LA UNCIÓN EN EL ANTIGUO Y EN EL NUEVO PACTO

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Los términos “ungido” y “unción” son relativamente ancestrales, utilizados ampliamente a lo largo de todo el Antiguo Testamento y, con menos frecuencia, en el Nuevo Testamento; en su mayor parte simplemente se refieren a la práctica de derramar diversos aceites o bálsamos sobre los creyentes como un medio para obtener cosas como sanidad, consagración, o preparación para la sepultura. Debido a que no hay mucho contexto moderno para estos términos, éstos se manipulan fácilmente para adquirir muchas otras connotaciones; sin duda, estas palabras se han convertido en parte de la lengua vernácula popular dentro de los círculos carismáticos.

En los días del templo, los sacerdotes tenían que ser ungidos con una mezcla específica de aceites antes de entrar al Lugar Santísimo, para que no perecieran, y los reyes de Israel eran ungidos con aceite para indicar que eran elegidos por Dios y que habían sido comisionados por Él para Su servicio, y al igual que los sacerdotes, el fallar en mantener este alto llamamiento podría tener consecuencias nefastas tanto para el rey como para su linaje.

El uso moderno de estos términos parece estar dirigido a esta idea de ser específicamente elegido (o llamado) por Dios, junto con un cierto sentido de haber sido dotado (o equipado) de manera única en un área de la vida o en otra. Pero generalmente, se omite la idea de estar obligado por un juramento a representar fielmente a aquella fuente por quien se ha sido capacitado o comisionado o la de reconocer la potencial destrucción que podría acompañar el fallar a dicho llamamiento. De hecho, aquellos que profesan tener una “unción” a menudo parecen niños, que han conseguido una tarjeta de crédito por parte de su padre y que no se dan cuenta de que al fin de mes, éste verá el estado de cuenta.

Incluso aquellos que son sinceros en su compromiso de servir al Señor pueden caer en la intoxicación de observar constantemente a Dios obrar a través de su don y a los tesoros y elogios terrenales que pueden resultar de ello; con el tiempo, llegan a convencerse de que estas bendiciones tiene más que ver con sus personas (como si fueran ellos muy trascendentes), y no con el hecho de que éstas son simplemente una muestra de la generosidad del Padre, es en esos momentos que estos hombres y mujeres necesitan a hermanos cariñosos que les ayuden a ver su locura. Sin embargo, dentro de la cultura carismática actual, probablemente estos hermanos serían duramente reprendidos por “estar en contra de los ungidos de Dios”. La implicación es que los dones y el llamamiento de estos individuos de alguna manera los eximen de ser cuestionados o de recibir cualquier tipo de reproche y esto, por supuesto, es una profunda distorsión de aquellos pasajes de las Escrituras y de lo que significa, en sentido general, el ser “ungido”.

Una de las imágenes más claras de lo que es y lo que no es “la unción”, se puede encontrar en las historias de Saúl y de David.

Debido a que sabemos cómo termina la historia, es fácil pasar por alto los detalles del principio. Saúl no se promovió a sí mismo a la posición de rey, ni fue nominado por sus iguales, sino que fue literalmente elegido de entre la multitud (1 Sam. 9:17) y elegido por Dios mismo (1 Sam. 10:24). En ese momento, él era humilde (1 Sam.9:21), ungido (1 Sam.10:1) y capacitado con dones (1 Sam.10:13); Dios había hecho una obra en su corazón (1 Sam.10:9), y durante un período significativo, Saúl caminó en ese llamado y en esa unción (por ejemplo, en 1 Sam.11), cumpliendo así, el propósito de Dios en su vida.

Pero, como se mencionó anteriormente, las prolongadas temporadas de victoria y las alabanzas de los hombres eventualmente erosionaron la humildad de Saúl hasta el punto de que se sintió capacitado (o comisionado) para tomar sus propias decisiones (1 Sam. 15:9). No fue como si dejara de desear servir a Dios, pero su orgullo y avaricia le hicieron sobrepasar los límites de su autoridad.

La respuesta de Dios fue rápida y definitiva (1 Samuel 15:11 y 23), y es difícil no ver el paralelo entre su historia y las narrativas que rodean a tantos líderes ministeriales “ungidos” (es decir, llamados, dotados, empoderados) que han caído a lo largo de la historia de la iglesia y en el pasado reciente.

En el momento en que David se negó a poner sus manos sobre “el ungido de Dios” (1 Sam. 24:10), quedó claro para él y para todos los que lo acompañaban, que Saúl había sido rechazado como rey de Israel. Este pasaje apunta hacia la falta de voluntad de David para actuar sin una dirección específica del Señor, lo cual es un presagio de la afirmación de nuestro Señor Jesús, quien afirmó que “No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” (Juan 5:19). El pasaje la intención de mostrarnos el corazón de David, no la de presentar una defensa de la posición o llamado inmutable de Saúl.

Nada en las Escrituras respalda la idea de que el llamamiento, los dones o la unción, eximen a una persona de su responsabilidad; de hecho, es todo lo contrario (Santiago 3:1). En estas historias, vemos a Samuel reprender enérgicamente a Saúl (1 Sam. 15:17-19), tal como Natán reprendió duramente a David por su transgresión con Betsabé (2 Sam. 12:1-7). Castigar a un rey era una actividad peligrosa, incluso para un profeta reconocido, pero era exactamente lo que Dios los llamó a hacer.

Otro aspecto relacionado revelado en estas historias ocurre hacia el final del reinado de David, cuando quiere construir el templo. Cuando pregunta al profeta Natán, le responde que Dios está con él y que debe hacer lo que quiera (2 Sam.7:3). No hay nada registrado que indique que Natán le preguntó al Señor esta respuesta, y parece haber surgido de su experiencia de estar junto a David mientras ganaba batalla tras batalla.

Era una conclusión completamente razonable y, superficialmente, parecía cierta, ya que Dios claramente estaba con David. Pero cuando Natán se toma el tiempo para consultar al Señor (2 Sam.7:4), la respuesta es muy diferente de lo que él o cualquier otra persona esperaba.

Este fenómeno se presenta con frecuencia en el contexto moderno, cuando personas verdaderamente dotadas, que tienen ojos para ver, han sido cegadas por la posición, el título, el currículum, el éxito, los dones, el llamamiento y la unción de alguien… Y, al igual que estos profetas, es posible que hayan sido llamados por Dios para confrontar los problemas, pero se remiten a lo que ven con sus sentidos naturales, o a lo que perciben como una autoridad superior.

La reprensión de Natán hacia David le permitió arrepentirse y regresar a la plenitud de su llamamiento. Es difícil no creer que Dios no haya extendido esta misma gracia a tantos otros ministros que cayeron porque nadie estuvo dispuesto a confrontarlos cuando perdieron el rumbo. Desafortunadamente, hemos creado una cultura que lucha por impedir tales encuentros.

Quizás incluso más repulsivo que el simple uso indebido de la unción de Dios para nuestro propio beneficio egoísta es la mistificación continua de estos dones para crear la ilusión de una élite religiosa de líderes ministeriales, diseñados para gobernar y guiar a las ovejas de la clase “baja” y con menos dones (es decir, los laicos).

En su carta a los Efesios (capítulo 4), Pablo describe un cuerpo maduro de creyentes, en el que cada miembro, en esa metáfora del “cuerpo”, está directamente conectado a la cabeza, es decir, a Cristo, y cada miembro suministra algo para el beneficio del cuerpo. Los dones “quíntuples” descritos en este capítulo tienen como objetivo ayudar a facilitar este proceso de maduración, no exacerbar la división entre clérigos y laicos que ha plagado a la iglesia a lo largo de la historia. Como Pablo le explicó a Timoteo (1 Timoteo 2:5), solo debe haber un intermediario entre Dios y los hombres, y su nombre es Jesús.

La “unción” no es un regalo costoso que Dios sólo otorgó a sus hijos favoritos, sino que fue un medio que Él usó con la intención de atraer a los hombres hacia Sí mismo; nunca tuvo la intención de ser algo que los hombres pudieran poseer; era simplemente una envestidura, proporcionada por el Señor, que les permitía servir mejor a Su llamado. Caminar en esa unción puso a prueba las profundidades de su humildad. Al igual que los tesoros que los hijos de Israel sacaron de Egipto, estas cosas podrían llegar a ser su provisión durante su caminar en el desierto o podrían usarse para crear una especie de ídolo sin vida.

Brian Corbin

La Unción en el Nuevo Pacto

¿Qué cambió entre el Antiguo Pacto y el Nuevo Pacto con referencia a la unción? Por un lado, debido a la morada ahora permanente del Espíritu Santo en la vida del creyente, la unción proporcionó un acceso inmediato a Su Presencia y poder. Cristo, el Ungido, inhabita en Sus santos.

En segundo lugar, la unción (la inhabitación del Espíritu Santo) es la prueba indubitable de aquellos que han nacido de lo alto. El mismo Espíritu Santo que está en nosotros reconoce y confirma al Espíritu Santo en otro creyente.

“Y el que nos confirma con vosotros en Cristo y el que nos ungió, es Dios; quien también nos selló y nos dio como garantía al Espíritu en nuestros corazones”
(2ª. Cor. 1:21-22)

“Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y todos vosotros lo sabéis”.
(1ª. Juan 2:20)

En tercer lugar, la unción es nuestro maestro, el Señor Jesucristo a través del Espíritu Santo que habita en nosotros.

“Os estoy escribiendo esto sobre los que intentan engañaros. Aunque en cuanto a vosotros, la unción que de Él habéis recibido, permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, sino que, así como su unción os enseña todas las cosas, y es verdad y no es mentira, así como ella os enseñó, permaneced en Él”
(1ª. Juan 2:26-27)

Aquí la unción se describe como aquello que enseña todas las cosas (el Espíritu Santo), por lo que la educación cristiana verbal o intelectual no necesariamente crea un aprendizaje espiritual ni resulta en la madurez del creyente. Cristo nuestro Señor es la Cabeza de Su Cuerpo y participa activamente en la enseñanza de Sus santos. Esto no es una negación de los cuatro dones espirituales mencionados en Efesios para la edificación de la iglesia, no obstante, todos sabemos que se aprende más con el ejemplo que con las palabras.

La experiencia en el Señor también es una maestra maravillosa. Las Escrituras nos dicen que nuestro Señor Jesús aprendió la obediencia por lo que padeció. También tenemos muchos ejemplos de cómo los cristianos perseguidos maduran rápidamente en medio de un sufrimiento intenso. ¿Dónde está la unción durante estas pruebas? Justo donde habita Cristo, en Sus santos. La unción nos ayuda a atravesar el problema, no a evitarlo.

Finalmente, la unción (la llenura del Espíritu) nos capacita para ministrar Sus dones al Cuerpo de Cristo y a todo aquel que el Señor quiera.

“…y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía hablar”.
(Hechos 2:4)

“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo y ancianos: Puesto que hoy se nos interroga acerca de un beneficio hecho a un hombre enfermo, por quién ha sido sanado este, sea conocido a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que, en el nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis, a quien Dios resucitó de entre los muertos, por Él este hombre está sano delante de vosotros”.
(Hechos 4:8-10)

“…y cuando ellos oraron, el lugar en que estaban congregados tembló, y todos fueron llenos del Santo Espíritu, y hablaban con denuedo la Palabra de Dios”.
(Hechos 4:31)

“Entonces Ananías fue y entró en la casa,
e imponiéndole las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, quien fue visto por ti en el camino por el cual venías, me ha enviado para que recuperes la vista y seas lleno del Espíritu Santo
(Hechos 9:17)

“Entonces Saulo (que también es Pablo), lleno del Espíritu Santo, fijando los ojos en él, dijo: ¡Hijo del Diablo, lleno de todo engaño y de todo fraude! ¡Enemigo de toda justicia!
¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor?”
(Hechos 13:9)

 

“…pero los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo”.
(Hechos 13:52)

“…y así conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios
(Efesios 3:19)

“Por tanto, no seáis insensatos, sino entended cuál sea la voluntad del Señor. No os embriaguéis con vino, en lo cual hay desenfreno, antes bien, sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando y entonando salmos al Señor de todo corazón, dando siempre gracias por todas las cosas al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, siendo dóciles unos a otros en el temor de Cristo”
(Efesios 5:17-21)

La unción del Nuevo Pacto no respeta lugar o ubicación. Chicago y Jerusalén son lo mismo para Él. Para Él, una celda de prisión y un santuario físico son lo mismo. La Unción es Cristo y Cristo habita en nosotros. La unción en el Nuevo Pacto no hace acepción de personas; El Señor puede llenar al nuevo creyente tal como puede llenar al anciano de mayor edad en la congregación. Los únicos que el Señor elige no llenar son aquellos que se sienten satisfechos andando en sus propios caminos, los religiosos, los legalistas… los que practican el pecado de andar según su propia sabiduría. Cuando Jesús caminó sobre la tierra, los hambrientos de la presencia misma de Dios y los sedientos de perdón y restauración fueron atraídos hacia Él como un imán. Así ahora, la unción se dirige a aquellos que quieren “más” de lo que ya tienen; en otras palabras, recibimos todo el Espíritu Santo en el momento en que vinimos a Cristo, pero debido al diseño divino de Dios, el Espíritu puede tener un radio aún mayor de acción en nuestras vidas.

Para concluir quiero compartir un testimonio personal. El Espíritu Santo no respeta rituales, Él sólo responde al destino, al propósito y a los llamamientos. Muchas veces he sido ungido/lleno por Su Espíritu mientras veo una película no cristiana o un partido deportivo que tiene tras bambalinas una historia de sacrificio, cuando presencio la victoria de un desvalido o una parte de la película donde la oscuridad es conquistada por el bien. Le he preguntado al Señor muchas veces por qué de repente me hacen llorar mientras Su Espíritu sofoca mi ser. Todo lo que sé es que el Padre no reconoce nuestras etiquetas (“cristiano”, evangélico”, “carismático”, “conservador”, etc.) pero reconoce Su propósito en un alma y puede recordarle en cualquier momento el llamado que Él le ha hecho para su vida.

Que el Señor le ayude a dejar de perseguir Su Presencia que nunca nos abandona en el Nuevo Pacto y que siempre busque el ser lleno una y otra vez de la plenitud de Su Espíritu.

Con mucho amor,

José L. Bosque

Quiero agradecer a Bryan Corbin por su ayuda para establecer la base para que esta conversación haya podido tener lugar.

En Ingles https://godsleader.com/the-anointing-in-the-old-new-covenants/

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