez de en el amor. El Reino no funciona así. Es lo opuesto. Conocer su gran amor hace que brote el poder y el deseo de obedecerle con gozo. Y es la medida de Su Señorío en cada una de nuestras vidas lo directamente proporcional a la manifestación de Su reino.

 

Veamos brevemente otro pasaje de la Escritura que nos ha causado algunos problemas a muchos de nosotros.

 

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”. (Juan 14:21)

 

Una vez más, a simple vista, estas declaraciones del Señor parecen ser muy condicionales. La traducción usada lo ha expresado todo al revés. Aquí hay una línea muy definida de causa y efecto. Lo único que tenemos que hacer es darle la vuelta. En este pasaje el Señor está empezando con el producto final, no con el inicial.

 

Veámoslo así: digamos que estás parado delante de un árbol frutal que tiene muchas naranjas maduras y jugosas que están doblando las ramas. Tu atención se ve atraída inmediatamente por el fruto. Es colorido y agradable a la vista. Pero ¿te das cuenta de que el fruto es lo último que aparece en ese árbol? Yendo de atrás a adelante, piensa en el fruto que está en la rama, después la rama a otra mayor y ésta al tronco y, por fin, el tronco a la raíz, invisible debajo de la tierra. Eso es precisamente lo que el Señor está haciendo en el versículo 20. Está empezando con el resultado y lo está retrotrayendo a la oficina central, a la raíz. Mirándolo desde esa perspectiva, diría algo así:

 

El primer movimiento es que Jesús se revela a nosotros. Es solo por revelación que podemos ver quién es Jesús de verdad y su persona única y exclusiva y su lugar en el universo. Esta misma revelación es como Pablo empezó su vida cristiano en el camino a Damasco. Los doce también empezaron con esta misma revelación.

 

El segundo movimiento y revelación es que Jesús nos ama. Esa no es una simple declaración fría, doctrinal, abstracta y teológica. Es una declaración de acción. ¡Ahí hay pasión, amigos! Él está en un estado continuo de amarnos. Como las hojas que están constantemente expuestas a los rayos del sol, Su inmenso amor está radiando incesantemente en nuestra dirección. De manera activa. De forma demostrable. Tampoco se supone que sea algo inconsciente. Podemos volvernos conscientemente y recibir Su gran amor.

 

El tercer movimiento tiene que ver con el Padre uniéndose a esta comunión de amor. Esto tiene todo el sentido ya que es en la comunión del Padre y del Hijo en la que se nos ha introducido. Nos vemos en medio del fuego cruzado glorioso del amor torrencial entre el Padre y el Hijo. Pablo escribió una epístola a una iglesia que tenía problemas severos con la obediencia, y antes de referirse a ningún comportamiento, les recordó su alto llamado y estatus al decir, “Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a LA (énfasis añadido por mí) comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Corintios 1:9). No solo nos ha llamado a un romance, sino que ha provisto todo a coste de Su propia sangre y vida para introducirnos en medio de esa comunión. Esa es una parte importante de lo que significa estar en Cristo. Los creyentes del primer siglo se referían a esta comunión como koinonia.

 

Y, ¿cuál es el resultado de experimentar esta gloriosa koinonia?

 

Empezamos siendo llenos con el amor del Padre y del Hijo. Este no es un amor humano. Este no es el tipo de amor que podemos crear porque, como cristianos, nos sentimos obligados a tenerlo. Es experimentar de manera real el gran amor de Dios. Es por lo que Pablo oró cuando escribió a los Efesios, “y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (3:19). Cuando vemos la palabra conocer en nuestra cultura, asumimos que significa entender algo mentalmente. Pero Pablo está escribiendo sobre un conocimiento experimental del amor de Dios en este pasaje. Puede empezar en la mente porque lo escuchamos primeramente con nuestros oídos y lo procesamos con nuestras mentes, pero tiene que terminar en una experiencia real. Conocer el amor de Dios en la práctica tiene un resultado profundo. Una vez más, la versión The Passion Translation nos ayuda aquí cuando dice, “Los que Me aman de verdad son los que obedecen Mis mandamientos”. Primero viene el amar. Empiezas a ser lleno con el amor de Dios y después, lo que es aún más maravilloso, el amor de Dios empieza a derramarse desde el borde de tu recipiente humano al mundo hambriento y sediento. Cuando esto empieza a ocurrir, he aquí, ¡estás viviendo la vida cristiana!

 

El resultado no es que por fin te comportarás de manera cristiana, es mucho más íntimo y glorioso que la improvisación de tu comportamiento. Ahora Jesucristo es libre de ser Él mismo en ti y a través de ti. Muchos cristianos creen equivocadamente que tenemos que luchar para ser “la mejor versión de nosotros mismos”, pero Dios no tiene esa idea en mente. Ha ofrecido algo infinitamente superior a la mejor versión de ti mismo. Pablo nos dice, “Mi vieja identidad ha sido crucificada juntamente con el Mesías y ya no vive; porque los clavos de su cruz me crucificaron con Él. Y ahora la esencia de esta vida nueva ya no es mía, porque el Ungido vive Su vida a través de mí, vivimos en unión como uno solo. Mi vida nueva es empoderada por la fe en el Hijo de Dios que me ama tanto que se dio a Sí mismo por mí, y dispensa Su vida en la mía” (Gálatas 2:20 traducción libre al español de The Passion Translation). Lo que es más, la expresión de Su vida, que tiene muchas facetas, va a ser peculiar a través de cada uno de nosotros. No seremos un ejército de idénticos, formados con un único molde en su forma de caminar, pensar, hablar y actuar. Él es más grande que eso.

 

Resumiendo, la vida cristiana es una vida de recibir, llenar, rebosar y volver a recibir (y rebosar). Este grado de dependencia en el Señor es una afrenta al hombre caído y natural que va a vivir para Dios a fuerza de crujir los dientes y de agallas, porque así lo ha decidido. La vida cristiana solo funciona cuando Jesús vive a través de nosotros.

 

Por favor, date cuenta de que: en ningún lugar de la Escritura dice que Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos. Jesús no llega ni a mencionar tal idea. De hecho, lo opuesto es lo cierto. Dios ayuda a los que reconocen que no pueden hacer nada y se vuelven a Él en todo lo que ellos no pueden hacer. Cuanto antes aceptemos ese hecho, antes podremos dejar la agotadora rueda de hámster de una relación con el Padre impulsada por los logros.

 

Ser lleno con el amor del Padre hará que te enamores también del Hijo. Y como Jesús ya nos ha prometido, si tan solo me amas, guardarás mis mandamientos.

 

4
El Hombre que se Atrevió
A Usar el Pecho de Dios como Almohada

He aquí el que te observa—y sonríe.

-Anthony DiMello

 

Si observamos el horizonte cristiano, no es difícil ver que hay un serio déficit de amor. Amor por Dios. Amor por los demás creyentes. Amor por la humanidad. Amor por nuestros enemigos. Mucha gente se ha dado cuenta de esto tanto dentro de la familia de Dios como fuera. En el mundo cristiano occidental, una vez detectado un problema, solemos intentar enfrentarlo con toda una plétora de mensajes, sermones y escritos. Intentamos hacer desaparecer los problemas a fuerza de predicar. Según todos los baremos, este método de solución de dilemas espirituales tiene un historial que deja mucho que desear.

 

¿Qué se puede hacer?

 

Se dice, si te amaron mucho, amas mucho. Así que, tal vez, el verdadero problema es que tenemos un montón de seguidores de Jesús ahí afuera intentando amar (sin éxito) porque ellos mismos nunca han sido amados mucho, aunque puedan citar todos los versículos bíblicos sobre el amor de Dios. Tal vez lo que se necesita desesperadamente son creyentes que han experimentado en repetidas ocasiones una saturación en el amor y en el afecto de Dios. Perdemos nuestro tiempo en tantas otras actividades “cristianas”, ¿por qué no perder unos años experimentando el amor de Dios?

 

Muchos seguidores de Jesús parecen darse cuenta muy avanzado el juego de que toda la empresa cristiana se basa en el amor. Hablando por mí, me fueron necesarios muchos años para que se agotase el combustible del cohete que tenía para muchos otros aspectos de la vida cristiana. ¿Cuáles eran algunas de las demás motivaciones? Veamos… estaba el ministerio y servir a Dios, estaba el intentar crear una vida cristiana ideal, el ser un gran esposo y padre, el encontrar “mi don” y la lista continúa.

 

El apóstol Juan tuvo una experiencia única con el amor de Dios que le cambió para siempre. Juan es conocido por ser el que, en su evangelio, se refiere a sí mismo como “el discípulo al que Jesús amó”. Pero, Juan no empieza a utilizar esa hermosa referencia hasta el capítulo 13 de su evangelio. Hacia el capítulo 13, a Jesús ya no le queda mucho tiempo con los doce.

 

Cuestión: En este punto, Juan ha pasado 24 horas al día, siete días a la semana durante tres años viviendo en la presencia de Jesucristo. Necesitó años en la presencia de Jesús de manera continua para que Juan llegase a entender el hecho de que el Señor Jesús le amaba con un abandono incondicional, inamovible y temerario. Todo ese tiempo fue necesario para que la profundidad del amor del Señor penetrase e invadiese el alma de Juan. Lo mismo es cierto en nuestro caso.

 

Juan no estaba siendo un iluminado, ni simpático, ni listo cuando adoptó de forma deliberada el alias de “el discípulo al que Jesús amaba” con el que se refería a sí mismo. Ni tampoco es lo que había escogido como gesto de humildad. El capítulo 13 revela un movimiento profundo, fundamental y práctico en la vida de Juan. Parece haber sido un cambio de magnitudes sísmicas que alteró las reglas del juego de tal forma que se puede convertir en la experiencia de cada creyente. Cuanto antes, mejor.

 

La mayoría de los estudiosos están de acuerdo en que el evangelio de Juan fue el último escrito que salió de su pluma. Eso significa que las cortas epístolas de 1, 2 y 3 de Juan y el libro de Apocalipsis ya estaban a sus espaldas. Eso solo sirve para remarcar lo impresionante de la elección de Juan a la hora de identificarse a sí mismo. En este punto de su vida, Juan podría haberse descrito con toda exactitud como cualquiera de las siguientes cosas: el que obtuvo la revelación, un apóstol, uno de los del círculo íntimo, el desterrado o perseguido, uno de los pocos fieles que estaban a la cruz de Jesús, y muchos títulos más. Juan tenía toda una gama de experiencias a las que recurrir. Pero para Juan, la que eclipsaba a todas las demás era el darse cuenta de la manera completa, total, radical, permanente, irrevocable, generosa, continua, tierna, extrema, inmerecida, gozosa, sobrecogedora en la que Jesucristo, el Hijo de Dios Padre, le había amado y aceptado.

 

La identidad más profunda y verdadera de Juan no estaba fundada sobre lo que había hecho, dicho, escrito ni conseguido para el Señor (y había muchas palabras y hechos grandiosos en este punto). No.

 

El factor más importante, la experiencia que superaba a todas, era vivir en la presencia del Amor mismo. O, dicho de manera más clara, vivir en la presencia del Amor mismo (como Persona). Y lo que es más, Juan reconoció que era el blanco del gran amor de Dios, y él aceptó y recibió que esta es la manera de ser de Dios. Como muchos de nosotros, tal vez Juan tuvo que quitarse, doblar y poner a un lado las vestiduras engañosas de la indignidad, la falsa humildad, la conciencia culpable, la actuación por amor, el tener que ganarse y mantener la aprobación y aceptación de Dios. El hecho de vestirnos así nos deja exhaustos, derrotados, sin gozo, irritados, ocupados, culpables y vacíos. Juan fue liberado para siempre de este tipo de relación con Dios. Tú y yo también lo podemos ser. Que conociera de primera mano al Señor de amor, que tuviera la experiencia una y otra vez de esa aceptación que todo lo abarca, incondicional y cálida de Jesús, lo cambió más que cualquiera de los milagros de los que había sido testigo (o autor). Le cambió más que cualquier impresionante sermón que jamás hubiera escuchado.

 

Cuestión 2: Pasar tiempo en la presencia de Jesús es de suma importancia. Su presencia es transformadora. Y es fundamental para descubrir el amor de Dios y mantenerte consciente de Su inmenso amor.

 

Hagamos una pausa aquí por un momento y dirijamos una palabra a los que se ven impulsados por el ministerio:

 

Jesús nunca te escoge para poder usarte. Puede que termine usándote un poco en Su servicio a lo largo de tu vida, pero esa nunca puede ser tu identidad ni fundamento. Hasta los doce llegaron a entender esto. El evangelio de Marcos (que en realidad es el evangelio de Pedro) dice esto:

 

Y escogió a los doce, para que estuvieran con Él (Marcos 3:14).

 

Escogidos y señalados… pero, ¿para qué? ¡Para estar con Él!

 

Muchos de los hijos de Dios pasan por alto rápidamente esta primera y crítica parte para “hacer el ministerio”. Pero no hay verdadero ministerio sin la primera parte que consiste en tan solo estar con Él. Y para eso es necesario tiempo. Mucho más de lo que la mayoría estamos dispuestos a invertir (ya que, después de todo, hemos sido llamados al ministerio y se nos necesita ahí fuera y Dios está haciendo una obra apresurada estos últimos tiempos, y… bla, bla, bla). Querido hombre o mujer de Dios, no puedes tomar atajos para la preparación en la escuela de Cristo, al menos no sin un gran daño para ti y para otros. Tu llamado, tu don y tu ministerio no son tan importantes. Tus talentos sencillamente no son tan necesitados por Dios ni por el hombre. Tan solo está con Él, llega a conocerlo en primer lugar. Que tu llamado, don y talento vayan a la cruz. Cuando salgan del otro lado de la cruz, puede que sean útiles para hacer avanzar Su Reino. ¿Es el Dios de toda la creación tan superficial que puedes llegar a conocerlo en unos pocos meses o años o tras conseguir 60 créditos en el seminario? El pensamiento en sí mismo es absurdo.

 

Considera esto: Jesús empleó toda la eternidad pasada más 30 años con el Padre preparándose para un ministerio de tres años. Nosotros pasamos tres años en un seminario o escuela bíblica preparándonos para un ministerio de treinta años. ¿Es posible que todo el concepto del ministerio esté al revés? ¿Estás al menos dispuesto a admitir que es posible que estemos pasando por alto el asunto principal?

 

Vé más despacio, querido santo. Emplea una cantidad generosa de tiempo para estar con Él. De esos tres años y medio (unos 1280 días) solo 14 días los emplearon los futuros apóstoles en el ministerio. Eso es el 1% de su tiempo empleado en ministerio como tal. ¿Tu instrucción y tu vida reflejan esa misma proporción? Supongo que no. Y ellos tenían al Dios encarnado como su instructor directo en la campaña.

 

¿Qué intento decir?

 

Al final de tres años, esos doce hombres no se sentían impulsados por su ministerio ni por su misión. Esa idea es una fabricación moderna carente de cualquier apoyo sustancial. Ni tampoco estaba siendo su motor el humanismo. Estaban obsesionados con un hombre, Jesucristo. Él era su mensaje. Él era su evangelio. Proclamarlo y su experiencia con Él eran el resultado de pasar horas sin número llegando a conocerle. Jesús no era tan solo el maestro, era el currículo. No solo aprendían de Él; ni tampoco estaban meramente aprendiendo sobre Él. Estaban aprendiéndole a Él. Lo que Él dejó a esos doce hombres fue una experiencia de Sí mismo, no mera información espiritual, principios bíblicos ni secretos. Esta debería ser la experiencia fundacional de cada obrero cristiano comprometido en el servicio cristiano. La falta de este fundamento explica mucha de la ineficacia y daño que se está haciendo “ahí fuera” para Dios, por no mencionar a las personas comprometidas en un servicio al que, en un principio, Dios nunca las llamó. Gran parte de esta ineficacia nace de un hecho sencillo y es que no conocemos al Señor muy bien. Si no has recibido nunca este fundamento, puede que quieras considerar pulsar al botón de la pausa en tu ministerio. Sr., Sra. Obrer@ Cristian@, ¿puedes poner a un lado tu ministerio durante cinco o diez años para tan solo estar con Él y llegar a conocerle? Serías un ministro totalmente diferente con una calidad de ministerio totalmente diferente.

 

Algunas personas citan a Pablo como su ejemplo para entrar en el ministerio al poco de convertirse. Tan solo te haría estas pocas preguntas: ¿Tenías el rico historial que tuvo Pablo de preparación soberana antes de la conversión? ¿Tuviste la intensidad y la calidad de la experiencia de Pablo en el camino a Damasco y los eventos que ocurrieron justo después? Si tu respuesta es que sí, entonces te recordaría que aun con esos dos componentes tan críticos, Pablo siguió necesitando unos años en el desierto conociendo al Señor. Y después, más allá de eso, tener a Bernabé como mentor.

 

Compañero obrero cristiano, ¡estoy de tu parte! Pero el “Ministerio” es un área que no nos podemos permitir comprometer y ya nos hemos comprometido demasiado. Los resultados empíricos ya están aquí. Nuestro ego, nuestra inseguridad, nuestra necesidad de sentirnos necesitados, útiles o respetados tienen que ser colocados a un lado cuando se trata de nuestra motivación para el servicio. El único fundamento sobre el que podemos pararnos en el ministerio es que somos hombres y mujeres cuyos ojos han visto al Rey y que nos hemos enamorado irremediablemente de Él. Nos sentimos compelidos a compartir las buenas nuevas sobre quién es el Rey basándonos en nuestra propia experiencia de Él. Juan lo dijo de esta manera: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida” (1 Juan 1:1).

 

Muchos de nosotros nos hemos visto salpicados con la verdad del amor de Dios. Pero, ¿te has visto saturado de Su amor? Lo que es más, ¿te has ahogado irremisiblemente en Su gran amor? De no ser así, sinceramente me cuestiono si tu ministerio tiene mucho valor.

 

La predicación de Jesucristo tras una experiencia rica, profunda y duradera con Él es el secreto de todo el ministerio, esté en el formato que esté, ya sea ganando almas, equipando a los santos o estableciendo el Reino.

 

Ahora, volvamos a nuestro programa ya planificado:

 

Asumir la aceptación total por parte de Jesús es la experiencia más liberadora que jamás podemos llegar a tener. Y no se supone que sea una experiencia única. Esto no es un “evento” ni una “experiencia” que hay que añadir a tu currículum espiritual; estamos hablando de una manera de vivir. Para la mayoría, necesitaremos ser lavados en la realidad de Su gran amor una y otra vez. Conoceréis la verdad y ésta es la que libera. Esa verdad no es una comprensión intelectual de hechos ni de doctrinas. La palabra usada para “conocer” aquí es íntima y práctica. Y la verdad es Jesús mismo.

 

Es innegable que en ti mismo eres una bola de basura pecaminosa, miserable y corrompida (para que conste, yo también). Pero la verdad superior e inalterable es que Dios te ama de todas formas. No solo te ama, sino que hasta le gustas.

 

Y ya que estamos, no hay nada que puedas hacer para cambiar ninguno de estos dos hechos. No puedes eliminar el hedor de tus pecados y no puedes disminuir ni aumentar Su amor por ti. Solo Él, por Su inestimable sangre, lavó tus pecados y crucificó tu naturaleza pecaminosa. Tu limpieza es un regalo de amor. Pero el resto de tu vida cristiana después de la salvación es, de igual manera, un regalo de amor. Su gran afecto por ti es un regalo, aun después de que tus pecados hayan sido lavados. En ningún punto de la vida cristiana cambia Su amor de manera que tengas que ganártelo o mantenerlo. Hay cierto evangelio que se predica ahí fuera que solo se puede describir como evangelio señuelo. Dice algo así: Dios te ama tal como eres, ven a Él. Lo haces. Y poco después, empiezas a recibir información de listas de cosas que debes empezar a hacer (y listas de cosas que debes dejar de hacer) para que Dios se agrade de ti. Hmmmmm. Lector, eso es legalismo, sencilla y llanamente. Tú no controlas Su amor por ti en ningún punto de tu vida. Si hubiera algo que pudieras hacer (o dejar de hacer) para aumentar (o disminuir) Su amor y aprobación por ti, haría que tú estuvieras en control de Dios. Absurdo, ¿cierto? Tú no controlas Su amor por ti porque eso requeriría que controlases no solo Su amor sino a Dios mismo, porque Dios es amor. Recuerda, Él no tiene amor. Él es amor. Podemos hallar gran consuelo y regocijo en nuestra incapacidad de mover ni un ápice de Su amor hacia nosotros. Siempre está al máximo, hasta en nuestros peores momentos, llenos con los fracasos más grandes.

 

Acéptalo como un hecho. Colócate ahí. Y cuando tu mente se vea asediada por pensamientos que podrían hablar de manera diferente sobre Su amor, pelea la buena batalla de la fe. Créelo de todas formas. Predícate el amor de Dios, si es necesario.

 

Juan fue consciente de todo este amor y aprobación y aceptación en algún lugar del capítulo 13. Era amado por Jesús. Siempre había sido amado por Jesús. Siempre sería amado por Jesús. Había estado viviendo en el lavacro diario del amor de Dios durante varios años y por fin había empezado a penetrar en su ser. Un día, Juan se enamoró irremisiblemente de su Señor. Lo único que quería era reclinarse sobre el pecho del que le amaba de una forma tan total y completa. Tal y como Jesús le había exhortado unos años antes, Juan ya no se regocijaba de que los demonios se le sujetasen (con todo lo maravilloso que es eso). Más bien, Juan se deleitaba en la seguridad plena de que el Padre conocía su nombre de manera íntima. Por cierto, fue esta experiencia rica y repetida de ser amado y amar a su Señor lo que se convirtió en la matriz para el futuro ministerio de Juan. También, el hecho de familiarizarse con el gran amor de Dios ayudó a Juan a través del fuego del destierro a la isla de Patmos y de otras pruebas mayores y menores en su vida. De hecho, fue ese gran amor el que empoderó a los Doce a la hora de entregar sus vidas por su Señor, tanto figurada como literalmente.

 

El hecho de resignarte ante el hecho de que eres Su amado y de tener eso como una realidad (no tan solo como una doctrina) es el primer paso hacia poder ser capaz de amar a Dios, cuando nos volvamos así de cómodos, así de dispuestos de aceptar, así de seguros en Su amor hacia nosotros, nosotros también utilizaremos la caja torácica de Dios como almohada. Y eso será Su deleite.

 

A lo largo de la historia cristiana, han habido individuos (y, de vez en cuando, grupos enteros de creyentes) que han encontrado una mina al experimentar el gran amor de Dios. Para bien o para mal, algunos de ellos han sido tildados de místicos o contemplativos. Sus nombres son, en su mayoría, oscuros en el mundo visible (grupos como los moravianos, los gualdenses, los bogomilos) pero bien conocidos en los atrios del Cielo. Aunque no puedo suscribir todo lo que escribieron, después de todo fueron meros humanos y se despistaron en varios asuntos, al igual que tú y tu movimiento, muchos de ellos claramente se adentraron en una experiencia increíble del perdón, la santificación, la aceptación y el amor de Cristo. Como resultado, también pusieron sus vidas en un amor sacrificado por su Señor de maneras asombrosas e inspiradoras que se convirtieron en extraordinarias entre las páginas de la historia de la iglesia.

 

El mayor desafío que un cristiano enfrentará en su vida no es el diablo, el gobierno, el sistema mundial ni siquiera el pecado. La prueba más ardua que la mayoría enfrentaremos es seguir locamente enamorados de Jesucristo. Mantener las llamas del primer amor ardiendo es más importante que cualquier otra cosa a la que te dediques en todo tu caminar cristiano. Es mucho más importante que el servicio cristiano. La iglesia en Éfeso fue llamada por el mismo Señor Jesús a ponerse manos a la obra en este asunto en particular. A pesar del hecho de que estaban siendo cuidadosos en ciertas áreas, Él les avisó de que el candelero de Su testimonio sería quitado de su lugar si no volvían a su primer amor. Fue la única iglesia que recibió semejante aviso. Se trataba de amarle más que a todo lo demás. Esa frase para los efesios nos da una visión increíblemente valiosa sobre las prioridades de tu Señor.

 

¿Cuál es el secreto, si es que lo hay, de permanecer enamorado de Jesucristo de forma vibrante y auténtica?

 

Ciertamente Juan se refiere a ello en su evangelio. Date cuenta de que él no habla de sí mismo como el discípulo que amaba a Jesús. ¿Por qué? Por supuesto que amaba a su Señor, así que ¿por qué no usar esa frase en lugar de la otra? Porque Juan había intentado estar como punto de partida en ese lugar varias veces y había fracasado. Indudablemente, hubieron momentos durante sus tres años con Jesús en los que Juan se sentía movido a dedicar su vida al Señor, sin embargo, esas resoluciones no eran duraderas. No podían aguantar las pruebas, tribulaciones y fuegos que, con el tiempo, cayeron sobre los discípulos. Juan, como los demás discípulos que más adelante serían apóstoles, había aprendido una verdad increíble durante ese precioso período de tres años con Jesús. La vida cristiana no empieza con tu compromiso y consagración al Señor. Empieza con su compromiso inquebrantable hacia ti. Es crucial que cada uno de nosotros llegue a ver ese hecho en algún punto, normalmente a través de un fracaso extenso o una crisis tremenda. Dios no quiere tu compromiso. Él quiere tu corazón. Aprender eso tan profundamente como el Señor desea imprimirlo en ti, muy probablemente se verá precedido por una cantidad importante de fracaso de tu parte. No temas, es parte de la senda. La vida cristiana, tu vida cristiana, empieza con Su fidelidad, sigue con Su fidelidad y termina con Su fidelidad. Cada cristiano que conozco estaría en principio de acuerdo con esa afirmación, pero me pregunto cuántos lo saben con una seguridad experimental absoluta.

 

Si eres doblemente bendecido, en algún punto del camino llegas a aprender esa verdad y se vuelve carne en tu vida. Tus éxitos y tus fracasos tienen el mismo valor en Cristo. A causa de Su gran amor por ti, puede usar con la misma facilidad o lo uno o lo otro para revelársete (a menudo el fracaso es más valioso). Los discípulos que llegan al final no son los que tienen éxito. Los que llegan al final son los que sobreviven a sus fracasos; los que aguantan lo suficiente son los que inevitablemente hacen los descubrimientos más ricos de Jesucristo en sus fracasos. Conozco a más de unos pocos creyentes que, sin necesidad alguna, se han echado a un lado a la hora de participar en Su Reino porque no pudieron sobrevivir a sus propios fracasos. Esto no tiene que ser así.

 

Pedro sobrevivió a un fracaso enorme y público. Pablo también. Y Juan. Todos tuvieron un fracaso importante. Y todos encontraron al Señor de alguna forma maravillosa en medio de ese fracaso y pérdida e indescriptible desilusión. Y en medio de ese fracaso, hubo este reconocimiento experimental para Juan de que Jesucristo estaba inamoviblemente comprometido con él, que Jesús le amaba sin fluctuar y eso fue lo que le marcó de forma tan permanente que solo se podía referir a sí mismo como “el discípulo al que Jesús amaba”. Punto. Era la cosa más verdadera que Juan sabía sobre sí mismo y sobre su Señor. Lo mismo es cierto para nosotros.

 

 

Oh, la belleza del Rey

Haces que los que te buscan sean justos

Has escrito y redimido mi historia.

 

Que mis ojos vean Tu Reino brillar por doquier

Que mi corazón rebose con la pasión por Tu nombre

Que mi vida sea una canción, revelando quién eres

Porque eres la sal y la luz

 

Oh, el amor que me liberó

Traes esperanza a los necesitados

Has escrito y redimido mi historia.

 

Que mis ojos vean Tu Reino brillar por doquier

Que mi corazón rebose con la pasión por Tu nombre

Que mi vida sea una canción, revelando quién eres

 

Porque eres la sal y la luz

Eres la gran cima del amor

Eres profundo y ancho

Fuego consumidor

 

Eres la sal y la luz

Eres la gran cima del amor

Eres profundo y ancho

Fuego consumidor

 

Que mis ojos vean Tu Reino brillar por doquier

Que mi corazón rebose con la pasión por Tu nombre

Que mi vida sea una canción, revelando quién eres

 

Porque eres la sal y la luz

Eres sal y luz

Porque eres la sal y la luz

Porque eres la sal y la luz

 

 

Autores: Lauren Daigle/Leslie Jordan(Paul Mabury

Salt & Light lyrics © Sony/ATV Music Publishing LLC, Essential Music Publishing, Capitol Christian Music Group

 

5
Primeros Movimientos

Este es el amor verdadero, no que nosotros amamos a Dios, sino que Él nos amó y envió a Su Hijo como sacrificio para quitar nuestros pecados. (1 Juan 4:10, traducción libre de la versión inglesa New Living Translation)

 

Amo a mi Dios, pero no con un amor mío,

Ya que no tengo amor que dar;

Te amo, Señor, pero todo el amor es Tuyo,

Pues por Tu vida, vivo:

Soy como nada, y me regocijo de estar

Vaciada y perdida y envuelta en Ti.

 

-Madame Jeanne-Marie Bouvier de la Motte-Guyon (circa 1700)

 

Tendemos a acercarnos a nuestras vidas cristianas con nosotros mismos (el “yo” o “mi”) en el centro. Hacemos lo mismo cuando leemos la Biblia. La mayoría estamos centrados en “Yo”. Es una de las maldiciones residuales de la caída y es insidiosamente difícil de detectar la mayor parte del tiempo. Esta estructura tan egocéntrica se cuela en el frente bajo muchos disfraces: “Voy a hacerlo mejor”. “Voy a cambiar esta vez”. “Voy a comprometerme más”. “Voy a amar más a Dios”. “Voy a ______(rellena el espacio en blanco_____”. Parece que no nos podemos alejar de nosotros mismos como centro de todo. A esta tiranía la denomino la vida egoísta.

 

Para el individuo de voluntad de acero, un compromiso de esta naturaleza puede durar hasta tres semanas. Pero la mayoría nos rendimos mucho antes. Ya sean tres horas o tres semanas, sin importar lo sincero que sea, el irreprochable está condenado a fracasar en algún punto el 100% de las veces. ¿Por qué?

 

Porque está centrado en el humano. Está centrado en el “Yo”. Puede ser para Dios, pero en realidad se trata de mí. Es Adán intentando levantarse por encima de su naturaleza caída que solo puede hacer durante un breve momento antes de que esa misma naturaleza vuelva a tomar las riendas y revele lo que es de verdad. Una gran parte de la vida cristiana moderna y de su enseñanza no es más que aplicar al Adán caído un maquillaje espiritual. Te va a costar menos allanar el Everest utilizando una cuchara mohosa.

 

Tengo buenas nuevas para ti: El Señor no arregló a Adán. Adán no tenía arreglo. El Padre lo crucificó en Jesucristo en el Calvario. Y, estando “en Adán”, tú tampoco tienes arreglo. Así que a Dios se le ocurrió un plan genial. Tú, sí, tú, que ya estabas en Adán también fuiste colocado en Cristo en el Calvario y tú también fuiste crucificado, gracias a Dios, en la cruz del Calvario. Desaparecido. Muerto y sepultado con Jesús. Y después gloriosamente resucitado con Él, nuevo. Una especie totalmente diferente que nunca antes se había visto en este planeta. Y, a causa de eso, el Padre nos llama confidencialmente para que nos salgamos de esa vieja naturaleza adámica (ahora muerta y desaparecida de todas formas) y nos adentremos en una naturaleza nueva y diferente. El nuevo Hombre, una raza totalmente nueva, la nueva naturaleza del Señor Jesucristo resucitado y levantado. No se suele hablar de esto hoy en día. Y es todavía más raro oír sobre cómo hacer la transición de la vieja humanidad a la nueva.

 

Cualquier intento de ataviar la vieja naturaleza de Adán con disfraces cristianos está condenado al fracaso y a que resurja con el paso del tiempo. Mucho de lo que pasa hoy en día por “iglesia”, “ministerio” y “vida cristiana” no es más que humanos caídos intentando imitar a Jesús con todas sus fuerzas. Que tengan suerte. Lo único que tenemos que imitar en la vida de Jesús es Su comunión con Su Padre. El resto de las buenas obras que Él planificó para nosotros fluirán de ahí. Si no abandonamos todo el enfoque de “imitar a Jesús” para vivir la vida cristiana, terminará con una pérdida de gozo, mucha apariencia, una vida doble y un montón de hipocresía. Este enfoque es peligroso porque puede que sucumbamos ante el engaño de que estamos teniendo éxito cuando en realidad no es así. Dios está demasiado comprometido con nosotros como para permitirnos sigamos con este tipo de imitación barata durante mucho tiempo.

 

Sería una buena idea reconocer aquí mismo que en realidad tenemos un yo. Dios creó el yo que somos. No podemos deshacernos del yo. No se espera de nosotros que lo hagamos. Pero, al mismo tiempo, tenemos que darnos cuenta de que en la caída, allá atrás en el huerto, al yo le ocurrió algo horrible. Originalmente, el yo estaba equilibrado, completo y no preocupado consigo mismo. En el momento de la caída, todo eso cambió. El yo se volvió increíblemente dañado, distorsionado, enmarañado y totalmente absorto en sí mismo. Servilmente así. El problema no es el yo, sino la vida del yo. Pasamos de tan solo tener un yo a estar centrados en nosotros mismos, absortos en nosotros mismos, a ser justos en nosotros mismos y egoístas en general. Uno de los aspectos más importantes de la obra de Dios en tu vida, después de la salvación, es librarte de la tiranía de la vida del yo. Fuimos creados para ser conscientes de Cristo, no de nosotros mismos. La libertad increíble llega a nuestra alma cuando somos libres para ser más conscientes de nuestro Señor (y de los demás) que de nosotros mismos. Esta libertad no es algo que puedas conseguir por ti mismo. Es uno de los gloriosos efectos secundarios y resultados de una vida que se ha visto saturada en el amor del Padre y del Hijo.

 

Aun cuando la maravillosa experiencia de la salvación (“ser salvo”) cambia nuestro destino final, no vale de mucho a la hora de tratar con la tiranía de nuestras almas caídas y egocéntricas. Para la mayoría de los cristianos es una sorpresa descubrir que la salvación conlleva poca transformación real. Una buena porción de tu tiempo aquí en la tierra se va en la liberación de una existencia egocéntrica. El Padre está queriendo transformar tu alma y liberarla para Sí mismo. Cristiano, deberías saber que tu vida del yo no se va a rendir fácilmente. Está muy comprometida con preservarse a sí misma y tiene muchos recursos y es lista. Va a luchar para quedarse sobre el trono de tu vida. Cuando te ves resistiendo la voluntad de Dios para tu vida, lo más seguro es que la vida del yo sea la culpable.

 

A veces, el Padre tiene que permitir que cosas muy extremas aparezcan en tu vida, pero debes saber que estas pruebas y tribulaciones son permitidas ni para dañarte ni para destruirte (aunque está claro que, a veces, lo puede parecer). Más bien, estas dificultades son permitidas con gran amor y con un propósito alto y santo con la vista puesta en la salvación de tu yo (alma) de la tiranía de la existencia egocéntrica. A veces nos referimos a estas dificultades permitidas como “la cruz” en nuestra vida. No es el propósito de este libro hablar sobre la cruz que todos los verdaderos discípulos de Jesús deben experimentar en sus vidas (eso sería un libro en sí mismo). Sin embargo, es crucial que tú y yo estemos profundamente arraigados en un conocimiento experimental del gran amor de Dios que fluye de manera continua hacia nosotros para que cuando la cruz toque nuestras vidas, no seamos engañados creyendo que Él ya no nos está amando.

 

Así que, ¿dónde nos deja todo esto?

 

Si cierras este libro después de leerlo y te dices, “Tengo la determinación de amar más a Dios”, entonces has perdido de vista de lo que se trata esto.

 

Intentarlo con más ahínco no es la respuesta. Un compromiso mayor está condenado al fracaso. Así que, ¿qué?

 

El evangelio empieza con “De tal manera amó Dios al mundo”. La pasión es Suya. El amor es Suyo. El compromiso es Suyo. Lo único que tú y yo estamos haciendo en la declaración anterior es ser recipientes de Su amor. Una buena analogía sería un bebé recién nacido. Solo es capaz de recibir. Un bebé en realidad no tiene nada que ofrecer, hablando en términos prácticos (¡además de un montón de pañales sucios!). Pero, como padres de esa preciosa cosita pequeña, no nos importa, ¿a que no? Como padres, nos deleitamos en la mera existencia de la criatura. Nos derramamos para con esta vida desvalida. La sostenemos y acunamos. La mimamos y besamos. La alimentamos y bañamos. Y la cambiamos los pañales. Nuestras expectativas de recibir de este bebé son muy bajas, llegados a este punto. Pero para nosotros son un deleite absoluto de todas formas y seguimos derramándonos con gozo en este recién nacido. Para que llegue a haber una maduración y un crecimiento normal, esta etapa es absolutamente esencial. Lo mismo ocurre con nuestro caminar en Jesucristo.

 

Nosotros, los cristianos, parece que albergamos esta idea en lo referente a nuestra salvación inicial pero, en algún punto al principio de nuestra vida cristiana, desplazamos a Dios del asiento del conductor. Entramos en un estado en el que nuestra relación y nuestro caminar depende de nosotros. Y el gozo de nuestra salvación empieza a desaparecer gota a gota y nos damos la vuelta unos años después y vemos que estamos exhaustos y frustrados (con Dios y con nosotros mismos). Silenciosa y desesperadamente nos preguntamos, “¿Qué ha pasado?”

 

Recuerdo haber escuchado hace unos años a un tele-evangelista conocido ofrecer esta filosofía a su audiencia, “Si llega a ser, dependerá de mí”. Ese sentimiento, querido amigo, es el evangelio según el Adán caído. Es un evangelio que Caín, el hijo de Adán, sostuvo y se ha pasado a través de las generaciones y está vivo y saludable en esta misma hora. Sin embargo, sé consciente de que una declaración como esa, no tiene conexión alguna con la vida y la misión de Jesucristo. No tiene nada que ver con la vida cristiana. Y si abordas tu relación con Dios a este nivel, buena suerte, porque vas a necesitar suerte a raudales para poder hacerlo. Las verdaderas buenas nuevas son, “Si llega a ser, dependerá de Él”. Está claro que tienes un papel y cambiará y evolucionará a lo largo del transcurso de tu vida, pero debemos empezar aquí.

 

La vida cristiana, tu vida cristiana, empieza con Jesucristo y su compromiso inalterable para contigo. La vida cristiana concluye con Jesucristo y su compromiso inalterable para contigo. Pero esta es la verdadera cuestión: la vida cristiana no solo empieza y termina con el Señor, también en el medio es con Jesucristo y su compromiso para con nosotros. ¡Esas son buenas nuevas!

 

Y, ¿cuál es tu papel en todo esto?

 

Rendirse ante Su gran amor. Recibir. Tocar. Creer, aun en presencia de circunstancias que te gritan lo contrario, que Él se deleita en nosotros y nos ama de manera absoluta. Conocer Su amor. Volvernos íntimos en nuestra experiencia con Él. Ser lavados con Su amor una y otra vez. Ahogarnos en Su aceptación total en el Hijo Amado, Jesucristo. Estar saturados con Su gran afecto hacia nosotros. Una y otra vez. Y después de eso, otra vez. Solo entonces confiaremos en esa Voz, nos lleve a donde nos lleve.

 

Este es el naciente de la vida cristiana. Estas son las balsas divinas en las que se bañaban repetidamente Juan y los demás apóstoles.

 

No es una coincidencia que un ser humano empiece su existencia en una balsa de líquido amniótico creado por la madre. Este líquido y el uso que hace el bebé de él son cruciales para los aspectos más básicos de la formación saludable del ser humano. La vida cristiana no es diferente.

 

Los primeros movimientos de una vida cristiana normal son el descubrimiento de que no es nuestro amor por Dios (que va y viene) sino Su amor constante, que no se rinde, Su compromiso hacia nosotros, eso es lo que importa.

6
Volviendo a Tu Primer Amor &
Manteniéndote en el Amor de Dios

Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. (Apocalipsis 2:4)

 

Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna. (Judas 20-21)

 

Lo primero que debes saber es que, salvo contadas excepciones, la mayoría de nosotros nos apartamos del amor de Dios. No estoy necesariamente diciendo que nos volvemos al mundo. Digo que el fuego en tu corazón se apaga hasta quedar en ascuas. Lo segundo que debes saber es que puedes volver al amor de Dios. Lo tercero (y, en mi opinión, lo más importante) que debes saber es no perder el precioso tiempo que tienes culpándote por haberte apartado del amor de Dios en un principio. Muchos se pierden en la Isla de la Culpa, pero solo después de haber atravesado una serie de aros imaginarios llegan a creer que pueden aplacar la desilusión o el enfado de Dios. Te animo a que malgastes el menor tiempo posible en este viaje de culpabilidad y te vuelvas inmediatamente hacia el amor de Dios. Las palabras de C.S. Lewis puede que nos ayuden a permitirnos volver más rápidamente al Señor después de nuestros fracasos, “Si Dios nos perdona, debemos perdonarnos, de no ser así, es como acudir a un tribunal más alto que Él”[4].

 

¿Por qué nos apartamos, para empezar?

 

Muchas razones. La lascivia de los ojos. Intereses egoístas. Agotamiento. Pero también, el divagar sin un destino parece estar entretejido en el lienzo del universo en el que habitamos. Los científicos se refieren a esto como la segunda ley de la termodinámica. Sin volvernos demasiado técnicos, permíteme que lo exprese de una forma más literaria utilizando muros de piedra como ejemplo: Hay una dirección natural para los muros. La dirección natural es la de derruirse. Los muros no tienden a caer de un golpe. Se derruyen. Los muros de piedra se tienen que edificar y mantener.

 

Nuestro caminar con el Señor (y en especial nuestro afecto sincero por Él) es similar. Nuestro amor por el Señor requiere de cuidados[5]. Las malas hierbas crecen sin previo aviso, aun mientras dormimos. Otros desperdicios y distracciones aparecen durante el día. Hay ladrones espirituales que están sanos y salvos en este universo caído y van tras una sola cosa.

 

No es tu ministerio. Ni tus buenas obras.

 

No son tus “cosas”.

 

No son tus prácticas religiosas externas.

 

Van tras tu afecto por Jesucristo.

 

Estos ladrones son pacientes. Normalmente no quieren desviar de golpe tu amor por Dios. Son más como percebes que crecen poco a poco en tu corazón. Pasan casi inadvertidos y desapercibidos hasta que se forma un duro caparazón. El mundo y su sistema están trabajando sin cesar y con denuedo intentando endurecer la ternura que tienes hacia Él. El asalto se realiza a la medida de cada uno de nosotros. La estrategia incluye muchas distracciones respetables, no solo son actividades pecaminosas. Y después, también están las preocupaciones de esta vida. Mézclalo todo y tendrás una receta que se amontonará en tu contra.

 

En el segundo capítulo del Cantar de los Cantares, el autor expresa la frustración de estos taimados ladrones de amor de la siguiente manera:

 

Cázanos las zorras,

Las pequeñas zorras que arrebatan las viñas,

Mientras nuestras viñas están en flor.

 

Se expresa de una forma tan poética que existe la tentación de pensar que todo esto es tan solo una actividad divertida. No te equivoques, se está librando una guerra cósmica con mucho que perder. Naciste en esta guerra el día que te convertiste. No te puedes quedar sentado en el banquillo; esa opción no existe en el mundo espiritual. Y por si no lo sabes, el premio es codiciado por ambas partes. ¡Tú eres el premio! Aunque creo que es importante ser consciente de que hay una escaramuza muy disputada, también te insto a que no te preocupes por ello. Muchos creyentes se han visto muy absortos en el aspecto de la batalla de la vida cristiana y eso les lleva a estar peligrosamente distraídos de Jesucristo. Sé consciente de la batalla, estate alerta y, de vez en cuando, es posible que te veas impulsado a entrar en acción en lo referente a la batalla (observa todo el libro de Hechos), pero la única preocupación a la que hemos sido llamados es con el Hijo de Dios, Jesucristo. Aun en presencia de nuestros enemigos, Dios adereza mesa de comunión con Él. David lo dijo de esta forma tan maravillosa, “Aderezas mesa delante de mí, en presencia de mis enemigos” (Salmo 23:5). El Espíritu Santo es un experto a la hora de identificar a estos ladrones cuando entran en la vid de nuestro amor por el Señor. Las distracciones naturales y carnales son obvias pero otros asuntos temporales de apariencia más respetable como las ambiciones, las metas, las obligaciones, las carreras, las responsabilidades son más difíciles de detectar. Tener una interacción y comunión diaria con el Señor puede ayudar a prevenir un corazón que divaga. No es necesariamente un tiempo dedicado a orar ni a batallar o leer la Biblia, sino un tiempo con el Señor mismo. Además de un tiempo específico, el mero hecho de volver tu atención a la concienciación de Jesucristo en diferentes puntos y formas a lo largo de tu día, allá donde estés, y en sencillez, teniendo comunión con Él, aunque sea de manera breve, puede ser muy beneficioso a la hora de mantener encendidas las llamas del amor y de la ternura por Él en tu corazón. Hay algunos libros excelentes que hablan de este tema en particular de tener comunión con Jesús en sencillez. He ofrecido una lista parcial en el apéndice al final de este libro.

 

Manteniéndote en el Amor de Dios

 

Este pasaje tan enigmático de Judas es sorprendente ya que asume varias cosas. Primero, evidentemente, es posible apartarse del amor de Dios. ¿Es posible de verdad? El libre albedrío claramente necesita de opciones. Desde el punto de vista del Padre, Él nos está llamando sin cesar a que vengamos a Él y nos ama sin fin, pero en nuestra experiencia atrapada en el continuo espacio-tiempo, es ciertamente posible alejarse del sentimiento y experiencia de Su amor. Existe una buena razón por la que se nos llama ovejas. Tendemos a divagar. Las buenas nuevas es que cuando descubres que te has apartado del sentimiento de la presencia del Señor, sencillamente vuélvete a Él.

 

El segundo aspecto de este versículo es uno que se te puede haber escapado. Técnicamente hablando, he estado citando este versículo de manera errónea. No habla que te mantengas a ti mismo en el amor de Dios. Dice manteniéndoos a vosotros mismos en el amor de Dios. Puede parecer una diferencia irrelevante, pero en realidad es un asunto titánico. Los cristianos del mundo occidental viven una vida cristiana altamente individualizada. Pero los cristianos de la era del Nuevo Testamento no entendían así la fe ni le daban ese enfoque. Exploremos este punto un poco más. Cuando los cristianos del mundo occidental moderno leen sus Biblias, leen las palabras y letras en el Nuevo Testamento exclusivamente a través de las lentes de un enfoque individual. En otras palabras, las epístolas en el Nuevo Testamento me han sido escritas. Pero los escritores y lectores originales del Nuevo Testamento no cometían ese error. Los autores estaban escribiendo a una comunidad muy unida de creyentes. Los creyentes del primer siglo no “iban a la iglesia” los domingos y después a una reunión de entre semana o de estudio bíblico. Ese concepto todavía estaba a cientos de años (¡ojalá nunca hubiera entrado en la Fe!). No, los creyentes del primer siglo eran el Cuerpo 24 horas al día, 7 días a la semana. Eran una tribu. Una familia. Un pueblo que vivía la vida diaria juntos. Los apóstoles estaban escribiéndoles epístolas a “ellos”. A “nosotros”. El contexto total de lo que estaban escribiendo era dirigiéndose a un organismo corporal, no a una serie de partes individuales. Contrasta eso con el presente en el que el cristiano medio “va a la iglesia” el domingo por la mañana y escucha “un sermón” que “el pastor” (que tampoco existía en el primer siglo) había compuesto para dirigirse a cada persona individual de la sala y a su “caminar cristiano” individual. Escuchamos el sermón y después volvemos a nuestras vidas individuales durante los próximos 6 días intentando aplicar las palabras a nuestras vidas como individuos. De hecho, en el mundo occidental, ni el pastor ni la congregación puede concebir la “iglesia” de ninguna otra forma. Este enfoque individual es el fundamento incuestionable e inadvertido de lo que solemos llamar “iglesia”. Hemos enfatizado tanto la noción de una “relación personal con Cristo” que hemos perdido de vista por completo el hecho de que la vida cristiana fue concebida (y debería seguir siendo así) primordialmente como “nosotros con Cristo”. No es un ultimátum de lo uno o lo otro. Deberíamos tener tanto un caminar individual como uno corporal en Cristo. Es trágico que para la mayoría de los cristianos, la segunda parte haya faltado por completo durante muchos siglos. Con todo lo que nos gusta pensar en que nuestra iglesia es “bíblica”, la sobrecogedora probabilidad es que Pedro y Pablo y los cristianos del primer siglo habrían encontrado tu práctica de iglesia tanto extraña como rara (y tal vez algo trágica). Aquí solo puedo incidir de manera superficial en el hecho de la vida cristiana como algo corporal en vez de individual, pero es un asunto tan importante que merecería ser abordado en su propio libro.

 

Solo con unas pocas excepciones que se nombran específicamente (Filemón, Timoteo y Tito), las epístolas del Nuevo Testamento fueron dirigidas a iglesias, no a individuos. Por favor, observa que no fueron escritas a individuos que formaban esas iglesias (una vez más, pensamiento occidental), sino más bien a esos organismos corporales en sí mismos. Los apóstoles veían la iglesia en, por ejemplo, Éfeso como una entidad corporal. Un organismo vivo con una existencia común, tribal y familiar. Nosotros, las personas del mundo occidental moderno, escuchamos una cosa así y nos formamos en colmenas espirituales y empezamos a murmurar sobre sectas, socialismo y comunismo. Para poder proteger nuestro estilo de vida occidental del siglo XXI (esto es: altamente individualista, súper privado y en posesión de muchas cosas), rápidamente nos deshacemos de la idea de una comunidad cristiana con palabras como “sectaria” y “extrema”. Pero, nos guste o no, así es precisamente como nació la iglesia, como se conoció y practicó durante sus primeros cientos de años. Era lo único que Jesús y los apóstoles tenían en mente cuando utilizaban el término “ecclesia”. Se hubieran quedado atónitos y tal vez asombrados y seguramente tristes ante nuestra versión de la iglesia. “Ir a la iglesia” (entre muchos otros aspectos de la práctica eclesial moderna) habría sido para ellos una declaración tremendamente perturbadora. Aunque nos encanta creer que somos cristianos que practicamos la Biblia, cuando se trata de la práctica de una fe basada en la comunidad, estamos muy desviados del camino. ¿Existen excepciones? Por supuesto, pero de manera alejada y escasa. El problema con el enfoque corporal de la vida de la iglesia se ve exacerbado por el hecho de que hay toda una plétora de intentos de experiencias comunitarias de la iglesia que son sencillamente raras, insalubres y extrañas que nos asustan a los demás a la hora de volver a intentar una aventura similar. Es una preocupación legítima, pero una que debemos enfrentar cara a cara y vencer.

 

Punto 1: somos altamente individualistas en nuestra forma de ver la vida cristiana y esto ha hecho que la mayoría de nosotros caminemos espiritualmente con cojera.

 

Punto 2: nos necesitamos los unos a los otros para ayudarnos a seguir enamorados de Jesucristo.

 

Judas sabía que cuando escribió estas palabras a veces se requeriría que tuvieras hermanos y hermanas en Cristo que te ayudasen a mantener el amor de Dios como una realidad siempre presente delante de ti. Él sabía que frecuentemente perderías de vista el gran amor de Dios por ti junto con esa experiencia y que necesitarías recordatorios constantes tanto verbales como en actos de amor de los demás para reforzar cuánto te ama el Señor. Una de las actividades principales de la iglesia es recordarnos los unos a los otros lo extremadamente aceptados que somos en el Amado. Tanto en palabra como en hecho. Las formas que toma este recordatorio son tan ilimitadas como la creatividad que deseemos emplear. Las Escrituras, los cánticos, las notas, los recordatorios, las palabras de ánimo son solo algunas de las maneras.

 

En realidad, no hay cabida en la vida cristiana para la pasividad. En el nivel del Espíritu, por el mero hecho de saber algo un día, no significa que lo entenderás por completo al día siguiente. Está la actividad del riego y de la luz del sol para las semillas plantadas y después la poda del crecimiento experimentado para poder seguir creciendo. Es de suma importancia recordar que naciste de nuevo, pero naciste de nuevo a una batalla entre dos reinos. En un sentido, a Dios gracias, la guerra ya la ha ganado el Señor Jesús. Pero en otro sentido muy real, la totalidad y finalización de la victoria sigue jugándose hasta su plenitud en el mundo tridimensional. Debes aceptar el hecho de que vivirás toda tu vida en una zona de guerra espiritual. Algunos días serás muy consciente tanto de la batalla como de su intensidad. Otros días, no será así. A veces te sobrecogerá el agotamiento. Pero también llegará el refrigerio. Está claro que necesitaremos turnarnos para llegar a la línea de meta.

 

He oído a algunos creyentes decir que la guerra ha terminado. Del todo. Si eso es cierto, a alguien se le olvidó decírselo al apóstol Pablo que se pasó mucho tiempo en su epístola a la iglesia de Éfeso en batalla, por no mencionar los muchos casos de guerra espiritual en el libro de Hechos. Aunque hay verdad en la idea de que la guerra ya ha sido ganada, la manifestación de la victoria no es completa aún. Somos parte de un reino que es “ya pero no todavía”.

 

Uno de los aspectos más perniciosos de esta guerra continua es que el enemigo intentará distorsionar la naturaleza y el carácter de Dios en ti. Si se puede salir con la suya, intentará hasta mentirte sin tapujos sobre el Padre Celestial. Recuerda, se le llama “el que acusa a los hermanos” en las Escrituras. Intentará descarrilarte con acusaciones tanto verdaderas como falsas. Dependiendo del día que estés teniendo, puedes ser bastante susceptible a su engaño. Creo que eso es una parte de lo que Judas quiso decir cuando escribió, “Amados, manteneos en el amor de Dios”. También es la razón por la que la Escritura es tan importante. Algunos de nosotros podemos quedarnos confundidos y perplejos ante el fuego cruzado y perder claridad sobre el Padre y Su gran amor hacia nosotros. Cuando no tenemos claridad en estos asuntos, la Escritura tiene que posicionarse como el testimonio inspirado, inamovible, digno de confianza, verdadero y en el que nos podemos apoyar sobre el Padre y el Hijo. Nuestros hermanos y hermanas en Cristo juegan un papel muy importante cuando nos recuerdan, animan y exhortan las verdades contenidas en la Escritura. Aun si no tienes el privilegio de ser parte del tipo de “ecclesia” antes descrito, posiblemente haya unos cuantos creyentes amigos en tu vida que pueden ayudar a mantener y animarse entre sí en el amor de Dios. Lo que encontrarás a continuación es un cántico que captura de manera maravillosa lo que hemos cubierto en este libro.

 

¿Le has escuchado, visto, conocido?

¿No es el tuyo un corazón capturado?

Los mejores entre los diez miles le tienen,

Gozosos escogen la mejor parte.

 

Ídolos, una vez me tuvieron, me encantaron

Cosas hermosas que me hacían volver el rostro

Así fue como el pecado me engañó

Hasta que el Señor derramó Su gracia

 

Coro:

Cautivado por Su hermosura,

Tributo digno apresúrate a traer.

Que Su dignidad sin igual te constriña,

Corónale ahora como Rey sin rival.

 

¿Qué puede quitar la aparente hermosura

De los ídolos de la tierra?

Sin sentido de lo correcto o del deber

Sino tan solo ver dignidad sin igual.

 

Fue esa mirada que derritió a Pedro,

Fue ese rostro que Esteban vio,

Fue ese corazón que lloró con María,

Lo único que puede alejarte de los ídolos.

 

Atrae y gana y llena por completo,

Hasta que la copa rebose

¿Qué tenemos que ver con los ídolos

Los que tenemos comunión con Él?            – Autor desconocido

7
Gracia o Verdad

¿De Qué Lado Debería Estar?

 

 

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su Gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. (Juan 1:14)

 

“Pues por la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo”. (Juan 1:17)

 

“En el Antiguo Testamento la verdad estaba presente, la gracia estaba por venir. La verdad y la gracia no existían cómodamente la una con la otra en la línea temporal terrenal todavía… la unión de estas dos en Jesucristo formaba parte del Misterio que se desvelaba. –Christian Dickinson

 

Otro problema conflictivo e importante al abordar el tema del amor de Dios es que nuestra cultura actual (tanto en el mundo como en el panorama cristiano) ha reducido el “amor” a dos conceptos básicos (y erróneos): 1) ser amoroso se equipara básicamente a ser amable,  2) ser amable se ha reducido básicamente a no juzgar ningún comportamiento ni ser negativo. Jamás. Ya sabes, es la idea de que básicamente no deberíamos tener una opinión sobre nada que pueda de manera remota parecerse a una evaluación del comportamiento de las personas. Siempre y cuando mantengas la pauta anterior, serás una persona “amorosa” (esto es, amable). Si esa es la plantilla para el amor entonces tanto Dios como Jesús suspenden. C.S. Lewis dijo una vez, “El amor es algo más serio y espléndido que la mera amabilidad”[6].

 

Este raro fenómeno cultural (nacido en América) de ver el amor como una mera “amabilidad” y “no sentencioso” también se ha abierto innumerables entradas en el panorama cristiano también. La “hiper gracia” es un término actual que se utiliza con frecuencia para describir este tipo de forma de pensar. Lo admito, hay bastantes cristianos crueles y sentenciosos ahí fuera. Algunas de estas personas son tan solo personas crueles que utilizan los versículos de la Biblia como su tapadera a la vez que acribillan con toda auto-justicia a todos y a cualquiera que no dé la talla según sus propios estándares. Este tipo de personas dañan grandemente la causa del reino de Dios. Pero la solución no es la de irse al otro extremo en el que tan solo se actúa amablemente sin tener opiniones ni convicciones.

 

Ambas formas de pensar son una mala representación del verdadero amor divino. Estas dos mentalidades encastradas (y casi impenetrables) pueden hacer que sea casi imposible conversar de manera honesta sobre el verdadero amor divino. Al menos, nuestro problema es uno escritural porque, como puedes ver, estas dos especies gozaban de buena salud en el primer siglo. En aquellos tiempos, caminaban bajo el estandarte de fariseo y saduceo. A simple vista, parecería que estamos atascados con dos elecciones de mal gusto: 1) “defensores de la Biblia y la verdad” de corazón duro sin una gota de gracia e incapaces de ver lo severo de sus propias flaquezas que “dicen las cosas como son”.  Estas son las personas que piensan que ya que están “hablando la verdad” (siempre “en amor”, por supuesto), son libres para decir lo que quieran de la manera que deseen. La otra elección es igual de insatisfactoria 2) cristianos sin estructura, a modo de medusas, que están totalmente paralizados y sin esperanza ante la noción de “ser amables” y confunden eso con ser amorosos. Estas personas confunden la tolerancia y la permisividad con el verdadero amor. No nos tomemos la Biblia muy en serio. Su Jesús es, a menudo, alguien a quien todo le parece bien, todo es maravilloso, un hípster atontado.

¿Qué se puede hacer? No hay verdadera esperanza, poder, vida ni Espíritu en estas dos posturas.

Pero hay una tercera posibilidad.

En el Nuevo Testamento, observamos a Jesucristo actuando continuamente en amor en todo lo que dijo o hizo hacia cualquier persona con la que se encontró. Sin embargo, le encontramos en varias ocasiones diciendo y haciendo algunas cosas bastante desalentadoras, difíciles y hasta aparentemente ofensivas. Pero, ya que es amor, esas acciones y palabras deben seguir clasificándose como amor. Pero antes de montarte sobre tu caballo de la verdad y salir trotando al alba para agarrar a unos cuantos herejes, recuerda que también vemos a Jesucristo en repetidas ocasiones extendiendo gracia y misericordia más allá de nuestra capacidad de imaginar, a menudo en la misma situación en la que dijo algo duro.

Somos nosotros los que debemos ajustar nuestra definición de lo que es “ser amado”. Hay un gran desequilibrio entre el pueblo de Dios ante ambos extremos sobre este asunto del amor de Dios.

Brennan Manning lo expresa hábilmente de esta manera, “No quiero ni la espiritualidad terrorista que me mantiene en un estado constante de miedo a estar en una relación correcta con mi Padre celestial ni la espiritualidad blandengue que presenta a Dios como un benigno oso de peluche para el que no hay comportamiento aberrante ni deseo mío que Él no condone. Quiero una relación con el Abba de Jesús, que es infinitamente compasivo con mi torpeza y, a la vez, un Misterio maravilloso, incompresible y difícil de manejar”[7].

Como dije antes, muchos cristianos parecen caer ya sea en el campamento de los que “cuentan la verdad” que asemejan el amor de Dios a un sentimentalismo blandengue que a menudo invocan las personas débiles para ocultar sus comportamientos pecaminosos. O gravitamos hacia el campamento que enfatiza exclusivamente una versión extraña del amor de Dios que, en realidad, es tan solo un caparazón espiritual para la mundanalidad, la autopreservación y la negativa a ofrecerse a ellos mismos en el altar del Rey. A menudo, estas personas están reaccionando a versiones más duras del cristianismo que ellas mismas han sufrido. Pero muchos de los que están en este campamento son sencillamente personas que evitan el conflicto y el negarse a sí mismas a cualquier precio mientras se esconden bajo la túnica del “amor de Dios”. Tristemente, la transformación, el ser como Cristo, la aplicación práctica de la cruz diaria tiene poca cabida en las vidas de este tipo de cristianos. En realidad, están tan poco familiarizados con Su amor como el primer grupo. La “Reconciliación Final” o el “Universalismo” (la ignorante idea de que, al final, todo el mundo será salvo) es, a menudo, el hijo bastardo de este tipo de desequilibrio.

Como puedes ver, la confusión es abundante sobre este asunto hoy en día. Demasiado a menudo en la actualidad muchos creyentes se desentienden no queriendo ser acusados de ser duros ni sentenciosos ni evitar la apariencia de no ser “amables”, así que adoptan en sus vidas esta postura blandengue, cobarde y gelatinosa. Ten por seguro que Jesucristo no es así en absoluto.

El hecho es que ambos extremos son culpables de crear un dios a su propia imagen. No tenemos ni idea de cómo hacer que la gracia y la verdad vivan bajo el mismo techo. No podemos ni imaginarnos cómo pueden cohabitar la justicia y la misericordia.  Así que escogemos una de las dos (normalmente aquella hacia la que estamos naturalmente predispuestos). Como resultado de esto, nuestras vidas se ven envueltas en una parálisis y limitación espiritual muy auténticas. Esto es tan solo un ejemplo más en el que se vuelve esencial conocer el amor de Dios.

Ambos lados de la batalla, en algunos respectos, están en lo correcto y ambos lados están equivocados. Lo que está claro es que ambos están incompletos. A un lado le falta gracia, y al otra verdad. Pero Jesucristo vino lleno de gracia y de verdad. Si vamos a andar en el sendero divino, ambas características tienen que estar presentes en todo momento. Mi amigo y escritor Steve Crosby dice, “La gracia nos libera de la condenación. No nos libera de que se examine/evalúe el fruto de nuestras vidas tanto por la humanidad como por Dios. Tenemos que hacer juicios evaluadores desde la naturaleza de la nueva creación, basándonos en las Escrituras y en el Espíritu de Dios. Nuestras evaluaciones tienen que estar llenas de gracia y de verdad: verdaderamente graciosas y graciosamente verdaderas, y ser severas cuando sea necesario, recordando que nuestros esquemas no son más que polvo. Siempre debemos recordar el lodo del que hemos sido rescatados y extender esa misma gracia paciente hacia los demás. La medida con la que medimos a los demás, será con la que seremos medidos. Nuestro juicio se hace en esperanza y en misericordia triunfando, no regocijándose, en las debilidades o fracasos de los demás.

Sin embargo, es necesario juzgar (discernir/evaluar)… empezando con nuestros propios corazones y con las vigas de nuestros propios ojos. Y después, en una cultura de amor, seguridad y confianza (tres lujos MUY ESCASOS en la ecclesia actual), nuestro “juicio” se amplía. Si no entendemos esto, normalizaremos la disfunción y pensaremos que la bendición de Dios está en nosotros a causa de ella.”[8]

Hay algunos hechos que tenemos que sencillamente reconocer y con los que tenemos que estar cómodos. Primero, de vez en cuando habrán charlas difíciles que formarán parte de la vida cristiana. Segundo, ocasionalmente estaremos en la parte que da y otras en la que recibe estas correcciones. A causa de nuestras naturalezas caídas y del daño de nuestra alma, algunos de nosotros reaccionamos de manera exagerada y algunos de nosotros estamos demasiado dispuestos a que se nos corrija de manera exagerada. En la iglesia primitiva, frecuentemente tenían la ventaja de tener una vida de comunidad genuina, saludable. La corrección se daba más en una atmósfera de familia por medio de hombres y mujeres quebrantados (de buena manera) que tenían una experiencia e historia ricas con Dios. Entendían la diferencia entre el ánimo, la exhortación, la reprimenda y la regañina y cuándo usarlos. Sus corazones siempre estaban dirigidos hacia la restauración y la esperanza cuando corregían, no lo hacían por frustración, auto-justicia ni enfado. Parte del problema con la corrección y el juicio (evaluación espiritual) hoy es que no tenemos el entorno apropiado para corregir por lo que a menudo es torpe y dañino.

Las personas que convierten en una práctica regular el corregir a los demás tienen un problema psicológico. Solo en muy rara ocasión deberíamos apresurarnos a juzgar a otro creyente. De hecho, casi deberíamos tenernos que ver obligados a dar corrección/juicio/evaluación a otra persona. Sí, obligados por el Señor, normalmente tras un largo período de sufrimiento en privado y lucha y oración por nuestro compañero creyente y por su lucha con comportamientos pecaminosos. Como dijo Juan en su primera epístola: “Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte” (1 Juan 5:16). Esa es una ruta mucho más lenta y de un coste personal más alto.

¿Por qué nos guía así Juan? Porque es mucho mejor si el Señor mismo trae corrección de manera directa al creyente. Eso es siempre lo ideal, que el creyente oiga directamente del Espíritu del Señor. También, la directiva de Juan es una forma de sujetar nuestra naturaleza impaciente y llena de su propia justicia que siempre está esperando en las sombras para atacar.

Lo admito, hay veces en las que el creyente está tan ensordecido ante la corrección que el Espíritu Santo está intentando traer, que otro miembro del Cuerpo tiene que ser usado para alcanzar a esa persona. Pero esa no es la forma ideal de empezar. Juan nos está exhortando a no empezar con confrontación sino, más bien, ser rápidos en orar y perder parte de nuestra propia vida primero, sacrificando nuestro tiempo en beneficio de un hermano o una hermana que está luchando. Además, este sacrificio no tiene que ser tan solo durante unos días ni de manera superficial para luego tachar eso de nuestra lista de cosas a hacer y así poder, por fin, confrontar a la otra persona. Tu contribución en en la vida de otro debería estar precedida por un precio inicial que tú tienes que pagar. Esta es una buena prueba de fuego para estar preparado para confrontar a un creyente compañero: ¿Has invertido tiempo delante del Señor agonizando por la condición de la otra persona? ¿Lo has hecho hasta tal punto que tu corazón está roto y, de tener que hacerlo, la corregirás en un espíritu de quebrantamiento, gentileza y humildad? De no ser así, tal vez quieras esperar.

Las personas intolerantes, justas en sí mismas y desagradables por naturaleza, son rápidas en corregir y hasta disfrutan al corregir a los demás. Normalmente son personas frustradas o enfadadas. Este tipo de personas deberían evitar corregir hasta que la cruz se haya aplicado de manera minuciosa a su enfado o crueldad innata.

Habiendo dicho esto, Pablo, Santiago, Pedro, Juan, todos escribieron epístolas que forman parte del Nuevo Testamento. Echemos un vistazo a algunas porciones de sus escritos que podrían sonar un poco “anticristianas” y no muy amables.

 

Confundir el amor de Dios con la Permisividad

Esto es particularmente un problema en el mundo en el que vivimos en la actualidad. Muchos cristianos parecen haber confundido el amor incondicional de Dios con la aceptación del pecado y la permisividad. Esta es la definición mundana, confundida, del amor, pero no tiene nada que ver con el verdadero amor divino.

El amor de Dios no hace la vista gorda. La idea común de que “tú tienes tu verdad y yo la mía” es totalmente incompatible con el verdadero amor. Ese tipo de “amor” es una invención humana mayormente fomentada por personas que harían cualquier cosa por evitar una conversación incómoda. También es una forma de autoprotección ya que esa filosofía está diciendo básicamente, “No señales mis tinieblas y yo no señalaré las tuyas”. Contrasta esa filosofía con la forma de ser de Jesús. En repetidas ocasiones en los evangelios vemos a Jesús amando a las personas y mirándolas directamente a los ojos identificando su pecaminosidad. Gracia y verdad. La verdad en amor. Ese es el amor divino.

Una vez más, no me malinterpretes, no estoy abogando por un entorno en el que haya una corrección y confrontación constantes. Ese tipo de atmósfera es tóxica y dañina. Hemos visto muy a menudo en movimientos del pasado en los que se actuaba con una pesada mano “disciplinaria” y “pastoral”. No estoy abogando por ese tipo de cosa. Estoy abogando por un entorno de hombres y mujeres que han sido quebrantados en su mayor parte por la Cruz de Cristo. Cuya paciencia no tiene límites. Personas que tienen un historial de estar saturados en el amor del Padre y en la comunión de la Trinidad. Cuyas vidas son ejemplares y en las que se puede detectar buen fruto con facilidad. Personas que genuinamente aman a las personas. Un entorno de personas que, con toda esa calidez, afecto y amor también pueden, sin parpadear, aunque sin condenación ni acusación, traer una palabra directa, amable de corrección cuando todo lo demás falla.

El amor de Dios no es un amor permisivo, es un amor conquistador. Mira a nuestra pecaminosidad a la cara y la declara pecaminosa para después decir, “Estás totalmente equivocado, pero te amo”. El resultado de este tipo de encuentros (si son auténticos) no es que seguimos felizmente por nuestro camino continuando en nuestro pecado con el sello añadido de la tolerancia (aprobación) de Dios “porque Él me ama”, sino que, más bien, somos conquistados. Cambiados. Alterados. Conquistados por algo más grande que nuestro pecado, más grande que nosotros mismos, más grande que nuestros propios deseos egoístas, más grande que el hecho de salirnos con la nuestra. Las personas que están bajo el estandarte del amor de Dios a la vez que continúan en su pecado están engañadas. Están aportando una falsa cubierta espiritual para proteger y preservar su naturaleza carnal. No saben nada del verdadero amor de Dios. Este tipo de personas disfrutan interpretando la sana doctrina y teología y están formando un dios a su propia imagen que dará el visto bueno o, al menos, una excusa para sus pecados preferidos. Están entre las personas más dignas de lástima. Y, tristemente, hoy hay movimientos enteros que se basan en este tipo de pensamiento.

En este punto, sería de ayuda echar un vistazo a varios ejemplos en los que Jesús claramente demuestra gracia y verdad.

Jesús y la Mujer en Adulterio

Verdad: cometió el pecado de adulterio

Gracia: A riesgo de su propia vida y reputación, Jesús la salvó de una dolorosa muerte por apedreamiento. Sin duda, perdió posibles seguidores como resultado de la forma en la que manejó este incidente.

Gracia: No la condenó

Verdad: La miró directamente a los ojos y la dijo que dejase de cometer este pecado.

 

La Mujer en el Pozo

Verdad: estaba viviendo en inmoralidad sexual

Gracia: A pesar de tener dos cosas en contra (ser samaritana y mujer), Jesús habló con ella y hasta la pidió que supliera una necesidad que Él tenía (sed).

Gracia: A esta mujer de perfil bajo en su sociedad, Él le dio una de las revelaciones más profundas.

Verdad: Él la dijo a la cara que tenía un historial repetitivo de pecado mezclándose con hombres que no eran su esposo.

Gracia: Se quedó con estos samaritanos y muchos se volvieron a Él.

 

Zaqueo

Verdad: Zaqueo era avaricioso y un idólatra del dinero.

Gracia: De todas las personas que había en Jericó, Jesús escogió quedarse con la persona más odiada, despreciada y avara que causaba gran miseria a la vida de los demás. (La decisión de quedarse con Zaqueo seguramente expuso a Jesús a mucha crítica y probablemente resultó en  que algunas personas no se convirtieran en esa ciudad).

Verdad: Zaqueo fue convencido de su pecado y anunció (arrepentimiento) una nueva dirección en su vida.

Gracia: Jesús anunció que la salvación había llegado a la casa de Zaqueo (la única otra persona a la que Jesús prometió salvación con Su propios labios fue al ladrón en la cruz).

 

El Joven Rico

Verdad: Se creía muy justo y estaba engañado en cuanto a su compromiso con Dios. También era un idólatra del dinero.

Gracia: Jesús escogió identificarse con este joven (y con el resto de la humanidad) declarando que “solo Dios es bueno”.

Verdad: Cuando preguntó a Jesús qué debía hacer para ser salvo, Jesús sabía que Él tenía la respuesta y la autoridad para responder a esa pregunta. Él también conoce a cada persona tan a fondo que puede confeccionar una respuesta a su medida para llegar al fondo del asunto.

Verdad: Después de haber rellenado las casillas de amar al Señor y de seguir la Ley al pie de la letra (el joven pensaba, estando engañado, que ambas cosas las había realizado con éxito), Jesús no da la conversación por terminada. Más bien, Jesús le envía un dardo al centro de la diana del engaño y de la avaricia y de la idolatría de este hombre diciéndole que venda todo y dé el dinero a los pobres.

 

Estos escenarios tienen todos cosas en común: Jesús demuestra una cantidad impresionante de gracia y misericordia. Jesús llega al fondo del asunto. Jesús, sin pedir disculpa alguna, llama al pecado exactamente lo que es: mala acción. Y Jesús provee una vía de escape de la oscuridad y de la muerte del pecado ofreciéndose a Sí mismo como el Camino.

 

Así que, ¿qué sacamos en claro de todo esto? Los de la “verdad” tienen, a menudo, demasiado miedo a Dios. Los de la “gracia” ¡no tienen el suficiente! Hay un temor saludable de Dios que debería existir en todos nosotros. Después de todo, el temor de Jehová es el principio de la sabiduría. Pero solo el principio. No termina ahí. Es importante darse cuenta de que los humanos tienden a caerse con facilidad de la barra de equilibrio ya sea hacia el lado de la gracia o al lado de la verdad. El problema con esto es que la gracia por sí sola, sin la verdad, degenera en la mundanalidad, dando rienda suelta a la carne y a un evangelio que está exento de cualquier poder auténtico. Caer hacia el lado de la verdad, normalmente trae como consecuencia personas insufriblemente justas en sí mismas, personas que utilizan la Biblia como arma arrojadiza sin gracia alguna y ciegas ante sus propias faltas e insensibles al profundo sufrimiento de sus compañeros.

 

Solo podemos tener Vida (y darla a los demás) conociendo la gracia y la verdad en unión. Lo que es más, tenemos que ver la gracia y la verdad más que como meras verdades o principios que podemos aplicar a nuestras vidas y situaciones. La verdad y la gracia son una realidad profunda sobre quién es Jesucristo… la gracia y la verdad tan solo existen cómodamente al lado la una de la otra dentro de Jesucristo. Tenemos que ser sobrecogidos por Jesús mismo quién vivirá de manera sencilla la gracia y la verdad (y mucho más) a través de nosotros. Una vez más, las palabras de Pablo a las cuatro iglesias de los gálatas encajan aquí, “y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

 

No te hagas partidario de los de la gracia excesiva y blandengue ni de los defensores tan solo de la verdad. Mi posición estos días a la hora de tratar con otros creyentes que están irremediablemente atascados en su diminuto punto de vista “cristiano” es esta: no tengo ni la energía para discutir con el terrorista espiritual ni el tiempo para perder siendo bueno, bueno con copos de nieve espirituales.

 

Aun cuando ambos grupos son capaces de argumentar cosas válidas, al final ninguna de estas sendas lleva a la Vida. Más bien, retén tu respuesta ante las situaciones hasta que puedas responder desde Aquél que está lleno de gracia Y de verdad.

8

Una Última Palabra de Ánimo

Aunque afligido, llevado de acá para allá por la tormenta,

sin consuelo durante un tiempo estés,

No pienses que puedas estar perdido,

Estás esculpido en Mi corazón.

Todos tus muros repararé,

Volverás a ser reedificado,

Y en ti aparecerá,

Lo que un Dios de amor puede hacer.
-John Newton

 

La Trampa 22 de una Relación Basada en Logros

 

“Nadie sabe lo malo que es hasta que no haya intentado arduamente ser bueno”.  Hay un círculo vicioso que tiene lugar en las vidas de los que se relacionan con Dios basándose en sus logros. Puede ser algo así: Has fijado en tu mente cierto estándar de conducta para ti mismo que tienes que satisfacer. Es totalmente arbitrario pero, de alguna forma, lo tienes fijado en tu mente como algo que se espera de ti. Podría estar compuesto de unas pocas cosas o de muchas cosas. Tal vez sea una combinación de cosas internas y externas. Sea lo que sea, estás convencido de la aprobación de Dios hoy basándote en cómo satisfaces esa lista. Lo impresionante es que, para fracasar, no llegamos a necesitar los 10 Mandamientos como nuestra lista de cosas a hacer y a evitar. Puedes crear tu propia versión de los mandamientos (ya sean bíblicos o no) y ¡seguirás fracasando! La mayoría de los cristianos tienen una lista de cosas a hacer que tal vez está basada en cosas que han leído en el Nuevo Pacto. Aquí es donde todo esto se vuelve escabroso. Tu lista, sea de lo que sea que esté compuesta, te relega a una vida de condenación. Esta es la razón: si (cuando) no cumples un requisito de esa lista, la condenación entra inmediatamente en acción y las acusaciones empiezan a venir como dardos del acusador. Esas acusaciones y la condenación te sobrecogen con un sentimiento profundo de desaprobación y de separación de Dios. Como dice Gregory Boyle en este, su libro, tan auténtico en el que documenta su trabajo con los miembros de bandas de Los Ángeles, Tattoos on the Heart, “Cuando tenemos esta mentalidad, estamos imaginando que Dios nos está acusando. Este sentimiento de acusación y condenación hace que nos apartemos del Señor, el Único que nos puede ayudar y sacar de este círculo vicioso. Y nuestro auto infringido castigo de aislamiento del Señor sencillamente nos deja en una posición en la que nos convertimos en el saco de boxeo de juguete del acusador. Así que nos golpeamos y el enemigo de Dios nos abofetea”[9].

 

O puede ocurrir algo aún más peligroso que eso, podemos tener éxito a la hora de cumplir nuestra lista. Si ese es el caso, estamos en un peligro aún mayor que cuando fracasamos. Si tenemos “éxito”, y de alguna forma nos sentimos dignos y como que nos hemos ganado la aprobación de Dios para el día, somos engañados por partida doble. Seguimos teniendo un capataz cruel por Padre, pero nos las hemos ingeniado para aplacarle con nuestra exitosa obediencia durante un día. Esa es una existencia triste. Lo que es más triste es que el único resultado para este tipo de caminar es el orgullo, el autoengaño (sobre nosotros mismos y sobre Dios) y el juicio hacia los demás (que, claramente, no están satisfaciendo el estándar que nosotros equivocadamente hemos atribuido a Dios). Sí, en este punto estamos en una zona letal espiritualmente hablando y ser rescatados de ahí va a ser muy difícil ya que hemos entrado en la tierra del fariseo justo en sí mismo. Vivir en cualquiera de los extremos es poco saludable y terminará en una existencia bastante miserable.

 

La verdad es que el Señor ni es el autor ni está involucrado en ninguna parte de este círculo. Si tu relación con el Señor está en este tipo de círculo, lo mejor que puedes hacer es salirte de la rueda del hámster ¡ahora mismo! A continuación, hay algunas Escrituras inamovibles que pueden aclarar al máximo varias cosas sobre este asunto. Estas son verdades sobre las que te puedes colocar para ser libre. Son un fundamento inamovible, fiel e inconmovible. Si es necesario, colócalas en el espejo de tu cuarto de baño, en tu automóvil o como recordatorio regular en tu teléfono móvil.

 

  • “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están EN Cristo Jesús”. (Romanos 8:1 – énfasis añadido)
  • “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. (Juan 3:17)
  • Solo hay un acusador de los hijos de Dios y no es ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo. Ni la acusación ni la condenación tiene su origen en Dios, por lo tanto, el creyente siempre debe rechazarlas.

 

Cristiano, puedes ser libre de este tipo de experiencia viciosa diaria. El Señor ya ha hecho todo lo necesario para que seas libre. La verdad de quién es Él en realidad te liberará. Puede que sea una batalla y una lucha durante una temporada porque este tipo de cadenas no siempre se rompen con facilidad, pero si estás dispuesto a tomar una postura en la verdad de Dios, el poder de las mentiras que están estorbando tu caminar con el Señor disminuirán ya sea de repente o progresivamente para terminar desapareciendo por completo. A esa lucha es a la que llamamos guerra espiritual. Este asunto de estar firmemente establecido en el gran amor de Dios es, verdaderamente, digno de luchar por él.

 

El hecho es que cuando sucumbes ante la falsa narrativa de que Dios no te ama o de que Él está extremadamente desilusionado contigo, estás creyendo mentiras sobre tu Padre. Su carácter está siendo calumniado y te estás creyendo falsedades. Te digo esto, no para que te sientas aún más condenado, sino más bien porque eso es lo primero que debes reconocer en tu viaje hacia la libertad. Estás creyendo mentiras sobre tu Padre celestial y eso te está manteniendo confinado en una prisión. Tal vez no es una coincidencia que el libro de Salmos empiece con una frase sobre creer y actuar según las mentiras. Esto es doblemente verdad cuando tiene que ver con mentiras sobre el carácter y la naturaleza del Padre.

 

David lo dijo de la siguiente manera en el primer versículo del primer Salmo:

 

“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos”. (Salmo 1:1)

 

Tan solo da la espalda a esas mentiras y empieza a caminar en el sentido opuesto. La Biblia llama a ese sencillo acto, arrepentimiento. No importa ni un poco si lo sientes o si derramaste lágrimas por estas mentiras que has estado creyendo sobre el Padre, tan solo toma la decisión ahora mismo de dar la vuelta en tu corazón y tu mente y empieza a caminar hacia la verdad de quién Él dice que es.

 

Y ¿qué es la verdad?

 

Ahí es donde no debemos apoyarnos en nuestras propias percepciones, sentimientos, estándares ni evaluaciones, sino en las palabras de Dios, las Escrituras. Las Escrituras son el lecho fiel, inequívoco en el que fluye la verdad sobre quién son Dios y Jesús de verdad. Lo que dice la Biblia sobre Dios, Jesús y Su inimaginable amor por ti es el único terreno firme sobre el que te puedes colocar. Debes confiar en sus palabras más allá de tus propios sentimientos, pensamientos y representaciones equivocadas y acusaciones y mentiras de los hombres y de los ángeles caídos.

 

Dios no solo te ama. También le gustas. Esta última frase puede parecer una declaración rara, pero algunos de nosotros conocemos la suficiente teología como para entender que Dios tiene que amarnos. En cierto sentido, puede que sintamos que Él se ve obligado a amarnos. Y con todo lo esterilizado que eso pueda ser, estamos dispuestos a recibirlo a ese nivel. Pero ¿cuál es tu reacción cuando te digo que le gustas a Dios? ¿que disfruta de ti? Muchos humanos aman a los miembros de su familia, pero no necesariamente se sienten atraídos por ellos y podemos erradamente extender este concepto a Dios Padre también. La línea de pensamiento es un poco como lo que sigue: Sí, Dios me ama porque tiene que hacerlo; a causa de lo que Jesús hizo y porque he aceptado lo que Jesús hizo, Dios tiene que amarme. Es casi como si Jesús y el creyente hubieran conspirado para arrinconar a Dios para que acepte amarnos. Si tú no piensas así, genial. Pero para muchos, así es como piensan. Tal vez no de manera muy consciente pero sí bajo la superficie este tipo de sentimiento a menudo está dirigiendo el barco en la relación del creyente con Dios. El hecho es que Dios se deleita en ti.

 

La batalla a menudo se ganará o perderá sobre este tema fundamental del gran amor de Dios que nunca se apaga por ti. Te animo a clavar los espolones en el terreno de las buenas nuevas expresadas en las páginas de este libro. Como mencioné anteriormente, tomar postura por el amor incondicional de Dios por ti se va a ver desafiado tanto por el acusador de los hermanos como, tristemente, por muchos del propio pueblo de Dios. Hay muchos evangelios que se predican en los que la medida del amor de Dios que experimentas está basada de manera directa en el éxito de tus logros cristianos. Que no te roben la sencillez, el gozo, el descanso, la libertad que vienen del afecto incondicional del Padre. Pertenecemos a un Salvador que vino por nosotros, se dio por nosotros y quiere que vivamos Su vida a través de nosotros. Esas son buenas nuevas de gloria más allá de toda medida. Conocerle en plenitud nos costará, con el tiempo, a todos lo mismo: todo. Él lo pide todo porque Él es todo. Y Su amor es así de consumidor.

Pero ciertamente, las primeras piedras en las que nos apoyamos en nuestra gloriosa misión de darle nuestro todo empiezan en la seguridad de que somos altamente atesorados e intensamente perseguidos por Él. Profundamente amados. Punto.

 

Nick Vasiliades

 

 

 

 

Apéndice A

 

A continuación, hay una pequeña lista de libros que te pueden ayudar a empezar a mantener una comunión más constante con Jesucristo. Una búsqueda rápida de cualquiera de estos autores destapará aún más tesoros. Por favor, sé consciente de que su aparición en esta lista no es una recomendación de todo el contenido del libro ni del autor. Esta lista podría contener fácilmente otros veinte libros pero si practicas lo que se encuentran en tan solo unas pocas de estas selecciones, habrás dado un paso de gigante hacia una intimidad más grande y consistente con Jesucristo. Te sugiero que encuentres un compañero para leer este libro una vez más y después uno de estos libros juntos y practicar los ejercicios que proponen algunos de ellos siendo de ánimo el uno para el otro y recordando las verdades del Evangelio de Jesucristo.

 

Practicando Su Presencia por Brother Lawrence

Experimentando la Profundidad de Jesucristo por Jeanne Guyon

Adoración por Martha Kilpatrick

La Comunión del Espíritu Santo por Watchman Nee

 

 

[1]    Tomado de El Poder de Su Resurrección. T. Austin-Sparks

[2]    Tomado de A Grief Observed. C.S. Lewis

[3]    Para que conste, digo aquí que Jesús es plenamente humano y plenamente Dios. El énfasis en Su humanidad en esta sección es para subrayar que Dios se deleita con una persona que se identifica por completo con la humanidad. Es por esto por lo que solía referirse a sí mismo como el Hijo del Hombre.

[4]    Tomado de The Problem of Pain. C.S. Lewis

[5]    Dicho por Brennan Manning

[6]    Tomado de The Prolbem of Pain. C.S. Lewis

[7]    Dicho por Brennan Manning

[8]    Tomado de la página web de Stephanos Ministries http://www.stevecrosby.com/

[9]    Tomado de Tattoos of the Heart. Gregory Boyle

También podría gustarte Más del autor

1 comentario

  1. Luis dice

    Gracias José por difundirlo el escrito de Nick. Un abrazo.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.