Las Tradiciones Evitarán que Conectemos los Puntos

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Cuando «conectar los puntos» quiere decir que vamos a confrontar años de tradiciones impías y contrarias a las Escrituras, a tradiciones inventadas por hombres y detectar cuando la iglesia se desvió del camino correcto. A continuación, una respuesta de mi hermano Jon Zens, a un hermano que expone acerca de los obstáculos que nos impiden, como Cuerpo de Cristo, “conectar los puntos”. [José L. Bosque]

 

Me gustaría compartir algunas de las reflexiones que han surgido en las últimas cuatro semanas, a raíz un vídeo de Dallas Willard sobre la Iglesia Local y de nuestras conversaciones por Zoom.

Me parece que existe un problema serio con la forma en que la mayoría de los creyentes usan la Biblia. Como un principio fundamental, afirman desear «ser guiados por la Biblia», como la Palabra de Dios. Sin embargo, en la práctica, terminan aplicando las Escrituras principalmente a su vida privada, pero pasan por alto lo que dicen esas mismas Escrituras sobre la vida (comunitaria) en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Si la leyeran en su contexto “del Cuerpo”, descubrirían que los  pilares fundamentales sobre cómo hacemos iglesia, no tienen base en el Nuevo Testamento.

En las iglesias, existen problemas tan grandes como un elefante que nadie, especialmente los líderes religiosos, quieren afrontar y, mucho menos, enfrentar sus implicaciones. Si lo hicieran, se desencadenaría un efecto dominó y mucha gente estaría molesta y sumamente incómoda. Las vidas de muchas personas dependen y están atadas a la continuidad y la conservación de ciertos patrones tradicionales eclesiásticos.

Propongo que no hay ninguna base en el Nuevo Testamento para que construyamos la infraestructura de la iglesia sobre la base del sermón, el pastor y el edificio eclesiástico.

Dallas Willard cita a Leith Anderson, ya que está totalmente de acuerdo con ella:

En el último capítulo de “La renovación del corazón”, cito una afirmación de Leith Anderson que me ha parecido maravillosa. Dice de la siguiente manera:
«Si bien el Nuevo Testamento habla a menudo de las iglesias, guarda un silencio sorprendente sobre muchos aspectos que asociamos con la estructura y la vida eclesial. No se menciona la arquitectura, los púlpitos, la duración de los sermones típicos ni los sermones en sí… De hecho, no dice nada acerca de los sermones; habla acerca de la predicación. No se menciona nada acerca de las normas para la escuela dominical, se dice muy poco [o casi nada} sobre el estilo musical, el orden del culto o los horarios de las reuniones. No hay biblias, ni denominaciones, ni campamentos, ni conferencias pastorales, ni actas de reuniones de la reunión de líderes… Nada de eso».
(Citado por Willard en el vídeo «¿Para qué sirve la congregación local?»).

  1. C. Sproul afirmó que los protestantes se reúnen esencialmente «para escuchar un sermón». Leith Anderson dijo que el Nuevo Testamento «no dice nada sobre sermones». De hecho, el Nuevo Testamento guarda silencio sobre nuestra práctica de que una sola persona hable a muchos, domingo tras domingo. No obstante, se puede afirmar que, la idea misma de un «servicio de adoración», se centra en una sola persona predicando un sermón. El Nuevo Testamento, por otro lado, revela una reunión de santos donde todos pueden participar: «Cada uno de ustedes tiene salmo, tiene enseñanza…» (1 Corintios 14:26). Al limitar la proclamación a una sola voz, perdemos por completo la parte de Cristo que proviene de muchas expresiones. Richard Foster destacó este problema: “…Y no tenemos que examinar profundamente la religión en Estados Unidos para darnos cuenta de que está saturada del dogma del mediador. ‘Danos un pastor, danos un sacerdote, danos a alguien que lo haga por nosotros, para que podamos evitar la intimidad con Dios nosotros mismos y aun así obtener los beneficios’” (Richard J. Foster, Meditative Prayer , IVP, 1983, p. 5).

David Thomas señaló en 1898 que «la predicación oficial no tiene autoridad… y tarde o temprano debe llegar a su fin». Abriendo 1 Corintios 14, dijo:

En una misma reunión, la iglesia cristiana podría contar con varios oradores para dirigirse a los fieles… Siendo así: 1. ¿Debería considerarse la enseñanza cristiana una profesión? Actualmente lo es: Las personas se forman en ella, se preparan para ella y viven de ella, como los arquitectos, los abogados, o los médicos… 2. ¿Está justificada la iglesia cristiana al limitar su atención al ministerio de una sola persona? En la mayoría de las congregaciones modernas hay cristianos que, por su capacidad natural, su experiencia y su inspiración, están mucho más capacitados para instruir y confrontar a la gente que su pastor oficial. Ciertamente, la predicación oficial carece de autoridad descrita en las Escrituras, en la razón, o en la experiencia, y tarde o temprano deberá desaparecer. Todo cristiano debería ser un predicador. Si la misma media hora asignada en los servicios religiosos para el sermón fuera ocupada por tres o cuatro personas semejantes a Cristo… con capacidad de expresión, no solo sería mucho más interesante, sino que se emplearía de manera más provechosa que ahora” (David Thomas,  The Pulpit Commentary: 1 Corinthians , FW Farrar & David Thomas, Funk & Wagnalls, 1898, pp. 429-433).

Leith Anderson afirmó que el Nuevo Testamento «habla acerca de la predicación». Sin embargo, no debemos cometer el error de interpretar este concepto como la figura de un pastor dando un sermón detrás del púlpito. En el Nuevo Testamento, «la predicación» se refiere a personas proclamando a Cristo a los incrédulos fuera de las reuniones de los santos. El sustantivo «predicador» se usa tres veces en el Nuevo Testamento: Dos veces para referirse a Pablo y una vez a Noé, «un predicador de justicia». Noé no predicó a los ya convencidos, sino a aquellos que pronto se ahogarían (2 Pedro 2:5). David Norrington documenta de manera concluyente que el «sermón» se introdujo en la iglesia a través de homilías paganas grecorromanas, pronunciadas por personas elocuentes que cobraban por sus discursos ( Predicar o no predicar: La pregunta urgente de la iglesia,  Quoir, 2013).

El sermón, tal como lo conocemos, no solo es desconocido en el Nuevo Testamento, sino que también la figura la persona que da sermones semanalmente, -—“el pastor”— tampoco aparece en estas Escrituras.  La revista Ministry (Ministerio) afirmó confiadamente en el 2010: «El pastor de la iglesia local es clave, absolutamente fundamental, para todo lo que somos y hacemos como iglesia». Imaginemos que un nuevo creyente y un teólogo estuvieran encerrados en una habitación con el Nuevo Testamento y lo leyeran repetidamente. ¿Qué sucedería si, al salir, se les preguntara: «¿Dónde encontraron en el Nuevo Testamento evidencia de que el pastor de la iglesia local es clave, absolutamente fundamental, para todo lo que hace una iglesia?» Ambos tendrían que responder con un rotundo : «En ninguna parte». Sin embargo, se presupone de forma generalizada que toda iglesia local debe tener un pastor y esa es la práctica común en casi todas las iglesias. Afirman que solo se rigen por las enseñanzas bíblicas, pero se ha descubierto que el pilar fundamental de su práctica carece de fundamento en el Nuevo Testamento. Sin embargo, la ausencia de la figura del “pastor” en la revelación del Nuevo Testamento no parece preocupar a casi nadie. ¿Nos importa que el fundamento de nuestra práctica eclesial —y la enorme infraestructura construida sobre ella— se base en realidad en tradiciones humanas y no en la revelación de Dios? (véase mi libro “El pastor está desnudo: De una iglesia centrada en el clero a una Ekklesia centrada en Cristo” –de Jon Zens).

Pensemos en las miles de páginas de libros publicadas desde 1600 que profundizan en los temas del «pastor» y del «sermón». Y aún así, ninguno de estos temas se encuentra en los documentos inspirados que se afirman constituyen la regla de fe y práctica para los creyentes. Más aún, existen cincuenta y ocho mandamientos sobre el amor fraternal, que son la columna vertebral del Nuevo Testamento, que han sido ignorados y no explorados en la historia de la iglesia (véase mi obra «58 a 0: Cómo Cristo guía a través del amor fraternal» –por Jon Zens). J. I. Packer sugirió el motivo: «El debate sobre los dones estaba dominado por su interés en el ministerio ordenado… y rara vez se planteaban preguntas sobre otros dones para otras personas» («Los puritanos y los dones espirituales», Profitable for Doctrine & Reproof, Westminster Papers, 1967, p. 15).

En el siglo I, no solo estaba ausente la figura del pastor y del sermón, sino que tampoco aparecía la idea de la necesidad de los edificios religiosos. La iglesia primitiva prosperó gracias al Espíritu Santo sin necesidad de construir edificios para reunirse. Todas las religiones, incluido el judaísmo, tenían estructuras específicas donde se reunían sus adherentes. La ausencia de edificios especiales hizo que los primeros creyentes de cada ciudad fueran marcadamente diferentes de las comunidades religiosas que los rodeaban. Los días posteriores a Pentecostés habrían ofrecido las condiciones perfectas para construir la estructura de una mega-iglesia; había miles de creyentes en Jerusalén que podrían haberse reunido en un gran edificio, pero evitaron esa opción. En cambio, se reunían al aire libre alrededor del Pórtico de Salomón y compartían el pan de casa en casa.

En 1975, Howard Snyder escribió un libro titulado «El problema de los odres: La estructura de la iglesia en la era tecnológica». En él, lamentaba la desmesurada cantidad de dinero y recursos que se destinan a la construcción de iglesias, en detrimento de las prioridades del Reino, las viudas, los huérfanos y los necesitados. (¡Qué pensaría de los gastos que se hacen hoy en día!). A continuación, algunas de sus reflexiones sobre estos temas:

¿Qué haría una denominación que realmente quisiera convertirse en una iglesia con la dinámica del Nuevo Testamento? Supongamos… Primero, se venden todos los edificios de la iglesia. El dinero se entrega (literalmente) a los pobres. (p. 23) Dietrich Bonhoeffer escribió hace treinta años: « La Iglesia es Iglesia solo cuando existe para los demás . Para empezar, debería entregar todas sus propiedades a los necesitados». (p. 24) Con el nacimiento de la iglesia, la necesidad de un tabernáculo o templo físico desapareció… Lo único necesario era un lugar para reunirse como comunidad cristiana. El lugar más lógico era el hogar. (p. 65) Teológicamente, los edificios de la iglesia son superfluos… Es difícil encontrar apoyo bíblico para la construcción de edificios de iglesias… La iglesia primitiva no construía edificios de iglesias. (pp. 66-67) Si en el siglo I se hubiera preguntado: «¿Dónde está la iglesia?» Se te habría dirigido a un grupo de fieles reunidos en una casa… En otras palabras, la iglesia creció con mayor rapidez cuando no contaba con la ayuda —ni el obstáculo— de los templos. (p. 69) ¿Deberíamos simplemente abandonar el uso de los templos? Para muchas iglesias, esta sería la mejor solución… Recordemos que, durante sus 150 años más importantes, la iglesia cristiana ni siquiera había oído hablar de templos. En aquellos tiempos era móvil, flexible, acogedora, humilde, inclusiva… ¡y crecía a pasos agigantados!… ¿Por qué seguir construyendo templos? ¿Por qué no eliminarlos por completo? Las tradiciones de los templos son innecesarias en un mundo urbano y a menudo constituyen un obstáculo para el cristianismo bíblico. (p. 73)

Karen Mains preguntó en 1976:

El hecho de que tantos de nuestros templos permanezcan vacíos durante gran parte de la semana plantea interrogantes sobre nuestra administración. ¿Podemos justificar realmente invertir tanto tiempo y dinero en la construcción de estas estructuras que solo se utilizan unas pocas horas semanales? Si su función es meramente decorativa o práctica, ¿acaso este gasto va acorde realmente a los intereses de nuestro Maestro? ¿Existen maneras de hacer nuestras instalaciones más funcionales? ¿Podemos ofrecer servicios comunitarios que demuestren nuestra semejanza con Cristo al mundo? ¿Podríamos, tal vez, prescindir de un edificio?
( Corazón Abierto, Hogar Abierto , 1976, pp. 72-73).

He señalado tres aspectos fundamentales de la práctica eclesiástica tradicional que no se encuentran en el Nuevo Testamento. ¿En qué nos basamos, entonces, para creer que reflejan el corazón del Señor? Si el Señor ha revelado la salud de una reunión abierta donde todos pueden expresar su fe en Cristo, ¿vamos a continuar con la práctica perjudicial de que una sola voz hable a muchos oídos? ¿Acaso no lo hacemos bajo nuestro propio riesgo, además de perdernos la bendición de escuchar a Cristo a través de múltiples voces?

Dallas Willard señaló: “Creo que es fundamental que todo lo que hagamos se base en la Biblia y que cualquier cosa que no podamos extraer de las Escrituras como guía para una interpretación justa y completa, simplemente no la hagamos ” (“¿Para qué sirve la congregación local?”) En vista de esto, ¿vamos a permitir que las tradiciones religiosas prevalezcan en el sermón y en la figura del pastor, o vamos a dejar de hacer aquello que “no podemos deducir de las Escrituras”?

Dallas destacó los peligros de no afrontar las distracciones y las tradiciones.

Terminamos dedicando nuestros esfuerzos en mantener tradiciones… A eso lo llamo la trampa del recipiente, porque terminamos cuidando del recipiente… El problema surge cuando el recipiente empieza a sustituir al tesoro, y el tesoro queda desamparado o ni siquiera es considerado (esto es “la Iglesia Local”).

Si el sermón y el pastor son tradiciones humanas que generan grandes distracciones, ¿por qué permitimos que continúen sin ser cuestionadas? ¿Acaso están tan arraigadas en la forma en que se han hecho las cosas durante tanto tiempo que no podemos soportar la idea de que se produzca un cambio radical y que el Espíritu nos guíe hacia nuevos horizontes?

Si de verdad nos preocupa agradar a nuestro Señor, consideremos esta aleccionadora realidad que Jesús enseñó. Isaías 55 nos dice: «Mi palabra que sale de mi boca no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será cumplida en aquello para que la envié». Es cierto. Sin embargo, Jesús recalcó que había algo que podía desviar la Palabra de Dios: las tradiciones humanas.

Bien profetizó Isaías acerca de ustedes, hipócritas, como está escrito: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.   En vano me rinden culto, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres».   Descuidando el mandamiento de Dios, se aferran a tradiciones humanas… Son expertos en dejar de lado el mandamiento de Dios para guardar sus tradiciones…  invalidando así la palabra de Dios con las tradiciones que han transmitido; y hacen muchas cosas semejantes. (Marcos 7)

Si los pilares de nuestra práctica eclesial son, en efecto, de origen humano, ¿acaso no estamos, por tanto, anulando la Palabra de Dios? ¿Por qué estamos dispuestos a evaluar ciertas cosas, pero nos negamos a cuestionar las tradiciones arraigadas que consumen nuestras energías y recursos? Si aquello que damos por sentado no resiste el análisis de las Escrituras, ¿con qué fundamento seguimos practicándolo? ¿Acaso queremos ser contados entre quienes dejan de lado la Palabra de Dios para perpetuar sus tradiciones?

Me parece que nuestra reunión por Zoom de los martes por la mañana manifiesta aspectos importantes de la realidad de la iglesia . Tenemos un encuentro abierto donde todos pueden compartir su perspectiva sobre Cristo. No tenemos un líder único. Facilitamos el compartir de los unos para con los otros. Queremos centrarnos en el Señor. ¿No crees que las iglesias locales serían muy bendecidas si incorporaran estas dimensiones y se alejaran de las tradiciones de “conferencias” y “monólogos”, que sociológica y educativamente han demostrado ser el método menos efectivo para el aprendizaje?

Por Jon Zens,  jzens@searchingtogether.org

1º. de Noviembre del 2025

en Ingles https://godsleader.com/traditions-will-keep-us-from-connecting-the-dots/

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