FUERA DEL CAMPAMENTO
Un viaje más allá de las tradiciones religiosas de los hombres
FUERA DEL CAMPAMENTO
Copyright © 2026 José L. Bosque
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Este libro expresa el entendimiento actual del autor y su camino continuo con Cristo. No se presenta como una declaración doctrinal definitiva. Se anima a los lectores a examinar las ideas aquí presentadas con oración y reflexión y, si fuera necesario, a salir fuera del campamento para encontrar a Cristo.
DEDICATORIA
Dedico este pequeño libro a aquellas buenas personas que han dejado una huella profunda y duradera en mi vida.
Se preocuparon por los demás con una generosidad que traspasaba toda frontera de raza y nacionalidad. El dolor del mundo pesaba sobre sus corazones, y dieron de sí mismos para aliviarlo.
Guiaron con el amor del Señor Jesucristo, expresándolo a través de la manera en que vivían.
Alimentaron al hambriento, dieron refugio a quienes lo necesitaban y ayudaron a otros a encontrar transporte y trabajo. Estaban demasiado ocupados amando como Jesús amó para pasar sus días discutiendo teología.
Mi madre, Dulce Maria Bosque, fue una de esas personas.
Ella pertenecía a una larga lista de buenas personas y llevó esa bondad a todo lo que hizo. Por amor a su familia, soportó un matrimonio difícil. Recuerdo lo que esa perseverancia le costó y el amor que, a pesar de todo, continuó dando.
Nunca viajó, pero generaciones de nuestra familia crecieron bajo su cuidado. No hubo nieto ni bisnieto a quien ella no ayudara a criar.
Su nombre, Dulce, significa precisamente eso en español, y pocos nombres han descrito tan bien a una persona.
Ella encontraba algo que amar en cada persona.
Quien llegaba con hambre a nuestra puerta recibía comida. A lo largo de su vida, ayudó, aconsejó y fue como una madre para miles de mujeres y jóvenes que atravesaban situaciones difíciles.
Nunca la escuché discutir sobre doctrina, pero la vi vivir su fe todos los días.
Mi corazón todavía añora la calidez de aquellos años.
No supe que era hispano hasta que llegué a la escuela secundaria en Jacksonville, Florida. En el Medio Oeste, nuestros vecinos alemanes, irlandeses y suecos nos habían amado tan completamente que simplemente pensábamos que todos estábamos convirtiéndonos juntos en estadounidenses.
Nos pertenecíamos los unos a los otros.
A mi madre, y a todos aquellos cuya bondad silenciosa me enseñó cómo se ve el amor:
A ustedes dedico estas páginas.
Señor, ten misericordia de esta generación.
Ayúdanos a transmitir el amor que tuvimos la bendición de recibir.
Índice
DEDICATORIA………….. 3
No abandoné la Iglesia; abandoné el Sistema Religioso. ¡Ahora estoy Fuera del Campamento!………….. 5
- Nuestras reuniones se han convertido en servicios para espectadores………….. 10
La plataforma se ha convertido en el centro de atención… 11
Hemos convertido al Cuerpo en espectadores………….. 12
La trampa de la asistencia dominical 13
El problema del entretenimiento……… 14
El reloj está al mando…………………………………… 15
La adoración no es un conjunto de canciones…………………………………… 16
Y aquí está el verdadero problema 17
- Nuestra vida en Cristo es diaria, no semanal…………………. 19
- Tenemos que enfrentar nuestra adoración de la Biblia………………………………. 22
- Enfrentemos nuestra idolatría de los edificios eclesiásticos 28
- Dejemos de contratar clero profesional…………….. 38
- Prediquemos las Buenas Nuevas, no los fuegos del infierno…. 42
- Dejemos de mendigar sin parar desde el púlpito……… 47
Hemos complicado el dar…………………………….. 49
¿De qué se trataba realmente el dar en el Nuevo Testamento? 51
Tal vez necesitemos hacer una pregunta diferente………………….. 52
Dar debería parecerse al amor…………………….. 54
Tal vez sea hora de salir fuera del campamento…………… 55
- Debemos dejar de exigir conformidad doctrinal………………… 56
ADENDA…………………. 69
¿Adónde vamos de aquí en adelante?….. 69
Antes de volver a edificar, debemos deconstruir……………… 69
La deconstrucción no será fácil………………….. 70
Debemos aprender a escuchar de nuevo al Espíritu Santo………… 71
Nos necesitamos unos a otros……………………… 71
Volver a la Piedra Angular……………………. 72
No abandoné la Iglesia; abandoné el Sistema Religioso. ¡Ahora estoy Fuera del Campamento!
Por favor, entiéndanme cuando digo esto: Amo a la Iglesia, amo a la verdadera Iglesia, el Cuerpo de Cristo y amo, incluso, a las personas que han quedado profundamente atrapadas en sistemas religiosos. No digo esto desde la amargura ni el resentimiento: “Amo a toda persona”; es decir, a toda la gente, de toda raza, de toda cultura, de cualquier nación y trasfondo.
El Señor me ha enseñado que el amor no puede quedar limitado por las fronteras que tantas veces construimos. Entre más le conozco, más he aprendido a amar a Su creación.
Después de viajar a más de ochenta naciones del mundo, he visto de primera mano la increíble belleza que existe en la diversidad humana. Diferentes culturas, idiomas, tradiciones, personalidades y perspectivas pueden revelar algo hermoso de la creatividad de Dios.
Uno pensaría que la Iglesia sería la mayor expresión de esa hermosa diversidad. Tristemente, muchas veces no es así.
Debido a los espíritus religiosos, las mañanas de los domingos todavía pueden ser uno de los tiempos más celosamente apartados de la semana, no solo racialmente, sino también política, económica, doctrinal, cultural e incluso nacionalmente.
Sin embargo, Jesús nos llama a algo mucho más grande.
Nos llama más allá de los muros y las fronteras que hemos construido. Nos llama a salir fuera del campamento, más allá de las divisiones creadas por la religión, para que podamos caminar verdaderamente con Él en medio de un mundo oscuro y quebrantado.
La Escritura dice:
«Por tanto, salgamos a Él, fuera del campamento, llevando Su vituperio.»
Esa palabra, vituperio, lleva la idea de ser difamado, burlado, rechazado, traicionado o menospreciado. Y hay mucho más que podría decirse acerca de lo que significa vivir fuera del campamento.
Pero puedo decirles algo por experiencia propia: A la carne no le gusta.
Una cosa es decir que estás dispuesto a sufrir por Cristo. Otra muy distinta es experimentar realmente rechazo, incomprensión, tergiversación y traición por parte de personas a quienes una vez respetaste y en quienes confiaste. A todos nos gusta encajar y ser aceptados, pero si hoy sigues verdaderamente a Cristo, te va a costar.
El valor y la fortaleza solo llegan cuando finalmente comprendes que el vituperio que llevas no es el tuyo; es el de Él.
Pablo expresó esta realidad cuando escribió:
«Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por Su cuerpo, que es la Iglesia.»
Por Su gracia, he estado aprendiendo a vivir esas palabras desde que salí del Sistema Religioso en 2009.
En los primeros años de mi ministerio, vivía demasiado pendiente a la aprobación de los hombres. Quería ser aceptado, quería ser respetado, quería ser afirmado por las personas que yo respetaba.
No tenía idea de que seguir genuinamente a Cristo terminaría provocando oposición de parte de algunas de las mismas personas cuya aprobación había significado tanto para mí.
Hoy, el sacar mis palabras de contexto y ser malinterpretado y, por ende, criticado y juzgado se ha convertido en parte de mi caminar diario. Quienes realmente me conocen tienen pocas dudas de que el Señor me ha puesto a nadar contra la corriente y contra la mayoría.
Y, sinceramente, hay días en que preferiría simplemente desaparecer y dejarlos con su desastre.
A veces pienso en irme a algún lugar tranquilo, convertirme en monje y simplemente esperar a que el Padre me lleve a casa. El vituperio, en cualquiera de sus formas, no es agradable, especialmente cuando envejeces y comienzas a valorar más la paz que el reconocimiento.
Pero entonces recuerdo algo todavía mayor: Él todavía ama a Su Iglesia.
Y entonces ese amor por Su Iglesia comienza a levantarse dentro de mí; sencillamente no puedo abandonar a Su pueblo.
El pueblo de El Camino, de muchas maneras, hoy en día ha perdido el camino; sin embargo, todavía creo que hay esperanza. Todavía creo que Dios está obrando, todavía creo que Él está llamando a Su pueblo de regreso a la sencillez de Cristo, de regreso al amor, de regreso a las relaciones verdaderas y de regreso al fundamento original de las Buenas Nuevas.
Así que lo que estás a punto de leer no pretende convertirse en munición para otro debate teológico, es algo mucho más personal.
Es una forma de afirmar el tramo que acabo de superar en mi caminar con Cristo.
No escribo esto porque crea que yo ya he llegado o porque piense que lo tengo todo resuelto, lo escribo porque, después de cuarenta años de ministerio, ya no puedo permanecer callado acerca de lo que he visto, lo que he vivido y lo que creo que el Señor me ha estado enseñando.
Así que, cuando digo:
«Estoy fuera del campamento.»
quiero dejar absolutamente claro lo que quiero decir:
No he abandonado a Cristo.
No he abandonado a Su Iglesia.
No he dejado de amar a Su pueblo.
He salido fuera del Sistema Religioso, ese sistema moderno que, en muchos lugares, ha llegado a presentarse falsamente como si fuera la Iglesia.
Y desde fuera del campamento estoy aprendiendo a ver a la Iglesia, y a Aquel que dio Su vida por ella, con nuevos ojos. A continuación presento algunas cosas que el Señor me ha revelado, y que el Espíritu Santo ha confirmado también a otros, que hoy son obstáculos para volver al CAMINO.
1. Nuestras reuniones se han convertido en servicios para espectadores
El servicio eclesiástico estadounidense puede ser uno de los mayores sustitutos religiosos jamás creados.
Se parece a lo que nos enseñaron que era la Iglesia, suena a Iglesia, se siente como Iglesia; tiene canciones, sermones, se lee la Biblia, se ofrenda, hay un púlpito, una plataforma, un pastor, hay llamados al altar, anuncios y oración final.
Y, sin embargo, tenemos que hacer la pregunta que muchos temen hacer:
Hemos tomado algo que debía ser un Cuerpo vivo y funcional y lo hemos convertido en un evento religioso semanal.
La gente llega, se sienta, mira, escucha, canta, ofrenda y se va; y la semana siguiente vuelve a repetir exactamente lo mismo.
Es completamente posible que uno de los mayores logros del cristianismo moderno haya sido enseñar a millones de personas cómo asistir a la iglesia sin aprender jamás cómo ser la Iglesia.
Hemos creado un ambiente religioso en el que la mayoría de las personas tiene una sola responsabilidad:
Llegar y consumir. El profesional canta, el profesional toca, el profesional predica, el profesional dirige, el profesional ora, el profesional ministra.
Y la congregación observa…..
La plataforma se ha convertido en el centro de atención
Hemos construido nuestras reuniones alrededor de una plataforma, todo apunta hacia ella; las sillas miran hacia ella, las luces la iluminan, el sistema de sonido la amplifica, las pantallas la muestran, la congregación la observa; el sermón sale de allí, la música sale de allí, la atención va hacia allí y, finalmente, la plataforma termina convirtiéndose en el centro de todo.
El problema es que Jesús debe ser el centro, no la plataforma.
Hemos creado un entorno donde una sola persona está por encima de la congregación y todos los demás la miran a ella. Luego nos preguntamos por qué los pastores superestrellas, los líderes de alabanza famosos, los ministerios estelares y las personalidades religiosas se han vuelto una parte tan poderosa del cristianismo moderno.
Podemos llamarlo liderazgo, podemos llamarlo orden, podemos llamarlo excelencia, pero a veces no es más que jerarquía religiosa vestida con lenguaje cristiano.
Hemos convertido al Cuerpo en espectadores
En algún momento decidimos que el ministerio pertenece principalmente a los profesionales de la iglesia. El pastor, el líder de adoración, el pastor de jóvenes, el misionero y el evangelista son los que ministran.
Por otro lado, la congregación es la que sostiene el ministerio; paga por el ministerio, asiste al ministerio, promueve el ministerio, y ocasionalmente, se ofrece como voluntaria para ayudar al ministerio.
Pero la imagen del Nuevo Testamento no es la de un puñado de profesionales haciendo el ministerio mientras todos los demás observan.
El Cuerpo debe funcionar, cada miembro importa, cada miembro tiene un lugar, cada miembro tiene algo que aportar, cada miembro está siendo formado en Cristo. Hemos profesionalizado lo que debía ser participativo.
Y luego nos preguntamos por qué la gente se sienta durante años en una banca preguntándose:
«¿Cuál es mi ministerio?»
Tal vez la respuesta sea sencilla:
Nunca debiste contratar a alguien para hacer lo que Cristo llamó a Su Cuerpo a hacer.
La trampa de la asistencia dominical
También hemos creado una obsesión con la asistencia. ¿Cuántos vinieron el domingo? ¿Cuántos se hicieron miembros? ¿Cuántos se bautizaron? ¿Cuántos asientos se llenaron? ¿Cuántos miraron por internet? ¿Cuántos dieron? ¿Cuántos respondieron?
Los números se convierten en el marcador. La asistencia se convierte en la evidencia del éxito. Pero Jesús nunca nos mandó construir multitudes, nos mandó hacer discípulos. Hay una diferencia enorme.
Puedes llenar un edificio y aun así tener personas espiritualmente inmaduras, puedes tener miles asistiendo cada semana y muy poca relación genuina entre ellos, puedes tener un auditorio lleno y un Cuerpo muriéndose de hambre. Reunir multitudes es fácil, formar discípulos es mucho más difícil.
La iglesia moderna muchas veces se ha obsesionado con meter gente dentro del edificio, mientras presta mucha menos atención a si esas personas realmente están aprendiendo a vivir como Jesús.
Y aquí está la verdad incómoda:
Una persona puede asistir a la iglesia todos los domingos durante treinta años y todavía no saber amar a su hermano, puede conocer cada canción de adoración y seguir guardando amargura, puede escuchar miles de sermones y seguir dominada por el orgullo, puede llevar una Biblia bajo el brazo y tratar terriblemente a las personas, puede diezmar fielmente y seguir siendo egoísta, puede servir como voluntaria cada domingo y jamás aprender a entregar su vida por otra persona; entonces, ¿qué estamos midiendo exactamente?
El problema del entretenimiento
Y luego está el elefante en la habitación:
Hemos convertido muchos servicios de iglesia en poco más que entretenimiento religioso. Queremos música excelente, iluminación excelente, sonido excelente, gráficos excelentes, presentaciones excelentes y predicación excelente de alguien con un título impresionante. ¡Queremos asientos cómodos! Queremos que todo esté pulido, todo de nivel profesional, todo predecible, todo emocionalmente atractivo; queremos que la experiencia sea lo bastante poderosa para que la gente regrese la próxima semana. Pero ¿desde cuándo el seguir a Jesús empezó a depender de la calidad de la producción? ¿cuándo la reunión de los santos se convirtió en algo que tiene que competir con conciertos, teatros, televisión y lugares de entretenimiento?
Decimos que venimos a adorar a Dios. Pero a veces parece sospechosamente que venimos a ver un espectáculo acerca de Dios. Y mientras más sofisticada se vuelve la producción, más fácil puede resultar confundir la estimulación emocional con la transformación espiritual.
Una persona puede llorar durante una canción y nunca cambiar, puede levantar las manos y todavía negarse a perdonar, puede responder a un llamado al altar y seguir viviendo para sí misma; puede emocionarse profundamente el domingo y permanecer completamente igual el lunes. La emoción no es transformación.
El reloj está al mando
Luego está nuestra relación muy al estilo americano con el tiempo.
Tenemos noventa minutos, tal vez dos horas, ¡no se pasen del tiempo establecido! La gente tiene reservaciones para almorzar, los niños tienen actividades, empieza el fútbol, mañana hay que trabajar, hay lugares a los que tenemos que llegar.
Así que ponemos a Dios en el reloj; hemos aprendido a ponerle hora al compañerismo, programar la adoración, el ministerio, la oración y las relaciones.
Y luego nos preguntamos por qué en realidad no nos conocemos. ¿Cómo vamos a construir relaciones profundas si siempre estamos saliendo corriendo por la puerta? ¿Cómo podemos aprender a llevar las cargas de los demás si apenas sabemos cuáles son esas cargas? ¿Cómo podemos aprender a perdonarnos unos a otros si nunca nos acercamos lo suficiente como para lastimarnos?
¿Cómo aprenderemos el amor sacrificial si nuestra experiencia principal de Iglesia consiste en sentarnos noventa minutos junto a desconocidos? La verdadera comunidad es complicada, toma tiempo, requiere vulnerabilidad, necesita incomodidad, demanda paciencia y precisa perdón.
Requiere presentarse incluso cuando no está ocurriendo nada entretenido; y quizá esa sea precisamente la razón por la que nuestros servicios religiosos pueden resultar tan atractivos, ya que nos ofrecen cristianismo sin exigir demasiada relación.
La adoración no es un conjunto de canciones
Decimos que venimos a adorar, pero la adoración no queda limitada a los veinte minutos entre la canción de apertura y el sermón; la adoración no es un género musical, la adoración no es una atmósfera emocional, la adoración no es levantar las manos mientras alguien canta acerca de Jesús; la adoración es una vida rendida a Dios las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Es obediencia, es generosidad, es perdón, es servicio. La adoración comienza en el momento en que nuestros pies tocan el suelo por la mañana, adorar es ir a trabajar cuando no quieres, adorar es lavar los platos por cuarta vez en el día, adorar es mantener limpia tu habitación. Es amar a tu enemigo, es cuidar de los pobres, es recibir al que está afuera, es renunciar a tus derechos, es negarte a tomar venganza, es amar cuando amar te cuesta algo.
Puedes cantar canciones de adoración durante una hora y pasar el resto de la semana adorándote a ti mismo, eso no es adoración, eso es actividad religiosa.
Y aquí está el verdadero problema
El problema verdadero, y más profundo, es que hemos aceptado el sustituto. Nos hemos conformado con asistir a algo llamado Iglesia en vez de convertirnos en la Iglesia.
Hemos confundido: Asistencia con relación, información con transformación, emoción con vida espiritual, música con adoración, predicación con discipulado, liderazgo con control, excelencia con madurez espiritual, multitudes con fruto, edificios con éxito, personas con el Cuerpo, y quizá lo peor de todo:
Hemos confundido la actividad religiosa con seguir a Jesús.
El mundo no necesita otro servicio de iglesia impresionante, necesita un pueblo que realmente sepa amar, un pueblo que sepa perdonar, un pueblo que sepa compartir, un pueblo que sepa sufrir unido, un pueblo que sepa sostener a los débiles, un pueblo que sepa recibir al que está afuera, un pueblo que sepa amar a sus enemigos, un pueblo que no necesite una plataforma para demostrar su importancia, un pueblo que no necesite un título para servir, un pueblo que no necesite una audiencia para obedecer, un pueblo que no necesite aplausos para amar, un pueblo en el que Jesús realmente pueda ser visto.
Eso es la Iglesia.
No una audiencia viendo a profesionales representar el cristianismo, no consumidores buscando la mejor experiencia religiosa, no espectadores llenando asientos cada domingo, no clientes entretenidos por programación religiosa.
Sino un Cuerpo, vivo, respirando, sirviendo, amando, perdonando, sacrificándose y creciendo juntos.
Porque cuando las luces se apagan, la música se detiene, el predicador se va a casa, el edificio se vacía y el domingo termina, se supone que la verdadera Iglesia sigue viviéndose.
Y si todo lo que llamamos ‘iglesia’ se detiene cuando termina el servicio, tal vez, en primer lugar, nunca entendimos lo que era la Iglesia.
2. Nuestra vida en Cristo es diaria, no semanal
El Nuevo Testamento no manda a los creyentes asistir a un servicio dominical semanal en un edificio de iglesia; no me importa cuánto tuerzas y traduzcas Hebreos 10:25.
De alguna manera nos hemos convencido de que, si aparecemos el domingo, cantamos unas cuantas canciones, escuchamos un sermón, ponemos algo en la ofrenda y nos vamos a casa, ya hemos cumplido nuestra obligación con Dios.
Pero ¿dónde se enseña eso en el Nuevo Testamento?
La idea de hacer iglesia semanalmente sencillamente no está allí.
Nuestro Dios no es como los dioses de las naciones que necesitaban ser apaciguados y atendidos continuamente mediante rituales religiosos, Él no necesita nuestras actuaciones religiosas.
El Día del Señor no es el domingo; el Día del Señor es todos los días. El Señor Jesús es nuestro reposo.
Cristo no está interesado en convertirse en parte de nuestro horario semanal, Él nos llama a entregarle toda nuestra vida.
Los primeros creyentes no se reunían simplemente una vez por semana para luego regresar a su vida normal. Vivían juntos, compartían unos con otros, oraban, partían el pan, se animaban, se servían mutuamente y seguían al Espíritu diariamente en su vida cotidiana.
El cristianismo nunca debió ser un evento de domingo, debía ser una vida diaria transformadora, y ahí es precisamente donde gran parte del cristianismo moderno ha perdido el rumbo.
“Cristo en nosotros, la esperanza de gloria” no es una experiencia de dos horas una vez por semana, Él es nuestra vida.
Quiere guiarnos los lunes por la mañana, quiere hablarnos los martes por la tarde, quiere interrumpir nuestros planes los días miércoles, quiere usarnos los jueves, quiere amar a alguien por medio de nosotros los viernes y quiere dirigir nuestros pasos los sábados; y sí, puede reunirnos el domingo o cualquier otro día de la semana, a cualquier hora, en cualquier lugar que Él quiera, con quienes Él haya escogido y hacia quienes Su Espíritu nos dirija; a esto se le llama una cita divina, no un servicio semanal.
La pregunta no es si asististe a la iglesia esta semana, la pregunta es si fuiste la Iglesia esta semana.
¿Escuchaste Su voz? ¿Respondiste cuando te impulsó? ¿Amaste a alguien que necesitaba Su amor? ¿Te detuviste para ayudar a alguien cuando el Espíritu interrumpió tu horario? ¿Reconociste la cita divina que estaba justo delante de ti? ¿Te reuniste con otros creyentes porque el Espíritu Santo te guió, o porque la tradición religiosa te dijo que allí era donde se suponía que debías estar? Nos hemos acostumbrado tanto a seguir calendarios religiosos que podemos dejar pasar la Voz de Aquel que vive dentro de nosotros… Eso tiene que cambiar.
3. Tenemos que enfrentar nuestra adoración de la Biblia
La Biblia se ha vuelto tan central en la iglesia moderna que, si le pides a ChatGPT que cree una imagen de un cristiano, muchas veces mostrará a una persona sosteniendo o leyendo una Biblia; sin embargo, la Biblia en sí misma no es santa ni es la Palabra de Dios para nosotros a menos que el Espíritu Santo la use específicamente en nuestra vida.
Somos la única fe que tiene a un Dios vivo y resucitado habitando dentro de nosotros; sin embargo, muchas veces pensamos que discipular a un nuevo creyente consiste simplemente en entregarle una Biblia, si eso es todo lo que tenemos para ofrecer, ¿qué nos diferencia de un musulmán al que se le dice que lea el Corán?
Las Escrituras dejan claro que el mundo no está sentado esperando que los cristianos ganemos otra discusión acerca de la Biblia, al mundo no le importan nuestras opiniones religiosas, sistemas doctrinales, debates teológicos ni la habilidad con la que defendemos nuestra interpretación de las Escrituras.
El mundo está esperando probar algo y tiene derecho a probarnos, a encontrarse con nosotros, a examinar nuestra vida y descubrir si el aroma de Cristo realmente está presente en nosotros.
Y aquí está la pregunta incómoda: ¿Qué percibe exactamente el mundo cuando se encuentra con nosotros?
¿Percibe a Cristo o prueba religión?
¿Se encuentra con Jesús o con nuestras opiniones acerca de Jesús?
¿Ve la vida del Hijo o ve a personas que saben hablar acerca del Hijo?
El mundo no está buscando solamente otro mensaje acerca de Jesús, está buscando que Jesús se manifieste a través de un pueblo.
Las Escrituras fueron dadas para revelar a Jesucristo, para señalarnos hacia Él, para conducirnos a Él e introducirnos en Su vida. La Escritura nunca fue destinada a convertirse en el sustituto de Aquel a quien revela.
Sin embargo, aquí es precisamente donde gran parte del cristianismo se ha equivocado. Hemos aprendido a dominar las Escrituras mientras fracasamos en manifestar al Cristo que ellas revelan.
Conocemos los versículos, conocemos las doctrinas, conocemos los argumentos, incluso conocemos el griego y el hebreo; sabemos identificar la herejía, sabemos desarmar la teología de otra persona para defender nuestra posición.
Pero ¿podemos amar a nuestro enemigo? ¿Podemos perdonar a la persona que nos hirió? ¿Podemos renunciar a nuestros derechos? ¿Podemos servir sin reconocimiento? ¿Podemos bendecir a alguien que no puede beneficiarnos? ¿Podemos dar sin exigir algo a cambio? ¿Podemos vivir sin necesitar ser vistos, validados, defendidos, promovidos o aplaudidos? ¿Puede alguien encontrarse realmente con Jesús cuando se encuentra con nosotros?
Es completamente posible tener razón acerca de la Biblia y estar profundamente equivocados acerca de Cristo; es posible poseer doctrina correcta y poseer muy poco de la vida que esa doctrina debe producir, es posible defender la verdad con la boca mientras nuestra vida testifica contra todo lo que decimos creer, y quizás, ese sea el gran engaño: Hemos confundido nuestra capacidad para explicar a Cristo con la posesión de Su vida.
Le decimos a la gente que sabemos que tenemos un boleto para ir al Cielo. ¿De qué sirve el boleto?
Jesús es el destino… La Verdad siempre ha tenido un Cuerpo.
La verdad cristiana debe encarnarse, está destinada a tomar cuerpo; la verdad no es meramente algo que recitamos, es algo que se vuelve visible por medio de la manera en que vivimos.
La ekklesia es llamada columna y fundamento de la verdad, no porque se supone que la Iglesia sea una biblioteca religiosa llena de personas acumulando información bíblica, sino porque se supone que la vida de Jesús es vista en Su pueblo.
Porque si nuestra versión del cristianismo produce arrogancia, sospecha, tribalismo, condenación, codicia, autopromoción, falta de perdón, temor y desprecio hacia quienes están fuera de nuestro campamento, quizá debamos dejar de felicitarnos por tener la verdad y empezar a preguntarnos qué clase de verdad poseemos realmente.
¿De qué sirve decirle al mundo que Dios es amor si nosotros odiamos? ¿De qué sirve predicar el perdón si nos negamos a perdonar? ¿De qué sirve proclamar gracia mientras vivimos por juicio y condenación? ¿De qué sirve predicar libertad mientras controlamos a las personas? ¿De qué sirve predicar humildad mientras necesitamos constantemente demostrar que tenemos razón? ¿De qué sirve predicar a Cristo mientras nuestras vidas les siguen señalando a los demás que nosotros somos los importantes, nuestra denominación, nuestro ministerio, nuestra doctrina, nuestra plataforma o nuestro sistema religioso?
Algún día, en aquel Día, nuestra vida tendrá que responder por nuestra teología.
El mundo debería poder mirar al Cuerpo de Cristo y ver algo que la religión no puede explicar.
Debería ver amor, debería ver misericordia, debería ver perdón, debería ver humildad, debería ver una vida sacrificial, debería ver personas que aman a sus enemigos, cuidan a los quebrantados, reciben a los que están afuera, comparten con quienes tienen necesidad y se niegan a construir su vida alrededor de sí mismas. Jesús debería poder ser reconocido en nosotros.
No solamente en lo que decimos en publicaciones de redes sociales, no solamente en nuestras declaraciones de fe, no solamente en nuestros estudios bíblicos… En nosotros mismos.
Así que quizá la pregunta no sea si creemos en la Biblia; tal vez la pregunta más aterradora es:
¿Qué ha producido realmente en nosotros el creer la Biblia?
Si todo nuestro conocimiento bíblico no nos ha hecho más semejantes a Jesús, ¿qué hemos aprendido exactamente? Si nuestra doctrina no ha producido Su carácter, ¿qué hemos defendido? Si nuestro estudio de las Escrituras no nos ha llevado a Su vida, ¿qué hemos descubierto realmente? Si podemos citar cada versículo sobre el amor pero no podemos amar, ¿qué hemos entendido? Si podemos explicar la gracia pero no podemos extenderla, ¿qué hemos recibido? Si podemos predicar a Cristo pero la gente se encuentra con nuestro orgullo, ira, juicio y egocentrismo, quizá no se esté encontrando con Cristo en absoluto.
El mundo no necesita más personas llevando información correcta acerca de Jesús, necesita personas en quienes Jesús esté vivo, y eso coloca el desafío directamente delante de nosotros:
Deja de decirle al mundo que tienes a Cristo, permite que lo perciban.
Deja de insistir en que conoces la verdad, conviértete en parte de un pueblo por medio del cual la Verdad pueda ser vista.
Deja de señalar las Escrituras como prueba de que perteneces a Jesús, deja que tu vida se convierta en la evidencia de que te has encontrado con Él; porque las Escrituras señalan hacia Él, mientras que el Cuerpo, la iglesia, está destinada a revelarlo.
Y si hemos dominado las Escrituras pero hemos fracasado en manifestar a Cristo, no hemos tenido éxito.
¡Hemos perdido el rumbo por completo!
4. Enfrentemos nuestra idolatría de los edificios eclesiásticos
Una de las formas más profundamente arraigadas de confusión religiosa en el cristianismo actual es nuestra obsesión con los edificios. Hemos tomado concreto, madera, acero, vitrales, muebles, plataformas, púlpitos, títulos y tradiciones religiosas, y les hemos asignado una sacralidad que pertenece solo a Dios y a Su pueblo. Hemos convertido edificios en santuarios, plataformas en altares, púlpitos en objetos sagrados y lugares de reunión en «la casa de Dios».
Y luego nos preguntamos por qué a la gente le cuesta entender que Cristo vive en ellos.
Enfrentemos parte del lenguaje religioso que hemos aceptado sin cuestionar.
«Voy a la iglesia». ¿De verdad? ¡Tú eres la Iglesia, no vas a la iglesia! Vas a un edificio donde se están reuniendo otros cristianos. Puede parecer una cuestión de palabras, pero no lo es. Las palabras moldean el pensamiento. Cuando una generación tras otra aprende a decir «voy a la iglesia», con el tiempo las personas empiezan a creer que la iglesia es un lugar al que van, en vez de algo que ellas son, y eso produce espectadores, manejan su auto hasta un edificio, se sientan en filas, observan a unas pocas personas realizar el ministerio, escuchan a alguien predicar, cantan unas canciones, dan una ofrenda y se van a casa. Y luego llamamos a eso “ir a la Iglesia”, No, el edificio no es la Iglesia, las personas son la Iglesia.
Pon una torre en el techo, instala alfombra morada, pinta las paredes de azul, cuelga cruces por todas partes, llena el edificio de pinturas religiosas y figuras talladas, coloca sillas especiales sobre una plataforma elevada, llama “santuario” al salón, pero seguirá siendo solamente un edificio; puedes decorarlo hasta que parezca el cielo y seguirá estando hecho de materiales terrenales.
Ese entendimiento debería ser cristianismo básico.
Sin embargo, he visto esta mentalidad centrada en edificios extenderse por todo el mundo, incluso por medio de misioneros que, sin mala intención, han enseñado a líderes de otras naciones, que no son ministros legítimos a menos que tengan un “santuario”; piensa en eso: Hemos exportado desde los Estados Unidos de Norte América, una versión del cristianismo basada en edificios a personas que quizá comprendían la sencillez del Evangelio mejor que nosotros.
Al parecer, Jesús ya no es suficiente, sino que necesitas una propiedad, un letrero, un púlpito, una plataforma, una organización religiosa exenta de impuestos, solo entonces oficialmente eres «una iglesia». Eso no es la Iglesia del Nuevo Testamento, eso es cristianismo institucional.
Cantamos: «Su presencia está en este lugar» ¿De verdad? ¿Por qué? ¿Qué hace que ese edificio sea más capaz de contener la presencia de Dios que tu casa, tu trabajo, tu automóvil o la calle? ¿Dios se mudó allí? ¿El cielo cambió de código postal? ¿Está el Espíritu Santo de alguna manera más presente dentro de esas cuatro paredes que fuera de ellas? A menos que un cristiano haya pasado la noche allí, ¿Qué hace que ese edificio en particular sea la morada de Dios? Dios no vive en edificios hechos por manos humanas, vive en Su pueblo. El Espíritu Santo no te está esperando dentro de un edificio el próximo domingo por la mañana, tú llevas Su presencia contigo, cuando entras al edificio, llevas Su presencia, cuando sales, Su presencia va contigo.
Dios no necesita un edificio para ser Dios, y ciertamente, tampoco necesita uno para reunirse con Su pueblo.
«El púlpito es sagrado». ¡No! En el mejor de los casos es madera, plexiglás, metal o plástico; recientemente escuché de un joven ministro al que le habían enseñado que no se le permitía acercarse al púlpito en su «iglesia local».
Tengo que preguntar: ¿Qué tan bueno tienes que llegar a ser antes de que te permitan acercarte a un mueble? ¿Qué hace exactamente santo al púlpito? ¿Dios ungió la madera? ¿El Espíritu Santo se mudó al podio? ¿Tocarlo requiere un nivel superior de santificación? Hemos tomado un mueble y lo hemos rodeado de superstición religiosa.
Eso no es santidad, el púlpito no es sagrado, la plataforma no es sagrada, el micrófono no es sagrado, ni la silla es sagrada; hemos logrado crear un sacerdocio religioso alrededor de los muebles y luego lo hemos llamado «orden».
Lo que importa es la persona en quien Cristo habita.
«Ven al frente del altar». ¡No! En la mayoría de los casos, te están invitando al frente de un salón, no hay nada inherentemente más santo en la alfombra del frente que en la del fondo, no hay más gloria en los escalones que en el baño; el piso no es santo, la plataforma no es santa, los muebles no son santos, no existe un pedazo mágico de alfombra donde Dios de pronto se vuelva más accesible.
Las personas son el templo.
Hemos tomado terminología del Antiguo Pacto, la hemos mezclado con siglos de tradición religiosa y hemos creado un sistema de templo cristianizado que Jesús nunca nos mandó construir. No tienes que caminar seis metros hacia adelante para acercarte a Dios cuando Cristo ya vive dentro de ti.
«Solo el clero ordenado puede estar en la plataforma». ¿De verdad? Entonces alguien tendrá que explicarme, y algún día explicarle a Dios, qué se supone que logra este moderno sistema religioso de castas. Sí, la Escritura reconoce ancianos, supervisores, pastores, maestros, evangelistas y otras funciones ministeriales, pero ‘función’ no significa superioridad espiritual, liderazgo no es aristocracia. Un título no hace que alguien esté más cerca de Dios, un grado teológico no le da a nadie una porción mayor del Espíritu Santo, un cuello clerical no hace a una persona más sagrada, un certificado de ordenación no hace a alguien más valioso para Jesús ¿Y qué de todas esas mujeres que tienen que predicar desde un podio más pequeño y más bajo cuando pasan al frente? ¿Tiene Dios problemas con el sexo de quien habla? No existe una sección VIP espiritual en el Reino de Dios.
Sin embargo, hemos construido plataformas específicamente para separar a los cristianos «importantes» de todos los demás; un grupo está de pie arriba, todos los demás están sentados abajo.
Hay algo seriamente mal en esa imagen; hemos vuelto a levantar el velo. Piensa en lo que hemos hecho: Jesús rasgó el velo que separaba al hombre de Dios, este se rasgó de arriba abajo, lo que significa que el Cielo decidió abrir el camino, pero nosotros levantamos otro. Jesús abrió el acceso al Padre e hizo de los creyentes templos vivos, pero nosotros construimos templos de concreto. Jesús nos llamó Su ÚNICO Cuerpo, pero nosotros nos dividimos en organizaciones y distintivos; Jesús oró para que Su pueblo fuera uno, pero nosotros creamos denominaciones.
Jesús dijo: «Sígueme», nosotros construimos sistemas que enseñan a la gente a seguir instituciones, personalidades, tradiciones y líderes.
Luego le pedimos a Jesús que bendiga lo que nosotros construimos; quizás hemos estado tan ocupados construyendo «iglesias» con nuestras propias fuerzas que hemos olvidado lo que Jesús dijo, que solo Él edificaría Su Iglesia.
«Esta es la casa de Dios». Tal vez esta sea la frase más profundamente arraigada de todas. Señalamos a un edificio y decimos: «Esta es la casa de Dios».
Pero la Escritura dice: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» —1 Corintios 3:16
Otra vez: «El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es». —1 Corintios 3:17
Otra vez: «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros». —1 Corintios 6:19
Y también: «Vosotros sois el templo del Dios viviente». —2 Corintios 6:16
¿Ves el énfasis? ¡TÚ!, no el edificio, no el santuario, no el auditorio, no el púlpito, no la plataforma. ¡TÚ! La morada de Dios es Su pueblo.
Entonces, ¿por qué seguimos llamando a los edificios «la casa de Dios»? Ya puedo escuchar la respuesta:
«Yo sé eso. Dios conoce mi corazón. No estoy tratando de ser idólatra. Es solo nuestra manera de hablar».
Tal vez. Pero nuestra manera de hablar finalmente se convierte en nuestra manera de pensar. Y nuestra manera de pensar finalmente se convierte en nuestra manera de vivir.
Nadie tiene que inclinarse delante de un edificio para que exista idolatría religiosa. A veces la idolatría es mucho más sutil.
A veces simplemente empezamos a tratar algo creado como si poseyera algo que pertenece a Dios.
Cuando asignamos la presencia de Dios, la santidad de Dios o la identidad de Dios al concreto, la madera, el acero, las plataformas, los muebles y los edificios, nos estamos acercando peligrosamente a tratar lo creado como sagrado.
Y hay otro problema. Un cristianismo centrado en edificios produce cristianos centrados en edificios. Las personas aprenden a comportarse de una manera dentro del edificio y de otra manera, cuando están fuera; adentro saben cómo hablar, saben cómo vestirse, saben cuándo ponerse de pie, saben cuándo sentarse, saben cuándo levantar las manos, saben cuándo decir «Amén»; saben cómo parecer espirituales, luego, salen por las puertas y se convierten en otras personas.
¿Por qué?
Porque inconscientemente les enseñamos que la iglesia tiene lugar dentro del edificio, así que aprendieron a representar el cristianismo en vez de encarnar a Cristo.
Santos el domingo, diferentes el lunes; adorando dentro del edificio, discutiendo en el estacionamiento; hablando de amor adentro, destruyendo a la gente con sus palabras afuera. Diciendo «Dios te bendiga» dentro del edificio y «Vete a la m***» afuera; alabando a Jesús en el santuario y tratando a la gente como basura en el trabajo.
Y de alguna manera llamamos a esto discipulado. No es de extrañar que el mundo sea escéptico; el mundo no está esperando ver otra actuación religiosa, está esperando ver a Cristo formado en Su pueblo.
Dios sí está construyendo un edificio, pero no está hecho de concreto, no está hecho de ladrillo, no está hecho de acero; Dios está edificando Su Iglesia.
Y nosotros somos las piedras vivas de ese edificio, en el que Cristo es la Piedra Angular principal y cada piedra tiene que alinearse con Él, Él no se alinea con nosotros.
Nuestras tradiciones no determinan la forma de Su Iglesia, ni tampoco nuestros edificios establecen la expresión de Su Iglesia; Jesús sí lo hace.
Por eso la unidad del Cuerpo es mucho más grande que si las personas sentadas en tu congregación particular logran llevarse bien. Dios ve un Cuerpo, una Iglesia, un Señor, un Espíritu, un pueblo. Tal unidad, no le pertenece a un edificio, le pertenece a Jesús, entonces, ¿qué estamos defendiendo exactamente? ¿Un edificio?
El problema comienza cuando el edificio se vuelve más importante que las personas, la plataforma más importante que el Cuerpo, el pastor más importante que Cristo y la institución más importante que la obediencia.
Ahí es cuando hemos pasado de la utilidad a la idolatría, y quizá el mayor engaño sea que la idolatría religiosa no siempre parece idolatría, incluso a veces, parece respetable ya que tiene vitrales, tiene pisos pulidos, tiene música hermosa, tiene iluminación profesional, tiene una cruz en la pared, tiene un pastor detrás de un púlpito, tiene una congregación sentada en silencio en filas, tiene toda la apariencia de ser un edificio religioso.
Pero Jesús no quiere que construyamos un sistema religioso alrededor de Él, lo que Él nos dijo es que lo siguiéramos. Deja de señalar a la gente hacia el edificio, señálales a Cristo. Deja de enseñar que tienen que entrar a un lugar sagrado para encontrarse con Dios, enséñales que Cristo vive en ellos. Deja de crear celebridades espirituales, equipa a los santos. Deja de dividir a los cristianos entre profesionales y creyentes comunes, cada creyente es parte del Cuerpo. Deja de decirle a la gente dónde vive Dios, Él ya nos lo dijo: Vive en Su pueblo.
El edificio no es la Iglesia. Tú eres Su templo.
Y quizá ha llegado el momento de dejar de defender todo lo que los hombres han construido en el nombre de Dios y es el tiempo justo para hacer una pregunta mucho más aterradora:
¿Qué pasaría si Dios quisiera derribar parte de lo que nosotros hemos construido para que por fin podamos ver lo que Él está edificando? ¡Hmm!
5. Dejemos de contratar clero profesional
El Señor llama a ancianos para ayudar a discipular y madurar a Su pueblo, su llamado es caminar al lado del rebaño, ayudar a los creyentes a crecer y señalarles a Cristo; no son llamados a construir reinos personales, crear seguidores leales, promover distintivos religiosos particulares ni hacer pensar a los demás que son indispensables.
Sin embargo, eso es precisamente lo que gran parte del cristianismo moderno ha creado.
Hemos tomado el concepto bíblico de ancianos y lo hemos convertido en una clase de clero profesional.
Contratamos pastores, les damos títulos, les exigimos credenciales de seminario, les pedimos currículos; realizamos búsquedas pastorales, negociamos salarios y beneficios, les damos oficinas y plataformas especiales, luego los colocamos en una posición en la que se espera que dirijan, administren, supervisen y, a veces, controlen la vida espiritual de todos los demás.
Y de alguna manera nos hemos convencido de que estas tradiciones inventadas por los hombres son el diseño de Dios. No lo son.
Efesios 4 no describe una jerarquía religiosa en la que una clase especial de cristianos se sienta por encima del resto del Cuerpo. Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son dones dados al Cuerpo para equipar a los santos. Su propósito es ayudar al Cuerpo a madurar, no crear una clase de profesionales religiosos que se interponga entre los creyentes y Cristo.
La tragedia es que hemos tomado el servicio y lo hemos convertido en autoridad, hemos tomado dones y los hemos convertido en cargos, hemos tomado ancianos y los hemos convertido en ejecutivos, hemos tomado pastores y los hemos convertido en directores generales, y hemos tomado al pueblo de Dios y lo hemos convertido en miembros de iglesia de quienes se espera que se sienten, se callen, escuchen, den su ofrenda monetaria y se sometan, pero eso no es madurez espiritual, eso es dependencia institucional.
A ningún creyente se le ha dado el derecho de dominar a otro creyente, ningún pastor es dueño de las ovejas, ningún anciano es dueño de la conciencia de otro cristiano, ningún ministro ha sido nombrado portero espiritual entre el pueblo de Dios y Jesucristo.
Cristo es la Cabeza de Su Cuerpo, no el ministro a quien llamamos “pastor”, cuando un líder tiene que exigir sumisión, algo ya salió mal.
Cuando un título se convierte en la justificación del control, algo ya salió mal.
Cuando se enseña a las personas que no pueden oír a Dios, entender las Escrituras, tomar decisiones o seguir a Cristo sin permiso de una autoridad religiosa, algo ha salido terriblemente mal.
Esa no es la libertad que Cristo compró.
Y aquí es donde creo que necesitamos ser brutalmente sinceros.
Los comités de búsqueda pastoral no aparecen en el Nuevo Testamento. Los títulos de seminario no son requisitos para la autoridad espiritual en el Nuevo Testamento. Los currículos ministeriales no son requisitos bíblicos.
Los salarios pastorales garantizados no son un mandato del Nuevo Testamento.
Las formaciones académicas del clero profesional no son el patrón establecido por Jesús.
Hemos construido una enorme industria religiosa alrededor de algo que debía ser un Cuerpo vivo y funcional de creyentes siguiendo juntos a Jesús.
Pero poner lenguaje cristiano sobre una institución religiosa no la hace bíblica.
Un púlpito no convierte a un hombre en portavoz de Dios.
Un título no convierte a un hombre en espiritualmente maduro.
Un título de seminario no convierte a alguien en anciano.
Un salario no convierte a alguien en pastor.
Un certificado de ordenación no le da a nadie autoridad sobre otro creyente.
Tal vez la pregunta más incómoda que podemos hacer sea esta: ¿Qué pasaría si el sistema de clero profesional que hemos defendido durante generaciones es en realidad una de las cosas que mantiene inmaduro al Cuerpo de Cristo? ¿Qué pasaría si dejáramos de construir plataformas para profesionales religiosos y empezáramos a equipar a creyentes comunes para que funcionen? ¿Qué pasaría si dejáramos de crear dependencia de los hombres y comenzáramos a enseñar a las personas a vivir por la vida de Cristo dentro de ellas? ¿Qué pasaría si los ancianos regresaran realmente a ser siervos en vez de gobernantes?
Tal vez el problema no sea que la Iglesia necesite mejores pastores, tal vez el problema sea que nosotros creamos un sistema que nunca debió existir en primer lugar.
6. Prediquemos las Buenas Nuevas, no los fuegos del infierno
Durante generaciones, el sistema religioso ha predicado una versión aterradora de Dios: “Acepta la salvación según nuestro entendimiento o Dios te torturará para siempre en los fuegos del infierno”.
Piensa en eso.
Se nos dice que Jesús es la revelación exacta del Padre. Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos, bendigamos a quienes nos maldicen y hagamos bien a quienes nos odian.
Sin embargo, se espera que creamos que ese mismo Jesús pasará la eternidad torturando sin fin a Sus enemigos.
¿Eso suena como el Jesús que nos reveló al Padre?
¡NO! Para nada, ni siquiera se acerca. Las tradiciones de los hombres me cegaron a esta realidad durante muchos años; todavía me molesta no haberla cuestionado.
Jesús dijo que vino a salvar al mundo, la Escritura habla de Cristo muriendo por todos y de Dios reconciliando consigo a la humanidad por medio de Cristo. La Escritura también declara que toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor.
Entonces, ¿cómo será el propósito final de Dios para la humanidad?
¡Yo no lo sé, y tú tampoco!
Y no estoy diciendo que ya lo haya resuelto.
No estoy declarando la Salvación Universal como una doctrina establecida. Estoy diciendo que creo que existe un misterio mucho mayor acerca de los propósitos finales de Dios que aquel que el sistema religioso nos ha permitido considerar.
Tal vez haya una obra final de redención que todavía no podemos ver.
Tal vez la misericordia de Dios llegue más lejos que nuestra teología.
Tal vez la victoria final de Cristo sea mucho más gloriosa que simplemente conservar para siempre una población eterna de personas siendo torturadas.
No lo sé.
Pero estoy dispuesto a admitir que no lo sé.
Y eso quizá sea más honesto que fingir que hemos explicado por completo los propósitos eternos de Dios.
Lo que sí sé es esto:
Dios es Amor.
No solamente amoroso, no amoroso de vez en cuando, sino: Dios es Amor.
Por eso, cuando nuestra teología nos lleva a presentar a Dios como menos misericordioso, menos amoroso y menos perdonador que las mismas personas a quienes Él manda amar a sus enemigos, tal vez nuestra teología necesite ser examinada.
La doctrina del tormento eterno tiene una larga y compleja historia dentro del cristianismo, pero a lo largo de la historia, el temor al infierno quedó profundamente entrelazado con la autoridad religiosa. Durante la época medieval, el temor al infierno y al purgatorio fue usado para reforzar el poder de la institución religiosa llamada Iglesia Católica Romana y, en ocasiones, hasta llegó a relacionarse con prácticas de recaudación de fondos.
Más tarde, la predicación de los avivadores evangélicos puso un énfasis enorme en escapar de los fuegos eternos del infierno.
Repito: no cuestiono la sinceridad de hombres como Jonathan Edwards o Charles Finney; ellos creían lo que predicaban, pero la sinceridad no convierte una doctrina en verdad.
Y el temor es una herramienta poderosa, el temor capta la atención; el temor produce decisiones y puede llenar edificios; el temor puede producir números y, a su vez, los números pueden producir dinero; entre más gente, habrá más programas, más ofrendas, más edificios, más salarios y más poder institucional.
Con el tiempo, puede ocurrir algo increíblemente peligroso: El Evangelio se convierte en un discurso de ventas.
«Ven a Jesús o arde para siempre.»
«Acepta nuestro mensaje o enfrenta el tormento eterno.»
«Cree lo que te decimos, porque equivocarte podría costarte el alma.»
Eso no es simplemente predicación.
Eso es torcer las Buenas Nuevas del Evangelio para ejercer control religioso.
Y una vez que el temor se convierte en el mecanismo mediante el cual se mantiene a las personas dentro del sistema, tenemos que hacer una pregunta brutalmente sincera: ¿La gente sigue a Jesús porque se ha encontrado con el Amor, o porque está aterrorizada por las consecuencias de decir que no?
Hay un mundo de diferencia entre ambas cosas.
Jesús no vino a construir una institución capaz de manipular a las personas mediante el temor, sino que vino a revelar al Padre, y el Padre que Él reveló es Amor.
Así que me niego a fingir que tengo todas las respuestas acerca del infierno, el juicio o el destino final de la humanidad.
Tal vez estoy equivocado, tal vez mi entendimiento cambie; todavía estoy en construcción, pero no permitiré que el temor dicte mi teología.
Prefiero presentarme con honestidad ante el misterio de la misericordia de Dios que defender con confianza una doctrina que hace que el Dios de Amor parezca un torturador eterno.
El Rey Jesús tiene la última palabra, no la tradición, no las instituciones religiosas, no el temor, no la teología denominacional, solo el Rey Jesús.
Tal vez la pregunta más importante sea la siguiente: ¿Qué ocurriría si realmente creyéramos que el Dios revelado en Jesús es exactamente quien Él dijo ser: Amor?
Y eso nos lleva al siguiente punto.
7. Dejemos de mendigar sin parar desde el púlpito
¿Cuándo se convirtió el púlpito en un lugar donde el pueblo de Dios es presionado continuamente para financiar la obra de Dios? ¿Cuándo predicar a Jesús quedó entrelazado con recaudar dinero? ¿Cuándo comenzó a medirse la fe por cuánto está dispuesto alguien a dar? ¿Cuándo se convirtió el llamado al altar en una oportunidad de recaudar fondos? ¿Y cuándo se volvió la Iglesia tan costosa que tenemos que rogar continuamente al pueblo de Dios para mantenerla viva? Tal vez necesitemos detenernos y preguntar si aquello que estamos tan desesperados por financiar es realmente lo que Jesús nos mandó construir.
Son preguntas incómodas, deben serlo.
Porque nos hemos acostumbrado tanto a escuchar hablar de dinero en la iglesia que muchos ya ni siquiera reconocemos lo anormal que es.
En tu corazón sabes que alguien tiene que pagar por el espectáculo.
Hay que mantener el edificio, hay que pagar la hipoteca, hay que pagar los salarios, las luces tienen que seguir encendidas; hay que cubrir el seguro, hay que financiar los programas, hay que pagar al personal, hay que actualizar la tecnología; la publicidad tiene que continuar, hay que comprar la camioneta de transporte.
Y una vez que construyes una organización religiosa lo suficientemente grande, alguien tiene que seguir alimentando la máquina; y si eso no funciona, debemos sacar las máquinas de cobro a través de tarjetas de crédito.
¿En qué momento se convirtió el Evangelio en una campaña de recaudación de fondos?
Decimos ser gente de fe, pero con frecuencia parece que tenemos muy poca fe en que Dios pueda realizar Su obra sin ejercer continuamente presión financiera sobre Su pueblo.
Construimos enormes estructuras, creamos programas costosos, contratamos capas de personal profesional, establecemos presupuestos organizacionales gigantescos y luego nos paramos detrás de un púlpito pidiéndole a la gente que siga financiándolo todo.
Luego lo llamamos fe, pero quizá no sea fe; tal vez sea simplemente el costo de mantener lo que hemos construido.
El problema no es que los edificios cuesten dinero, sabemos que cuestan. El problema no es que quienes trabajan en el ministerio puedan necesitar apoyo financiero, sabemos que lo necesitan.
El problema es lo que ocurre cuando la institución se vuelve tan cara que, mantener la institución, se convierte en uno de los propósitos principales de la Iglesia.
Así que, los presupuestos crean necesidades, las necesidades crean campañas, las campañas crean presión, la presión produce ofrendas, las ofrendas mantienen viva a la organización; y el ciclo continúa.
Con el tiempo, el púlpito se convierte en parte plataforma de predicación y parte departamento de recaudación; por otro lado, la congregación se convierte en la base de clientes, mientras que la ofrenda se convierte en la fuente de ingresos, y el pastor se convierte en el principal recaudador. Hemos tomado el lenguaje de la fe y lo hemos mezclado con las necesidades financieras de una institución que nosotros mismos creamos.
Después le decimos a la gente que dar a la organización es dar a Dios, y eso merece mucho más escrutinio del que hemos estado dispuestos a darle .
Hemos complicado el dar
Mira cuántas maneras hemos inventado para que la gente dé:
- Diezmos
- Primicias
- Ofrendas especiales
- Fondos para edificios
- Ofrendas para misiones
- Ofrendas de apreciación pastoral
- Ofrendas de avivamiento
- Ofrendas de conferencias
- Ofrendas de semilla
- Ofrendas de rompimiento
- Ofrendas proféticas
- Ofrendas de fe
- Ofrendas de emergencia
Siempre parece haber una razón más para dar, y de alguna manera, siempre parece haber otra necesidad. Las ofrendas nunca terminan, así que la mendicidad y la manipulación tampoco.
Esto resulta especialmente preocupante cuando el dar se presenta como una transacción:
«Tú das a Dios, y Dios te devolverá.» Da $100 y espera un avance financiero. Siembra $1,000 y mira cómo Dios multiplica tu semilla.
El Evangelio se convierte en una oportunidad de inversión. Dios se convierte en el banquero, la fe se convierte en la moneda, y el predicador se convierte en el intermediario.
Eso no es el Evangelio, eso es comercialización religiosa; Mendigar desde el púlpito, como yo le llamo, con razón tanta gente fuera de la Iglesia siente rechazo por lo que ve; muchos de ellos escuchan ‘Jesús’, pero ven dinero, escuchan ‘fe’, pero ven recaudación de fondos, escuchan ‘generosidad’, pero ven manipulación, escuchan ‘bendición’, pero ven a predicadores llevando un estilo de vida que sus congregantes jamás podrían costear.
Y luego nos sorprendemos cuando alguien dice:
«No quiero tener nada que ver con la iglesia. Siempre están pidiendo dinero.»
¿De qué se trataba realmente el dar en el Nuevo Testamento?
Tal vez deberíamos escuchar.
Quizá sea hora de salir fuera del campamento y hacer una pregunta mucho más sencilla:
¿Para qué se usaba realmente el dinero entre los primeros creyentes?
No: «¿Cómo mantenemos nuestra organización?»
No: «¿Cómo financiamos otro edificio?»
No: «¿Cómo aumentamos el presupuesto del ministerio para el próximo año?»
No: «¿Cómo pagamos otra producción?»
Sino: ¿Qué hacían realmente los creyentes con lo que tenían?
Compartían, se cuidaban unos a otros, suplían necesidades reales, recordaban a los pobres. Cuidaban a los huérfanos y a las viudas, sostenían a quienes trabajaban en el Evangelio, ayudaban a los creyentes que sufrían; sus recursos siempre se dirigían hacia las personas. El dinero era simplemente una herramienta para amar, nunca debía convertirse en el centro del sistema religioso. Los primeros creyentes no estaban tratando de construir imperios religiosos que necesitaran millones de dólares cada año simplemente para mantener las puertas abiertas.
Estaban aprendiendo a vivir como familia, y la familia cuida de la familia.
Tal vez necesitemos hacer una pregunta diferente
¿Por qué ser la Iglesia requiere edificios enormes?
¿Por qué el ministerio requiere presupuestos gigantescos de producción?
¿Por qué necesitamos tantos niveles de personal remunerado?
¿Por qué predicar el Evangelio requiere campañas costosas de mercadeo?
¿Por qué cuidar de las personas requiere una estrategia de recaudación?
¿Por qué seguimos recaudando dinero para mantener estructuras que consumen recursos mientras las personas a nuestro alrededor luchan por pagar el alquiler, comprar alimentos, mantener la electricidad o cuidar de sus hijos?
Algo está mal cuando la institución está bien financiada mientras la gente está sufriendo.
Y quizá nuestra primera respuesta no debería ser otra ofrenda.
Tal vez debería ser arrepentimiento.
¿Qué pasaría si hemos construido demasiado para alimentar los egos de los hombres?
¿Qué pasaría si el problema no es que la Iglesia no tiene suficiente dinero?
¿Qué pasaría si hemos creado una versión del cristianismo que requiere muchísimo más dinero para funcionar de lo que jamás requirió la Iglesia del Nuevo Testamento?
¿Qué pasaría si hemos confundido más grande con mejor? Edificios más grandes, personal más grande, producciones más grandes, conferencias más grandes, plataformas más grandes, ministerios más grandes, presupuestos más grandes, personalidades más grandes.
Y todo eso requiere más dinero.
Así que seguimos pidiendo, y pidiendo, y pidiendo.
Hasta que dar se convierte en una expectativa en vez de una expresión de amor.
Tal vez la respuesta no sea recaudar más dinero. Tal vez la respuesta sea aprender a vivir con menos.
Dar debería parecerse al amor
No estoy argumentando contra la generosidad, todo lo contrario, estoy defendiendo la generosidad bíblica.
Tú puedes dar, pero da a las personas, da porque amas, da porque alguien tiene una necesidad real, da porque tú has sido bendecido y alguien más no, da sin manipulación, da sin esperar que Dios se convierta en tu socio de inversiones, da sin necesitar reconocimiento, da sin comprar influencia, da sin comprar una “unción” especial, da sin esperar algo a cambio, da porque el amor da.
La pregunta no es si los cristianos deben dar.
La pregunta es: ¿Hacia dónde debe ir nuestro dar? ¿Hacia mantener una institución o hacia amar a las personas?
¿Hacia expandir una marca religiosa o hacia suplir una necesidad humana real?
¿Hacia otro proyecto de construcción o hacia la persona quebrantada que está justo delante de nosotros o hacia mantener funcionando la máquina?
Él nos dijo que amáramos a nuestro prójimo, y el amor no es teórico, el amor mete la mano en el bolsillo, el amor comparte, el amor se sacrifica, el amor se fija en la persona hambrienta, el amor ve a la familia que lucha, el amor recuerda a la viuda, el amor se preocupa por los pobres. El amor no necesita una campaña, una tarjeta de compromiso ni un anuncio desde el púlpito para saber qué hacer.
Tal vez sea hora de salir fuera del campamento
Fuera de la recaudación interminable, fuera de la manipulación, fuera de la presión religiosa, fuera de las fórmulas financieras, fuera de la idea de que la obra de Dios depende de presupuestos organizacionales que tienen que aumentar perpetuamente; tal vez necesitemos redescubrir algo mucho más sencillo:
Personas ayudando a personas, creyentes cuidando de creyentes, los fuertes ayudando a los débiles, los que tienen compartiendo con los que no tienen, recursos fluyendo hacia necesidades reales, el dar convirtiéndose en un acto de amor en vez de una obligación impuesta desde un púlpito.
Porque si nuestro cristianismo requiere que roguemos continuamente a la gente por dinero solo para mantener funcionando nuestro sistema religioso, quizá el problema no sea que el pueblo de Dios no da lo suficiente, tal vez el problema sea lo que hemos elegido construir, y quizá sea hora de derribar la máquina, salir fuera del campamento y redescubrir lo que significa dar como Jesús.
8. Debemos dejar de exigir conformidad doctrinal
En algún momento comenzamos a confundir unidad con acuerdo; es decir, decidimos que el Cuerpo de Cristo estaría unido cuando todos creyeran las mismas cosas, usaran la misma terminología, suscribieran las mismas doctrinas y se conformaran al mismo sistema religioso; no obstante, ese nunca fue el fundamento de la unidad del Cuerpo.
La unidad de los primeros creyentes no se construyó sobre que todos tuvieran una comprensión teológica idéntica, se construyó sobre el amor, la relación, la vida compartida y la devoción a Jesucristo.
No tenían que entenderlo todo de la misma manera para amarse unos a otros, no tenían que estar de acuerdo en cada asunto para caminar juntos; no tenían que tener trasfondos, personalidades, experiencias o niveles de madurez espiritual idénticos. Eran uno porque pertenecían a Cristo, y se les había mandado amarse unos a otros; esa es una clase de unidad radicalmente diferente de la que gran parte del cristianismo moderno exige hoy en día.
La unidad hace espacio para que las personas crezcan, la conformidad exige a esas mismas personas que lleguen a ese entendimiento teológico antes de permitirles pertenecer.
La unidad puede abrazar las diferencias, mientras que la conformidad teme las diferencias; la unidad confía en que el Espíritu Santo guiará a las personas, pero la conformidad intenta controlar el proceso.
Y cuando el amor es reemplazado por la conformidad doctrinal, el Cuerpo comienza a despedazarse mientras se felicita a sí mismo por defender la verdad.
El Cuerpo de Cristo está formado por personas que vienen de diferentes trasfondos, diferentes experiencias, diferentes culturas, diferentes niveles de comprensión y diferentes etapas de crecimiento espiritual; sin embargo, los sistemas religiosos intentan repetidamente forzar esta hermosa diversidad a la conformidad creando e imponiendo más reglas, doctrinas, límites y expectativas.
No puedes legislar la unidad, ¡tú no eres el alguacil del Reino! ¡tú no decides qué es bíblico y qué no lo es!, no puedes fabricar la unidad del Espíritu exigiendo que todos estén de acuerdo contigo; no puedes producir santidad controlando el comportamiento de la gente, y no puedes hacer uno al Cuerpo de Cristo obligando a todos a verse, pensar y hablar igual.
La unidad del Cuerpo nunca estuvo basada en la conformidad doctrinal. Estuvo basada en el amor.
Lee eso otra vez.
«En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.»
Eso lo cambia todo; no eran conocidos simplemente por tener la doctrina correcta, eran conocidos como gente del Camino; estaban aprendiendo a vivir de otra manera porque seguían a Jesús, un Camino de amor, un Camino de perdón, un Camino de servicio, un Camino de sacrificio, un Camino de entrega de vida los unos por otros.
Podemos ser doctrinalmente correctos y estar en bancarrota relacional, podemos ganar argumentos teológicos y perder a nuestros hermanos y hermanas; podemos defender nuestra versión de la verdad mientras violamos el mismo amor que Jesús nos mandó demostrar, ¿de qué sirve el acuerdo doctrinal si hemos perdido nuestro amor unos por otros?
El control no transforma el corazón; Jesús sí. El Espíritu Santo produce la unidad, el amor la sostiene.
Nuestra responsabilidad no es forzar a todos a una conformidad teológica, nuestra responsabilidad es amarnos los unos a los otros como Cristo nos ama; y quizás aquí, es donde necesitamos arrepentirnos.
Tal vez hemos pasado generaciones intentando hacer que las personas estén de acuerdo entre sí cuando Jesús nos dijo que nos amáramos unos a otros, tal vez hemos exigido conformidad donde Cristo quería comunidad, tal vez hemos defendido fronteras doctrinales mientras ignorábamos el mayor mandamiento: El de amar.
Quizá la mayor amenaza para la unidad del Cuerpo no sea que los cristianos crean cosas diferentes, quizás sea que los cristianos han olvidado cómo amarse cuando piensan diferente.
También quiero dejar algo muy claro: No leas estos pensamientos como si yo estuviera presentando otra doctrina y exigiendo que ahora tú estés de acuerdo conmigo. No quiero derribar un sistema religioso solo para construir otro alrededor de mi propio entendimiento; no afirmo haber llegado, no afirmo tenerlo todo resuelto; soy un hombre en proceso, todavía en construcción, en las manos del Rey Jesús.
Podría estar equivocado.
Lo que comparto es simplemente lo que entiendo hoy, basándome en el lugar donde me encuentro en mi camino; mañana el Señor puede mostrarme algo que hoy todavía no veo, y si lo hace, oro para tener suficiente humildad como para cambiar.
Porque prefiero ser corregido por Jesús que ser aceptado por la religión por tener la doctrina correcta.
Amo a la Iglesia, profundamente, pero creo que no vamos a avanzar si nos negamos a enfrentar con honestidad los problemas creados por el control religioso, el temor, la conformidad y la exigencia de uniformidad doctrinal.
Porque mi autoridad final no es tu interpretación particular de la Biblia, ni el sistema doctrinal construido alrededor de ella; la Escritura ha pasado por traducciones, tradiciones, interpretaciones y las manos de muchos hombres.
Mi autoridad final es la ÚNICA VOZ del Espíritu Santo, la del Cristo Viviente mismo, hablando en medio de Su Cuerpo.
Esa voz no pertenece exclusivamente a una denominación, una tradición o una variante particular del cristianismo.
«¿Esto suena como Jesús?»
Y por encima de todo:
«¿Esto produce el amor de Dios?»
La sociedad actual ya está cansada de nuestro legalismo religioso y nuestra división; no estamos generando ningún efecto en las cosas que realmente importan.
Si no enfrentamos y tratamos con honestidad los asuntos mencionados anteriormente, seguiremos dando vueltas en círculos, repitiendo los mismos patrones y errores que han afligido a generaciones antes de nosotros. En algún momento tendremos que estar dispuestos a desmontar lo que necesita ser desmontado y deconstruir lo que fue edificado sobre las tradiciones y los sistemas de los hombres.
Creo que ese tiempo viene, y puede estar mucho más cerca de lo que imaginamos.
Nuestra codicia, egocentrismo y búsqueda de nuestros propios intereses podrían terminar provocando una temporada de enorme dificultad económica, mientras los mercados financieros tropiezan y el acceso a energía y alimentos se vuelve cada vez más difícil.
Pero aun en medio de la oscuridad, veo esperanza.
Algunas de las mayores oportunidades para que la verdadera Iglesia brille pueden llegar cuando la sociedad misma esté sufriendo, cuando las personas estén quebrantadas, sean desplazadas, estén asustadas, hambrientas y marginadas, el amor de Cristo puede hacerse visible por medio de Su pueblo de maneras que ninguna institución religiosa puede fabricar.
Ahí descansa mi esperanza.
El verdadero avivamiento que transforma vidas muchas veces ha surgido en medio del sufrimiento y la persecución, cuando todo lo que puede ser sacudido es sacudido, entonces lo genuino se vuelve más fácil de ver. La Iglesia puede descubrir que no necesita la protección, la aprobación o las estructuras de un sistema religioso para ser el Cuerpo de Cristo.
Tenemos que salir fuera del campamento. Cueste lo que cueste, sea cual sea el sacrificio.
Tenemos que estar dispuestos a salir fuera del sistema religioso creado por los hombres y redescubrir la sencillez de seguir a Jesús.
He llegado a un lugar en Cristo donde ya no tengo miedo de descubrir que he estado equivocado, estoy dispuesto a estar equivocado porque todavía estoy creciendo; prefiero seguir avanzando hacia la Verdad que aferrarme a una interpretación simplemente porque la he defendido durante años.
Mientras más me acerco a Cristo, la Verdad, más reconozco que queda cada vez menos de mí que deba permanecer.
Ya no quiero la falsa seguridad de creer que puedo comprender plenamente al Dios infinito simplemente porque he estudiado la Biblia. La Escritura nos señala hacia Él, pero nuestro entendimiento de la Escritura nunca es lo mismo que poseer la plenitud de Dios.
El Espíritu debe seguir siendo nuestro Guía. Si los sistemas religiosos actuales de los hombres son el campamento, entonces Cristo nuestro Señor nos espera fuera del campamento.
Y estoy agradecido por los hermanos que están dispuestos a caminar este viaje conmigo, hermanos que aman, perdonan, desafían, cuestionan y extienden gracia cuando alguno de nosotros se equivoca; ese tipo de relaciones provee una red de seguridad que la certeza religiosa jamás podrá ofrecer.
Por encima de todo, quiero recordarle al Cuerpo de Cristo esto:
Cristo es la Piedra Angular del Reino.
Dios es amor; por lo tanto, Su amor debe ser la motivación detrás de todo lo que hacemos en Su Reino.
No importa cuán sinceras sean nuestras intenciones, si lo que hacemos no ha nacido de Su Espíritu, sigue siendo carne, y lo que se origina en la carne no puede producir la vida del Espíritu.
No necesitamos otro sistema para controlar a las personas y llevarlas a la conformidad, necesitamos a Cristo.
No necesitamos mayor certeza religiosa, necesitamos mayor amor.
No necesitamos proteger lo que los hombres han construido, necesitamos el valor para seguir al Espíritu adondequiera que Él nos guíe.
El Reino pertenece a Cristo, no a nosotros, la Iglesia pertenece a Cristo, no a un sistema religioso; y nuestro propósito no es preservar tradiciones que han perdido su conexión con el corazón de Dios, nuestro propósito es revelar a Jesús.
Dios es amor, ¡Edifiquemos con Amor!
Y si realmente le pertenecemos, entonces el amor debe convertirse en el fundamento, la motivación y la expresión de todo lo que hacemos.
Así que, salgamos fuera del campamento, y dejemos atrás todo lo que nos impide seguirlo.
Arriesguémonos a ser malinterpretados; arriesguémonos a estar equivocados; arriesguémonos a perder la aprobación de los hombres; y busquemos el amor de Cristo por encima de todo lo demás.
Hoy publiqué esta frase en Facebook:
“Mi enfoque no está en tener la razón, ni siquiera en enseñarte correctamente; mi enfoque está en amarte correctamente” ❤️
¡Con Mucho amor desde fuera del Campamento!
Jose L. Bosque
JaxChristian1@gmail.com
www.GodsLeader.com
ADENDA
¿Adónde vamos de aquí en adelante?
Acabas de leer una serie de puntos que, creemos, están impidiendo que la Novia se prepare para encontrarse con su Esposo.
No tienes que estar de acuerdo con todo lo que has leído; no llegamos a la verdad mediante discursos persuasivos, llegamos a la verdad por medio de la revelación y la iluminación del Espíritu Santo.
Las doctrinas y tradiciones inventadas por los hombres han mantenido al Cuerpo de Cristo débil, malnutrido e ineficaz en su anhelo de ver las cosas en la tierra como son en el Cielo.
Antes de volver a edificar, debemos deconstruir
Para volver a edificar, primero debemos pasar por un proceso de deconstrucción espiritual. Años de doctrinas y tradiciones inventadas por los hombres se nos han adherido como percebes al casco de un barco. Nuestra tendencia natural es comenzar a edificar de nuevo enseguida, pero quizá, por un tiempo, no deberíamos estar edificando nada.
Por un tiempo, deberíamos permitir que el Espíritu Santo obre, quitando las capas acumuladas durante años de mala teología y tradiciones religiosas inventadas por los hombres.
El problema es que no podemos saber lo que no sabemos; por consecuencia, debemos dejar de concentrarnos en el hacer religioso y enfocarnos en ser y llegar a ser el Cuerpo de nuestro Señor en la tierra.
También debemos tener paciencia con nosotros mismos; en cada uno de nosotros está ocurriendo una deconstrucción personal, mientras que, al mismo tiempo, el Señor está deconstruyendo al Cuerpo en su conjunto. Cuanto más unidos estemos como Cuerpo, mejor podremos atravesar juntos este proceso.
La deconstrucción no será fácil
Esta deconstrucción no será un proceso fácil, y algunas de las mayores resistencias podrían venir de aquellos a quienes nosotros mismos hemos enseñado.
La religión inventada por los hombres puede convertirse en una adicción, y dejarla atrás puede provocar síntomas de abstinencia muy parecidos a los que experimenta alguien que deja una droga.
Muchos han dejado los edificios de las iglesias y se han trasladado a iglesias en casas, afirmando ser libres; no obstante, salir físicamente del sistema puede ayudar, pero no te cambiará de manera permanente.
Salir del edificio para hacer estudios bíblicos en los hogares no es la respuesta; el problema es mucho más profundo, el problema está dentro de nosotros mismos.
Debemos aprender a escuchar de nuevo al Espíritu Santo
Para comenzar este proceso de manera adecuada, puede llegar un momento en que debamos poner a un lado nuestras Biblias, comentarios y libros, y enfocarnos en nuestra relación con el Espíritu Santo.
Solo el Espíritu Santo puede dirigir esta deconstrucción, porque Él es quien Jesús nos dio para guiarnos a toda la verdad.
Y la verdad que descubrimos en este camino no es simplemente una colección bien ordenada de reglas, doctrinas y dogmas. La VERDAD es una Persona, y Su nombre es el Señor Jesucristo.
Nos necesitamos unos a otros
Muchos hemos aprendido a vivir como solitarios espirituales porque la religión genera división y contienda.
Es tiempo de enfocarnos intencionalmente en nuestras relaciones con padres espirituales y hermanos que saben escuchar al Espíritu Santo y que no se avergüenzan de ser auténticos, transparentes y humildes.
Puesto que la verdadera Iglesia, el Cuerpo de Cristo en la tierra, es columna y fundamento de la verdad, allí encontraremos nuestra seguridad.
Durante más de quince años he recorrido este proceso de deconstrucción con un grupo de hermanos. Nos mantenemos en comunicación mediante llamadas telefónicas, grupos en redes sociales y una llamada por Zoom dos veces al mes.
Al mirar atrás, hoy puedo ver cómo estas relaciones me han animado a profundizar en esa deconstrucción y, a la vez, me han ayudado a no desviarme del camino ni irme por las ramas.
Veo a estos hermanos como la red de seguridad que se coloca debajo de los trapecistas; cada uno tiene libertad para volar, pero nos sostendremos unos a otros si alguien resbala.
Nuestro enfoque es amarnos de verdad unos a otros y responder fielmente a las necesidades de cada uno.
Personalmente, llevo más de veinte años en este proceso; algunas cosas se desprendieron rápidamente, otras han tomado años.
Confío plenamente en que el Espíritu Santo y Su Cuerpo me guiarán hacia la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
Volver a la Piedra Angular
Para volver a edificar de manera adecuada, debemos regresar a la Piedra Angular y realinearlo todo con Él. Su fundamento es el amor, no el terreno inestable de las doctrinas y tradiciones inventadas por los hombres.
Debemos ser honestos con nosotros mismos y reconocer que mucho de lo que hemos intentado edificar se ha construido sobre arena.
Recuerda: la verdadera Iglesia, el Cuerpo de Cristo en la tierra, es columna y fundamento de la verdad; allí encontraremos nuestra seguridad.
¡Que el Señor nos ayude en este proceso!
Con mucho amor,
José L. Bosque
Jose@GlobalReliefNEFL.org